25 de mayo de 2019
25.05.2019
La Opinión de Murcia
Al cabo de la calle

Una fractura necesaria

Tantos y tantos ámbitos ocupados desde hace más de dos décadas por el oscurantismo, la prepotencia, el caciquismo y las redes clientelares extendidas como tentáculos que todo lo captan

24.05.2019 | 18:14
Una fractura necesaria

Nunca he vivido una Nochevieja como aquella de 1986. La de la doble fractura de tibia y peroné que aún es visible con mi cojera en los días húmedos o cuando doy un traspiés (muy habituales, por cierto) sin venir a cuento. Esa noche marcó la vida que llevaba hasta entonces, la de estudiante de Periodismo en Madrid, con un noviazgo en crisis y pendiente de jugar el papel que a los primogénitos nos ha tocado siempre en las familias numerosas: abrir brecha y sentirnos responsables de padres, hermanos y los que vienen detrás. Las vacaciones navideñas en Yecla que iban a dar paso al penúltimo curso de la carrera acabaron con la etapa universitaria porque no podría volver a apoyar el pie izquierdo hasta seis meses más tarde. Y cuando lo hice estaba ya trabajando en la delegación de un periódico de provincias, lejos de casa.

Ese accidente provocado por el exceso de alcohol y el ímpetu juvenil a la caza de sensaciones fuertes fue el exponente máximo de lo que podríamos denominar una fractura biográfica. Ya casi nada fue como antes. De la etapa adolescente y juvenil me tocó pasar a la adulta. Una fractura que tiempo después comprobé con amigos y conocidos que era más común de lo que pensaba. Acontecimientos que han supuesto un antes y un después. Un reinicio, un reseteo, una vuelta a empezar, un nuevo camino vital. Llámenlo como quieran. Quien más y quien menos tiene esa grieta que ha dado paso a una etapa diferente a la vivida hasta entonces.

Quien me conoce sabe que sostengo la tesis de que las cosas no suceden por casualidad. Que todo tiene un sentido y una razón de ser. Lo digo porque cuando viví aquel acontecimiento que me impidió regresar a Madrid una amiga me envió por correo El guardián entre el centeno, la novela de J. D. Salinger que ha marcado el tránsito de la juventud a la vida adulta de generaciones enteras de norteamericanos y europeos desde la década de los 50 hasta casi la actualidad. Este pequeño libro me ha acompañado en todos los traslados de casa que he vivido, pero no ha sido hasta ahora, más de tres décadas después de que llegase a mis manos, cuando me he sumergido en la historia de Holden Caulfield. Y de forma paralela he podido acercarme estos últimos días a la vida de su creador con el escritor Paul Viejo. Y lo más importante: descubrir que una de las claves que rodean la experiencia literaria de Salinger puede arrancar de la fractura biográfica de lo vivido a partir de 1941 en la guerra en Europa.

Pero de vuelta al presente resulta que hoy es un día clave para reflexionar acerca de otro tipo de fractura, necesaria, imprescindible, deseable y anhelada por muchos: la fractura electoral. Esa que llegue a tierras como esta, sedientas de libertad y de justicia, de cambio y regeneración de la buena, de la verdadera, no la de boquilla para que todo siga igual. Una fractura que ayudaría a descubrir que hay otras formas y maneras de gestionar los recursos públicos, las políticas en la enseñanza, la sanidad, los servicios sociales, las administraciones públicas, el medio ambiente y otros tantos ámbitos ocupados desde hace más de dos décadas por el oscurantismo, la prepotencia, el caciquismo y las redes clientelares extendidas como tentáculos que todo lo captan.

Una fractura que permita revelar a la generación de nuestros hijos un horizonte diferente al que les ha tocado vivir estos tiempos en los que parecía que todo era posible con el boom urbanístico, la depredación de los recursos naturales y, ante otras visiones de la realidad, se presentaba el victimismo como manera de afrontarla. Con un relevo imprescindible. Quizá a partir de mañana muchos guarden en su memoria vital, en su fractura biográfica, una nueva etapa en la política cercana, la política en zapatillas, la de andar por casa. Y seguro que, a muchos otros, aunque estén nerviosos al ver peligrar su estatus, les ayudará a reconstruir sus identidades a partir de la diáspora de regreso a otra realidad. La de los mortales.

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