06 de junio de 2019
06.06.2019
La Opinión de Murcia
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Celebrar

05.06.2019 | 21:03
Celebrar

Con frecuencia utilizamos la expresión celebrar para referirnos a lo que se realiza de manera un tanto destacada, al menos. Por ejemplo, celebramos elecciones o reuniones de trabajo de cierta singularidad o importancia. Y también decimos que celebramos decisiones o éxitos ajenos porque los aprobamos y nos agradan. En ese contexto, el curioso gesto de aplaudir –hacer ruido entrechocando las palmas de ambas manos- parece la forma elemental de la celebración y, de hecho, recogiendo todos los sentidos anteriores, suele decirse, por ejemplo, que unas decisiones acordadas o los resultados electorales se celebraron con un aplauso.

Se celebra, por tanto, lo que merece cierta celebridad, es decir, lo célebre, aunque sea en espacios sociales muy reducidos e incluso en términos personales. Así que celebrar forma parte del reconocimiento que damos a algo y del que proponemos que merece para otros y en general. Por eso se celebran también aquellas cosas a las que se quiere dar notoriedad pública, tales como efemérides, centenarios y toda clase de aniversarios.

En esa dirección, celebrar se convierte casi en sinónimo de conmemorar. Pero la celebración suma a la mera rememoración privada o en grupo una cierta formalidad, aunque sea solo en la convocatoria de los reunidos, pues exige que alguien oficie unas fórmulas de palabra o de obra para los demás o en su presencia. Por eso en las celebraciones hay un cierto ritual por elemental que sea: apagar unas velas, leer un acta, tomar la palabra, brindar, introducir papeletas en urnas, tomar doce uvas.

De ahí que hablemos también de la celebración de un juicio o de un funeral, es decir, de actos más o menos ceremoniosos que requieren una cierta forma de proceder que los distingue de las acciones más ordinarias y comunes. Por eso, seguramente, la palabra celebrar procede del adjetivo latino celeber, de donde también procede célebre, pues significaba lo concurrido por convocar o reunir a muchos; en cambio, su antónimo, desertus, significaba lo abandonado o desatendido: de lo que se desertaba.

Ahora sabemos por qué, junto con todas las demás significaciones, nos parece que el sentido principal de celebración se ajusta a celebrar una fiesta, es decir, a poner en marcha un acontecimiento que congrega a muchos o a algunos cuya compañía o conocimiento sentimos que merece una celebración. Por eso quien no tiene nada que celebrar vive una vida solitaria y, en el fondo, desventurada en la que no encuentra nada que merezca aprobación, ni nadie con quien compartirlo y, por tanto, ninguna compañía de la que disfrutar y que sea ella misma una fiesta.

Además, según Agamben, celeber es también lo que se repite y, en efecto, esa reiterabilidad forma parte de todos los ritos y conmemoraciones. Sin embargo, repetimos celebrándolo lo que apreciamos como irrepetible, precisamente porque tiene un valor sin parangón. La celebración no soporta la reiteración de lo equivalente, y solo la experiencia del valor de lo irrepetible nos empuja a celebrarlo sin cansarnos. Solo lo que no se gasta y siempre da más de sí se conserva como motivo para reunirnos y celebrarlo de nuevo. Y es que la repetición que tiene sentido es la de lo irrepetible, y de eso se trata precisamente en una celebración.

En la novela La señora Dalloway de Virginia Wolf, Clarissa, la protagonista, se molesta por las chanzas que su marido y su amigo hacen de su afición a organizar fiestas como si de una inclinación femenina se tratara. Para justificarse se pregunta interiormente por qué organiza esas fiestas y se responde que sus invitados eran personas de las que «sentía muy intensamente la noción de su existencia, y sentía el deseo de reunirlos, y lo hacía». Clarissa agrega que se trataba de una ofrenda, tal vez, «una ofrenda por amor a la ofrenda».

Esta modesta respuesta fabulada por Virginia Wolf entraña para mí un misterio de hipnotizante oscuridad: si la existencia del mundo y de uno mismo remitiera a un ser personal y se le pudiera preguntar por qué lo creó todo, me parece que no obtendríamos una respuesta muy distinta de la que justifica el gusto de Clarissa por organizar fiestas: sentía muy intensamente la existencia de aquellos y todo aquello lo que se quiere reunir mediante su creación, es decir, el mundo como una ofrenda y por el gusto de hacer ofrendas. De donde se seguiría la perturbadora idea de que este mundo era, aunque ahora no lo parezca, una fiesta a la que solo serían propiamente invitados quienes pueden acudir o no libremente, es decir, nosotros. No participar de esa fiesta sería no aceptar o no reconocer la invitación (a celebrar) en la que consistiría nuestra existencia misma.

Ciertamente, si el plan original de este mundo era celebrar una fiesta hay que reconocer que algo ha salido mal, muy mal. Y se entiende que Newman asegurara que la hipótesis de la creación como un acto personal exigía una segunda hipótesis, la del pecado original que sería algo así como el aguafiestas cósmico. Desde luego, no hay nada de todo lo anterior que se pueda proponer como una evidencia. Más bien al contrario, toda la suma de sufrimiento inocente y de maldad deliberada del hombre parecen escandalosas pruebas en contra, al menos siempre que no se acepte la segunda hipótesis, lo que, ciertamente, tampoco disminuiría en nada el lacerante dolor que esta vida incluye.

Sin embargo, nuestra persistente inclinación a celebrar fiestas, a reunir a aquellos cuya existencia sentimos intensamente y que nos ofrecen esa misma intensidad para nuestras vidas, resiste impertérrita como rastro de una interrogante abierta: ¿podría esconderse el sentido de la vida y de la realidad misma en esa sentida intensidad de los otros y de la vida que no sucumbe, sino que requiere su repetida celebración? ¿Podría ser que el misterio de lo que somos y de lo que son las cosas estuviera escondido en saber y poder celebrarlo?

Responder demasiado rápido es tanto como no responder en realidad, pues sea cual sea la respuesta, lo cierto es que la riqueza y densidad de la vida que vivimos depende de nuestra capacidad de repetir sin gastar lo que nos mueve a disfrutarlo o lamentarlo con otros: celebrar.

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