26 de mayo de 2019
26.05.2019
La Opinión de Murcia
Los dioses deben estar locos

La isla del náufrago

La tierra, madre nutricia, quedaba viuda y sola; los árboles, sus hijos, quedaban huérfanos y desatendidos

26.05.2019 | 04:00
La isla del náufrago

Entonces llegó una de tantas oleadas de espejismos económicos, la propiedad se vendió fue arrasada para levantar unos edificios que jamás se levantaron. Pero quedaron las heridas abiertas de la tierra. Las terrazas destruidas y los desniveles rebajados daban al suelo el aspecto misterioso de una desconocida y fosilizada morrena glacial. Canales y sifones que un día debieron irrigar las parcelas estaban ahora cegados por la tierra destripada. En la periferia de la parcela las máquinas habían cesado su actividad antes de alcanzar una hilera de olivos que crecían aún en total abandono

Camino con mi hija de la mano por estas removidas y maltratadas parcelas abandonadas del campo y la huerta; la imagen sobrecoge y fantaseo con La carretera, la obra de Cormac McCarthy en que padre e hijo atraviesan un mundo desolado. Estos antiguos terrenos abancalados de oliveras y frutales se vieron olvidados conforme avanzaba la edad de sus dueños. La tierra, madre nutricia, quedaba viuda y sola; los árboles, sus hijos, huérfanos y desatendidos. Entonces llegó una de tantas oleadas de espejismos económicos, la propiedad se vendió y fue arrasada para levantar unos edificios que jamás se levantaron.

Pero quedaron las heridas abiertas de la tierra. Las terrazas destruidas y los desniveles rebajados daban al suelo el aspecto misterioso de una desconocida y fosilizada morrena glacial. Canales y sifones que un día debieron irrigar las parcelas estaban ahora cegados por la tierra destripada. En la periferia las máquinas habían cesado su actividad antes de alcanzar una hilera de olivos que crecían aún en total abandono, rodeados por una maleza incontrolada y por el suelo habían venido rodando algunos frutos de un granado cercano, asilvestrado y saqueado por los pájaros. Sin mano que cuidara el lugar, habían proliferado pequeñas colinas de vertidos ilegales, amontonamientos negros de neumáticos incendiados, escombros de obras cercanas, azulejos, ladrillos. Abundantes detritos de innumerables mundos fugaces. Fugaces y sucios.

A lo lejos se levantan aún viejas casas, medio hundidas bajo el peso de los años, podrían ser esqueletos de animales prehistóricos. Paisaje desolado, cementerio al aire libre. Caminamos hasta que para sorpresa mía y deleite de mi pequeña encontramos una mancha verde que se extiende sobre una pequeña meseta. Es un huerto como los de antaño, delimitado por paleras y en el que apreciamos las cañas para las tomateras, los canalones y surcos hechos a azada. Un rudimentario sistema de irrigación consistente en una goma unida al grifo de una casa vieja abastece de agua el huerto, junto al cual hay un amontonamiento de desechos con el fin de disponer de una provisión de abono. La obra de un refugiado que ha encontrado un último punto de repliegue.

—Todo lo he hecho yo. Es del banco, la tierra, pero nadie se preocupa por ella, así que hasta que la reclamen, la cuido yo.
La afirmación procede de una persona entrada en años, rápidamente establece amistad con mi hija, y le habla de la tierra. Parece un sabio de otros tiempos, amable con los niños, hospitalario con los extraños.

—Van a acabar con todo, la tierra ya no la quiere nadie y es nuestra madre. Pero a los mayores tampoco los quiere nadie, solo importa el dinero.
Le doy la razón y le pregunto cómo le va en aquel sitio.

—Estaba maltratada, la tierra, destruida y toda muerta. No la había cuidado nadie y con todo el terreno de encima que le habían quitado, sin plantar nada, se había hecho un solar, suelo duro. Cuando la pida el banco, que la coja, esto no es mío. Yo solo lo he estado cuidando, que me dolía verlo así.

Se hace la hora y a pesar nuestro nos alejamos para volver del paseo hacia un suelo de asfalto, no sin antes haberle prometido a este náufrago del tiempo que volveríamos otro día. Como regalo del melancólico y nostálgico patriarca nos llevamos algunas berenjenas crecidas en esta tierra no reclamada, admirando la lección de constancia que aquella persona nos había impartido al cuidar un pedazo de su viejo mundo, como quien cuida de una flor tardía, sobre las ruinas de otro que no llegó a florecer. Cuánto tiempo seguirá existiendo esa pequeña isla verde circundada por un solar duro y muerto es algo que no puede decirse, quizá no sea mucho. Sin embargo, la impresión de aquel encuentro inesperado ya no me podrá abandonar jamás.

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