07 de junio de 2019
07.06.2019
Grupo Treinta

Oráculos callejeros

07.06.2019 | 04:00
Francisco Lameyer y Berenguer, Los jugadores de cartas (1850)

"El ritual social de la música abre otras evoluciones más llamativas, como las peleas simuladas, encabezadas por dos jóvenes que se golpean chocando el pecho entre sí con una fuerza, con una inconsciencia tal, que parecen cabras de montaña en plena sierra, aunque estas criaturas humanas de ciudad poco han visto de la sierra, y en esta región las únicas cabras que existen viven en cautividad. Son rituales masculinos de autoafirmación enteramente urbanos, no muy violentos, aunque se complacen en intimidar con ellos a los transeúntes y a veces, unas gotas de sangre a la mañana siguiente, delatan que la simulación ha estado a punto de transgredir los límites mutuamente aceptados".

Les veo todos los días al salir del trabajo. Les veo unas veces a la hora en que todos los niños y la mayoría de muchachos, deberían irse a casa a comer, pero se diría que a estos quinceañeros nadie les espera. Otras veces, casi siempre los mismos, les encuentro a última hora de la tarde arremolinándose en el mismo jardín junto a un colegio de primaria al que ya hace tiempo que no acuden. Tampoco se diría que vayan a llegar tarde a cenar. En actitud jovial y de fiesta permanente cantan y hacen palmas en torno a uno de ellos que se ha traído una guitarra, no puede negarse cierto tono pintoresco, como de lienzo romántico de la España decimonónica, la España eterna, temo. Muchachos en su mayoría, una o dos muchachas a lo máximo, las cuales contemplan el espectáculo con un gesto de admiración, como de conformidad con las cosas, que atemoriza al verlo. Litros de cerveza, raciones individuales de comida barata; también se huele algo que mezclado con el tabaco emite un olor resinoso y depara más alegría aún que la música. Los teléfonos móviles sobre los maltratados bancos de madera, pues duran poco en los bolsillos ajustados de los pantalones vaqueros.

El ritual social de la música abre otras evoluciones más llamativas, como las peleas simuladas, encabezadas por dos jóvenes que se golpean chocando el pecho entre sí con una fuerza, con una inconsciencia tal, que parecen cabras de montaña en plena sierra, aunque estas criaturas humanas de ciudad poco han visto de la sierra, y en esta región las únicas cabras que existen viven en cautividad. Son rituales masculinos de autoafirmación enteramente urbanos, no muy violentos, aunque se complacen en intimidar con ellos a los transeúntes y a veces, unas gotas de sangre a la mañana siguiente, delatan que la simulación ha estado a punto de transgredir los límites mutuamente aceptados.

Muy a menudo se deleitan con juegos de cartas, nunca con la misma baraja, que jamás sobrevive un día entero. Golpean las cartas con furia, las doblan, las lanzan contra los bancos de madera, contra el suelo, contra los bajos muros corridos de piedra que delimitan el jardín. Las partidas se suceden con rapidez en un ciclo pasmoso de repeticiones. Sin saberlo convocan a las fuerzas del destino, invocan a las desconocidas divinidades que se esconden tras los naipes y les predicen el futuro, su futuro. Se echan las cartas aunque no saben leerlas. A la mañana siguiente la baraja yace en completo desorden por el suelo, algunas cartas dobladas y arrugadas, otras partidas en pedazos. Se ven copas, unas pocas, último recuerdo de su banquete; poco oro, ninguno diría yo, no es riqueza lo que les aguarda. La mano mutilada de una sota de bastos ha caído de manera caprichosa sobre otra mano que porta una espada. No es buen agüero, pienso yo. Bastos y espadas abundan cada mañana. Como si no hubiera más cartas el resto de naipes están boca abajo, o se los ha llevado el viento. Bastos y espadas es el mensaje para estos jóvenes, es solo juego simbólico, superstición si se quiere. Pero la superstición es un pasatiempo agradable para la almas poéticas, decía Goethe, y algo me impulsa a seguir pensando en aquellos jóvenes de aquí y de ahora, cuyas actitudes de lucha, canto, bebida y guitarra parecen una extraña continuación del romanticismo hispánico, y que hacen pensar que los siglos no son nada, que la superstición no son las cartas, sino pensar que haya llegado la modernidad, el progreso y la igualdad. Las cartas, esas cartas que han desaparecido de la vista, dobladas hacia abajo o esparcidas por el viento, no me inquietan; pero sí las otras cartas que comparecen y que me hacen sentir temor por estos muchachos. Bastos, y sobre todo espadas, espadas que brillan aunque sean de papel. Un cuchillo desnudo al viento, como en los poemas de García Lorca.

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