26 de mayo de 2019
26.05.2019
La Opinión de Murcia
El diario de Manuel Moyano

Polvo en los zapatos

Empuño los prismáticos para observarlo con detalle. He escuchado tantas veces sus discos que este tipo forma parte de mi vida. Más despeinado de lo habitual, muestra ese gesto invariablemente huraño que ha contribuido a configurar su mito

26.05.2019 | 04:00
Polvo en los zapatos

5 de MAYO

Algo más que un simple concierto. En el mundo está la música y está Bob Dylan. Puede que sean cosas diferentes. Los que nunca han sido abducidos por la obra del nómada de Minnesota no pueden comprender la devoción de quienes le somos adictos. Pese a todo, las calles en torno a la plaza de toros de Murcia, donde esta noche da un concierto casi póstumo (va a cumplir 78 años), están cortadas al tráfico y abarrotadas de gente. Sospecho que la inmensa mayoría no viene a oírle cantar, sino por su estatura de leyenda. También porque lo asocian con los movimientos de protesta de los años sesenta (muchos tienen la cabeza blanqueada), una etiqueta de la que, paradójicamente, Dylan siempre quiso desprenderse.

He venido con Carlos. A la entrada hay un puesto atendido por norteamericanos (parte de la tripulación de la Neverending Tour) donde se venden camisetas, macutos, pósteres, gorras, chapas, llaveros y pegatinas a precios astronómicos. Compro un par de recuerdos que cuestan casi tanto como una entrada. Probablemente será el último concierto que podamos ver de Bob Dylan y ése es un pensamiento que flota en el aire. Nos sentamos en el tendido de sol. Las filas están tan pegadas unas a otras que el vecino de atrás me roza la espalda con la rodilla mientras yo rozo con mi rodilla la espalda del de delante. Hay pues un continuum espalda-rodilla que mantiene a toda la grada interconectada.

Difunden por megafonía la prohibición de fotografiar con móviles; quien no la respete, será expulsado del concierto. Cuatro músicos vestidos con trajes de un rojo puro, estridente, se ponen a los instrumentos. He leído que el guitarrista es Charlie Sexton y el teclista Donnie Herron, magníficos ejecutantes cuyos nombres, en realidad, poco importan; podrían ser otros: al público le basta con que sirvan de vehículo para que se exprese el genio. ¡Ahí está! Chaqueta blanca dos o tres tallas más grande de la suya (siempre fue de poca envergadura), camisa negra con corbata country, pantalón negro con línea al costado, botas camperas blancas, y todo ello como espolvoreado de lentejuelas.

Nadie esperaba que saludase al público porque lleva décadas sin hacerlo. De pie al piano, arranca directamente con Things have changed. La banda tiene un sonido potente. En cuanto a él, por fortuna ha abandonado la ridícula voz de falsete que se había empeñado en usar últimamente. Ahora suena mejor que en el concierto que dio en el Auditorio Víctor Villegas en 1999, hace ya veinte años, y al que acudí con José María Aguilar. Empuño los prismáticos para observarlo con detalle. He escuchado tantas veces sus discos que este tipo forma parte de mi vida. Más despeinado de lo habitual, muestra ese gesto invariablemente huraño que ha contribuido a configurar su mito.

Aunque mi hijo aprecia algunos de sus álbumes (por ejemplo, Desire) ha venido precisamente por eso, para contemplar a un mito de la cultura pop, del mismo modo que en 1981 yo fui a ver a Ray Charles (que tampoco me volvía loco) cuando actuó en Barcelona. Dylan proviene de los primitivos tiempos de John Fitzgerald Kennedy, Martin Luther King y los Beatles. Es como una reliquia de otra era geológica que se resistiera a desaparecer. A Carlos, sus movimientos le recuerdan a los de mi padre en sus últimos años. Cuando se dirige a los músicos entre canción y canción, camina por el escenario como si estuviera un poco perdido.

Lo que suena es apenas una sombra de lo que fue. Como en la caverna de Platón, sólo estamos viendo la proyección de algo cuyo verdadero ser no se encuentra en realidad aquí, sino en otro punto del espacio-tiempo. Jamás me hubiera hecho adicto de lo que estoy oyendo ahora. Ni yo, ni ninguno de los congregados. Para mí, el mejor Dylan es el de los años 70 y la Rolling Thunder Revue (ardo en deseos de ver la película de Martin Scorsese sobre esa gira), luego el de los 60 y, finalmente, el de los 80. A partir de ahí, debería haberse retirado. Pero ningún creador suele renunciar a tiempo, salvo Arthur Rimbaud (al que Dylan citó no pocas veces en sus entrevistas) y Juan Rulfo.

En cualquier caso, él sigue aquí. Su voz no está grabada: va directamente de su garganta a mi cerebro. Y eso tengo (tenemos) que agradecérselo. El poder seguir oyendo en vivo su forma tan característica de alargar las frases, o esos gallos que en cualquier otro cantante serían intolerables. El poder ver por los prismáticos cómo inclina la cabeza y enseña los dientes en ciertos momentos, algo que (conscientemente) le he copiado cuando leo en público mis propios textos. Toca alternativamente de pie o sentado. Ha escrito más de medio millar de canciones y algunas ni me suenan. Otras sólo las reconozco cuando lleva varios minutos interpretándolas.

Le aburre cantarlas siempre del mismo modo y suele distorsionarlas, generalmente para peor. Pero ahí están It ain't me, babe o Simple twist of fate, con la que empuña por primera vez la armónica. Un tipo conectado a mí por el continuum espalda-rodilla grita desaforadamente desde tres escalones más arriba: «¡Viva mayo del 68!». Y poco después: «¡Ponte hippy!». Pero a Dylan los movimientos contestatarios ya no le interesan. Nunca le interesaron demasiado, en realidad. Sobre el escenario se yergue junto a él un busto neoclásico de mujer.

Reconozco When I paint my masterpiece, a la que ha variado la letra: donde decía 'paint' dice 'draw' y donde decía 'different' dice 'beautiful'. La gente se anima a mover el esqueleto con Gotta serve somebody y su aire reggae: es de lo poco que toca de los años 70. El nivel de deformación de sus célebres Like a rolling stone y Blowin in the wind es terrorífico, pero ello no impide que ambas canciones levanten nostálgicas oleadas de aplausos.

El cielo está oscuro. Me invade una vaga melancolía mientras escucho Don't think twice it's allright. Es del año 62. «Cuando el gallo cante al despuntar el alba», dice la canción, «mira por la ventana y me habré ido». En ese momento siento la pena de saber que los ídolos tampoco son inmortales, que Dylan morirá como murió Borges, «como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles». El héroe lanza dos besos al público y se disculpa abriendo los brazos con las palmas abiertas y los hombros encogidos. No habrá bises. Los operarios desmontan su micrófono y guardan el busto neoclásico en una caja. Quizá haya acabado algo más que un simple concierto.

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