25 de mayo de 2019
25.05.2019
Una habitación propia

Sorpresa, los finales no tienen que gustarte

La vida es eso. En la mayoría de ocasiones nada sale como está planeado y los finales reales nos suelen fastidiar aquello con lo que llevábamos años soñando

25.05.2019 | 04:00

Esta semana tengo que empezar el artículo con una disculpa: lo siento por todos aquellos que no han visto Juego de Tronos y que están más que cansados de que quienes sí lo hemos hecho hayamos pasado semanas dando vueltas a cada capítulo de la última temporada. Si es usted de esos, lamento lo pesados que nos estamos poniendo, pero probablemente este artículo le termine interesando igual, porque no trata tanto de la serie sino de cómo el final de la serie ha demostrado que la sociedad que hemos creado en estas primeras décadas del siglo está llena de personas que no toleran la frustración y creen que todo lo que les rodea debe estar creado por y para satisfacer sus necesidades y deseos.

Desde que comenzó la emisión de los primeros capítulos de la octava y última temporada había cierto run run porque pasaban cosas que no terminaban de cuadrar a algunos; pero la gota que colmó el vaso fue el quinto y penúltimo capítulo. No tengo intención de destripar nada (espero conseguirlo), así que solo diré que aquel personaje que para muchos tenía el cartel de héroe, y todos los argumentos para ser quien finalmente se sentara en el Trono de Hierro, ha terminado por volverse un villano.

El asunto para los seguidores no es baladí y hemos pasado semanas leyendo análisis y haciendo los nuestros propios en grupos de whatsapp; pero hay quien está perdiendo mucho la perspectiva y ha comenzado una recogida de firmas a través de internet para pedir a los creadores de las serie que vuelvan a hacer la última temporada porque el final al que nos han conducido los creadores no les ha gustado un pelo. La lógica para ellos es clara: el final tiene que ser el que llevan imaginando años y si no es así, no vale. Esta rabieta de niño de dos años evidencia unos cuantos de los males colectivos de la sociedad: creerse en posesión de la verdad absoluta y rechazar que pueda haber otras posibilidades válidas más allá de la opinión propia.

En primer lugar, los creadores crean aquello que quieren y en su lista de obligaciones no está, ni mucho menos, contentar a todos o satisfacer las falsas expectativas que se hayan podido montar en la cabeza los consumidores de sus creaciones. Pero es que, además, lo de no aceptar un final porque no te gusta es bastante inmaduro. Evidentemente no tiene por qué gustarte, pero pedir que todo vuelva a hacerse hasta que te guste dice mucho de cómo afrontas la vida.

En cualquier caso, no deja de sorprenderme todo este revuelo porque deberíamos estar entrenados. La vida es eso. En la mayoría de ocasiones nada sale como está planeado y los finales reales nos suelen fastidiar aquello con lo que llevábamos años soñando. Pues mala suerte, amigo, esto es así. Y, como decía Bob Pop hace una semana en el programa de Buenafuente, las series nos preparan para la vida.

No puedo estar más de acuerdo y yo añadiría también las películas y los libros. La generación de los ochenta tuvimos que ver cómo David el Gnomo moría para convertirse en un árbol y cómo Marco buscaba sin cesar a su madre, provocando un reguero de lágrimas tras casa capítulo y no pocos terrores nocturnos. Y unos años después, cuando habíamos querido olvidar todo esto llegó My girl (una película en este caso) que nos dejó muy claro lo injusta que es la vida, que permite que el pequeño Thomas muera porque le pican unas abejas cuando quería tener un bonito detalle para su mejor amiga. ¿Puede haber un final más injusto?

Y si hablamos de series más recientes, los decepcionados por el final de Los Soprano o Perdidos se cuentan por decenas de miles. Por suerte, que sepamos, todo se aceptó sin reivindicaciones absurdas. Para mí, el final de Las chicas Gilmore se lleva la palma en los últimos años. Admito que la última escena de Las cuatro estaciones (los cuatro capítulos especiales para cerrar la serie años después de que dejara de emitirse) fue difícil de digerir. Pero mira, ya está, lo asumo. No se pasó por la cabeza llamar a la creadora y directora de la serie, Amy Sherman-Palladino, para exigirle otro final.

Y dicho todo esto, opino sobre el final de Juego de Tronos: a mí me ha gustado. El problema no es el cierre de las tramas o la deriva de los personajes y sus relaciones; el fallo es que nos han faltado una o dos temporadas y mucha evolución de los personajes para poder llegar a esta conclusión sin que todo chirriara. Los intereses de los creadores, la dificultad de producir una serie tan espectacular y otras razones nos han llevado a este cierre. En cualquier caso, todos estos años hemos visto historia de la televisión y como tal creo que tenemos que vivirlo.

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