06 de junio de 2019
06.06.2019
La Opinión de Murcia
Dulce jueves

Entre dos mundos

06.06.2019 | 04:00
Entre dos mundos

Los tiempos están cambiando. Ocurre en cada momento. Constantemente. Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Cuando en nuestra época lo oíamos decir, a través de la, ya vieja entonces, canción de Dylan, nos parecía más un deseo que una realidad, pues no notábamos que pasara gran cosa. Sentíamos que nos había tocado vivir en un tiempo de espera, una transición que ni siquiera era la nuestra, entre las ruinas de un mundo que si había renacido de sus cenizas era para no ir a ningún sitio. El fin de la historia anunciado por Fukuyama no entusiasmaba a nadie.

Sí, el Muro de Berlín fue derrumbado, pero cuando se asomaron a este lado en busca del paraíso se encontraron un mundo desencantado donde hacía tiempo que no importaba ya el futuro. Una vez se dejó atrás 1984, hasta las novelas de Ciencia Ficción hablaban del pasado. Si existía el futuro nos temíamos que sería un regreso.

Hasta que llegó la revolución. La más grande que ha visto la historia, porque es a la vez tecnológica y mental. De repente abrimos los ojos, miramos a nuestro alrededor y había llegado el futuro. En la pantalla saltó un mensaje y luego otro y otro más, a tal velocidad que pronto lo transformó todo. En su último libro, The Game, Alessandro Baricco asegura que la insurrección digital ha cambiado la sustancia misma de nuestra concepción de la realidad y nuestra relación con ella. Es una revolución cuyo enemigo es el siglo XX, «un movimiento contra el sistema, las élites, los intermediarios, la cultura de la profundidad». El futuro tampoco era para nosotros.

¿Será esta época mejor o peor que la anterior? Baricco cree que como en todas las revoluciones uno se libera para convertirse en prisionero de otra cosa. El escritor Joshua Cohen parece suscribir esta idea cuando asegura que nunca la humanidad se expresó, leyó y escribió tanto y tan libremente como hoy, aunque para ello hayamos tenido que vender el alma a las redes renunciando a protegernos de su poder para manipular nuestra conducta y potenciar nuestros peores impulsos. «Es lo que me ha tocado vivir: no puedo vivir otra vida ni en otro tiempo». Quiere decir que no podemos escapar de la época. No podemos elegir a nuestros carceleros. Pero ¿qué ocurre cuando somos de otro tiempo y los cambios a los que cantábamos nunca terminaron de llegar? ¿No podemos volver y terminar lo que empezamos? Quizá a los de entonces solo nos queda la opción de caminar de espaldas al futuro, en busca de una promesa que ya no podrá ser.

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