03 de junio de 2019
03.06.2019
La Opinión de Murcia
Pasado a limpio

Juego de truenos

Sorprende la soberbia de algunos líderes locales como López Miras, tan minimalista en las ideas como vano en su oratoria, que apela a una mayoría social como la inmensidad de la mar oceana, él que naufraga en el piélago del Mar Menor

02.06.2019 | 20:38
Juego de truenos

En la defensa de la fortaleza, el privilegio y la corrupción, la agitación de la bandera hace concurrir a quienes ya no tienen nada que perder. La lección vale igual para Europa que para nuestro terruño devastado por la sequía tanto como por los malos gobernantes.

Juego de Tronos ha terminado entre bocanadas de fuego, ríos de sangre y luchas por el poder más allá de lo imaginable, incluida la muerte. Los seguidores de la serie anduvieron fascinados con el mosaico de perversiones erótico políticas, como si nadie antes de la era digital hubiera reparado en ello. El paralelismo inicial con la Historia bajo medieval de algunas naciones europeas es evidente en la Guerra de las dos Rosas entre los York y los Lancaster. Se comentaban los parlamentos de Tyrion Lannister, el Gnomo, como si fuera un personaje de Shakespeare. La fascinación del séptimo arte, en su trasunto televisivo, nos hace olvidar que tiempo atrás fue el teatro un espectáculo de masas donde se representaban las grandes tragedias de la ambición humana y la corrupción. Los sucedáneos, aun siendo buenos, no pueden superar al original cuando éste es el autor de Macbeth.

En la tradición literaria hispana no hay obras menos impresionantes que las del bardo sajón en el retrato del tirano: el realismo mágico de El otoño del patriarca, el Tirano Banderas valleinclanesco, Yo, el Supremo de Roa Bastos o El recurso del método de Carpentier, sin olvidar el sanguinario La fiesta del Chivo de Vargas Llosa; tenemos tantas reflexiones sobre caudillos y dictadores que podríamos haber dado lecciones es cátedra a los guionistas de la serie. Mas si sumamos obras sobre la corrupción política como leitmotiv, incluida la cleptocracia y el peculado, el magisterio es absoluto con obras como El siglo de las luces de Carpentier o Casa de campo de José Donoso, alegoría en clave de relato infantil espeluznante. Lord Acton lo resumía en un aforismo universal: el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Aunque basta con leer Historia para hacerse una idea de las ascuas que aún humean en nuestra hoguera carpetovetónica. El laberinto español de Gerald Brenan es una lectura muy recomendable.

Empero, la serie televisiva no tiene su paralelismo más crudo en la Literatura ni en la Historia, sino en el presente. Las recientes elecciones se parecen al último capítulo como un huevo a otro huevo. Los electores / espectadores quedamos estupefactos ante la cara de palo de los vencedores y la euforia de los vencidos: aquel que presumía de haber matado al Matarreyes como los que cantan victoria en Madrid tras obtener sus peores resultados del siglo XXI. Algunos parecen ir de victoria en victoria hasta la derrota final, como aquel rey Pirro del Epiro que cada vez que vencía a los romanos perdía más de la mitad de su ejército, similar a Albert Rivera, que sin haber ni empatado a Pablo Casado, ya va exigiendo a los candidatos del PSOE que hagan una declaración expresa de apostasía de su Secretario General y se manifiesten a favor del 155 en Cataluña, cuando la aplicación del precepto constitucional debe aprobarse en el Senado, donde Ciudadanos es más escuálido que escualo. Sorprende la soberbia de algunos líderes locales como López Miras, tan minimalista en las ideas como vano en su oratoria, que apela a una mayoría social como la inmensidad de la mar oceana, él que naufraga en el piélago del Mar Menor.

Si tomamos en consideración los galanteos, lisonjas y finezas con que se referían los distintos candidatos a sus contrincantes, para acrecentamiento de sus florilegios oratorios, el título que habremos de dar a la contienda electoral debería ser Juego de Truenos. Tuvo su aparente final el pasado domingo pero es puro espejismo, pues el resultado venía más o menos anunciado tiempo ha del escrutinio, que sólo es un reparto de naipes hasta que se vuelva a barajar dentro de cuatro años.

También la serie tuvo final en falso, pues el desenlace de los nudos argumentales de la trama se produce en el penúltimo capítulo mientras que el último fue sólo un epílogo que queda abierto a ulteriores posologías para adictos.

Tengo la sospecha de que los guionistas fueron españoles bajo seudónimo: el ejército de los Caminantes Blancos, los muertos que resucitan merced a un maleficio siniestro, se parece a cierto partido ultramontano que, tras las elecciones, proclama en Madrid un «¡hemos pasado!» en explícita referencia a aquel «¡no pasarán!» de la Guerra Civil; igual pudiera referirse al enorme muro de hielo de la serie. Y el primer pueblo amenazado por esta especie de zombis es el de los hombres libres. ¿Casualidad?

En el siglo XXI como en el XX, del paralelismo a la paradoja: cuando los estragos de la gran crisis depauperizan a las clases media y baja, cala hondo entre éstas el mensaje ultra del totalitarismo fascista, como si la redención estuviera en el mantenimiento del espíritu de raza, casta o nación. Antaño eran los judíos los causantes de todos los males, hogaño son los inmigrantes, mientras se acrecienta la desigualdad y la acumulación de la riqueza en manos de los muñidores de patrias. La apelación al contrario, al enemigo, la guerra y la confrontación, enerva el instinto de la manada, el fervor de la masa. En la defensa de la fortaleza, el privilegio y la corrupción, la agitación de la bandera hace concurrir a quienes ya no tienen nada que perder. La lección vale igual para Europa que para nuestro terruño devastado por la sequía tanto como por los malos gobernantes. El victimismo con el que hicieron campaña algunos iluminados sonaba como aquella Daenerys Targaryen de la Tormenta: cuando ocupe el trono de los siete reinos, después de derrotar a los tiranos que os esclavizan, os haré libres. La libertad bajo la corona de hielo y fuego. Mientras ciertos cabecillas de izquierdas tiran petardos contra Amancio Ortega.

En esta tierra de aromas de mixtura: jazmín, azahar, mirto y dama de noche, tal vez se nos embote la pituitaria para percatarnos de que algo huele a podrido en Dinamarca, que diría Shakespeare. La realidad, como las buenas historias, no terminan con el último capítulo.

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