26 de mayo de 2019
26.05.2019
Un mundo feliz

Las lágrimas de Theresa

Los británicos no se 'acordaron', al parecer, de que la salida de la UE y su unión aduanera significaría simultáneamente la vuelta a una frontera dura que dividiría nuevamente la isla de Irlanda

25.05.2019 | 17:41
Las lágrimas de Theresa

Nunca es gratificante ver sufrir a una persona delante de las cámaras, menos cuando esta persona ha hecho lo imposible por caer bien a todo el mundo y se ha comportado en su vida pública con un exquisito grado de corrección. Por eso no recuerdo como una sensación agradable ver la cara de apio y oir la voz gallinácea y quebrada del presidente del Gobierno entonces, Arias Navarro, anunciando compungido que Franco había muerto. Esa misma sensación de pena tuve ayer cuando oímos que se quebraba la voz de Theresa May anunciando que tiraba la toalla en su empeño de sacar al Reino Unido de la Unión Europea y que era el honor de su vida haber servido al país que tanto amaba.

A diferencia del jeta de David Cameron, su predecesor en el cargo, que se volvió ante las cámaras y entró tarareando una cancioncilla en el número 10 de Downing Street, la residencia oficial del Primer Ministro por más señas, Theresa May no pudo ocultar su tristeza cuando hizo lo mismo, encogida por la pena y con los hombros vencidos por la derrota. Ambos, David y Theresa, fueron devorados por ese monstruoso engendro político resultado de una decisión simplona a un problema tan complejo que ha dado en denominarse Brexit. Y no solo David y Theresa. Hasta 36 ministros han dimitido por asuntos relacionados con el Brexit en estos tres años de pesadilla para los políticos de Westminter de todo signo y color.

La puntilla que ha sentenciado el futuro político de Theresa May como primera ministra debe ser un dato que no se conocerá oficialmente hasta el final de este domingo: los catastróficos resultados para los tories de las elecciones europeas, celebradas este viernes pasado pero cuyos resultados no pueden publicarse hasta el final de las votaciones en los diferentes países miembros de la Unión. Con toda probabilidad, el partido más votado de largo será el encabezado por Nigel Farage, un personaje que resultaría simpático y hasta cómico del panorama político británico, si no fuera por el daño probablemente irreparable que le esté causando a su país. Las encuestas lo daban por ganador seguro, como daban por seguro el hundimiento del Partido Conservador. Esta más que probablemente humillación de Theresa May sigue a una semana de locura en el que, como último recurso desesperado para ganar la aprobación del Parlamento, la primera ministra anunció que impulsaría una vía para que se pudiera aprobar la celebración de un segundo referendum confirmatorio en el que (no lo tengo por cierto) se daría a elegir a la ciudadanía la opción de aprobar su acuerdo de salida o permanecer en la Unión.

Eso terminó de desatar las iras del ala antieuropea del los tories, que no soportaron que Theresa May se apoyara en los laboristas y en el ala de su partido partidaria de permanecer en Europa para conseguir la mayoría parlamentaria que necesitaba para confirmar el acuerdo negociado tras dos largos años de tira y afloja con los negociadores europeos. La derrota electoral de proporciones dantescas que se va a anunciar este domingo, no ha dejado el más mínimo margen a la primera ministra. El cómo se ha llegado a esta situación resulta de la conjunción de tres factores relevantes, ninguno de los cuales estaba presente cuando David Cameron se comprometió a celebrar un referéndum sobre la salida de Europa que le aupara a la dirección de su partido y, en última instancia, a la presidencia del país.

David Cameron puso al Reino Unido al borde del colapso total con la convocatoria de dos referendum a cual más inoportuno, innecesario y, en última instancia dañino: el de la independencia de Escocia del Reino Unido y el de la independencia del Reino Unido de Europa, que así es visto por los antieuropeos. The Economist calificaba el Reino Unido en una célebre portada una vez anunciada la voluntad de celebrar ambos referendum como «el increíble país menguante». Y de hecho, la amenaza de la doble escisión sigue ahí más presente que nunca, con la líder escocesa Nicola Sturgeon reclamando un segundo referendum de independencia con el argumento de que Escocia votó a favor de la permanencia en Europa.

A este empeño suicida de David Cameron le surgieron, como decía, tres factores inesperados que han convertido el proceso de salida de la Unión en un infierno político. El primero fue la muy improbable elección de un rojo de la vieja escuela como líder del Partido Laborista, en una turbia operación de entrismo que vio cómo el moderado partido de Tony Blair sufrió el asalto de la facción trostkista siempre presente (pero en minoría) en el partido de izquierda británica. Con el Partido Laborista presentando un hipotético candidato 'inelegible' (como gustaban de pregonar todos sus oponentes), Theresa May, en un acto de fatal imprevisión coronado por una pésimo resultado, convocó unas elecciones oportunistas y no obligadas con el fin de reforzar su mayoría. La consecuencia fue que perdió esa mayoría y quedó en manos de una minoría de unionistas de Irlanda del Norte que le ha amargado su existencia desde entonces.

Porque la mayor imprevisión de todo el proceso separatista ha sido el asunto de Irlanda del Norte, que los británicos no se molestaron en plantear durante la campaña del referéndum pero que ha sido el factor decisivo para el bloqueo del acuerdo con Bruselas. Porque los británicos no se 'acordaron', al parecer, de que la salida de la Unión Europea y su unión aduanera significaría simultáneamente la vuelta a una frontera dura que dividiría nuevamente la isla de Irlanda, con la parte Norte en poder de los británicos con el mismo argumento falaz que justifica la retención de su soberanía en Gibraltar. O eso, o una alternativa al parecer inadmisible para los unionistas irlandeses (los probritánicos del partido DUP para más señas) que serían unos controles aduaneros que separaran Irlanda del Norte de la isla de Gran Bretaña. De similar tipo por cierto que separan las Islas Canarias del resto de España

Los tres factores no previstos por David Cameron (la elección de Corbyn, la pérdida de la mayoría parlamentaria y el asunto de la frontera irlandesa) han creado, en definitiva, un nudo gordiano que ni siquiera la espada de Alejandro Magno parece en condiciones de desatar. Porque las guerras internas entre los conservadores no acabarán -como los antieuropeos esperan- con la elección de un Boris Johnson o similar. Al contrario, probablemente se profundizarán ante la perspectiva, que horroriza con razón a una mayoría sustancial de británicos, de una salida sin acuerdo. El tiempo dará la solución que yo (ni sospecho que ningún otro) puede anticipar en este momento.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook