30 de mayo de 2019
30.05.2019
La Opinión de Murcia
Dulce jueves

La mujer deslumbrante

30.05.2019 | 04:00
La mujer deslumbrante

Estamos hechos de otros y nos vemos a través de los ojos de los demás. «Estoy hecha de muertos», dice el personaje principal de la novela El mundo deslumbrante, de Siri Hustvedt, la escritora norteamericana que acaba de obtener el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Con sus novelas me suele ocurrir que al principio me fascinan, pero luego no las termino, de manera que cuando al cabo del tiempo vuelven a caer en mis manos, me dejo arrastrar otra vez por ellas con interés renovado, como si nunca las hubiera leído, y a veces hasta el final. Suelen ser largas y difíciles. Me generan un poco de ansiedad y creo que la razón es que en ellas no hay respuestas ni finales. En cambio, sí plantean muchos enigmas que se van enredando, avanzando en círculos hacia la luz.

La prensa, como era de esperar, ha destacado su condición feminista, pero valorarla solo desde ese aspecto es reducir su dimensión porque si algo destaca de su obra es su complejidad. Todo lo que les pasa a las mujeres en las novelas de Hustvedt nos pasa también a los hombres, al menos a mí. En sus ensayos suele insistir en la idea de que nada existe de forma aislada. Nadie está compuesto de una sola cosa. Somos una conexión de miradas. Y en esa encrucijada de energía, donde es habitual que se produzcan cortocircuitos, debemos sobrevivir. Por eso, sus novelas tratan sobre los mecanismos de la percepción, por qué la gente ve lo que ve: cómo a veces vemos lo que queremos ver, cómo nos inventamos lo que miramos al proyectar nuestros sentimientos en otras personas o cómo lo que vemos se convierte en nosotros mismos mientras lo miramos.

Ser mujer puede ser una forma de soledad, pero hay otras muchas. No hay mayor dolor que no ser visto. Las mujeres de Hustvedt están solas y muy perdidas, son personas sensibles, atormentadas y propensas a la neurosis. Es fácil reconocerse en ellas. Pero también son artistas porque el arte es una forma de mirar desde el centro de esa conexión de energía que nos mantiene unidos y dependientes unos de otros. Donde todo es real y está fuera de control. Con todo, El mundo deslumbrante tiene una especie de final. Si te acercas y eres capaz de mirar con atención, todas las personas nos deslumbran. En las últimas páginas hay una mujer de rodillas en el suelo, una enorme escultura sin pelo, con un montón de gente dentro de su cabeza, un enjambre de figuritas por todos lados, y oculta en medio de la minúscula muchedumbre, la figura que representa a la mujer de la escultura: rodeada de una luz resplandeciente.

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