23 de mayo de 2019
23.05.2019
Así lo llevo

No llamarás

23.05.2019 | 08:16
No llamarás

No vas a llamar. Igual que no te llamé yo hace un año. Igual que no me llamaste tú hace un año. Igual que no me has llamado cada uno de estos días desde hace un año. Así lo habíamos acordado: si alguno de los dos no se presentaba ni avisaba de manera previa a alguna de nuestras citas, supondría el inmediato fin de la relación. Sin llamadas, sin reproches, sin lamentos, sin culpas. Se acabaría así una relación tan inevitable como imposible. Una relación tan maravillosa como dolorosa. Una relación que le daba sentido a mis días y les dejaba aun así un poso de tristeza, de ansiedad, de desazón. Una relación que nació para morir aunque ni tú ni yo quisiéramos verlo. No llamaste. No te llamé. Y, sin embargo, desde aquel día no he dejado de hacerlo. No he dejado de volverme loca al comprobar que ese número no pertenece a ningún usuario.

Yo siempre te decía que esperaría el tiempo que hiciese falta, hasta que estuvieses preparado. Te aseguraba que te amaba y aguantaría firme la espera, pero el que espera desespera y a mí la espera no dejaba de dolerme ni un solo segundo. Además, y me cuesta reconocerlo, yo tenía miedo. Vivía casi acomodada en ese compás de espera, a pesar de la distancia, a pesar de los celos, a pesar del sufrimiento, a pesar de saber que dormías en otra cama, abrigado por otro calor. Tenía miedo a que dieses el paso y asumir la responsabilidad si las cosas no iban bien o, peor aún, notar tu desprecio, tu frustración o tu arrepentimiento si la vida conmigo no resultase ser lo que imaginabas. No soportaría que renunciases a tu vida monótona y cotidiana, que arrancases tus cimientos por mí y que no te sintieses compensado. Tenía mucho miedo de que dieses el paso y también lo estaba deseando.

Así que imagina cómo me sentí hace un año...

Me convencí de que lo hacía por ti. Supe desde el día que concertamos el encuentro que no acudiría. Creí que te hacía un favor. Pensé que te sentirías liberado, que ya no sería una carga para ti, que ya no tendrías que hacer malabares para cuadrar tu agenda y compaginar tu vida y tu trabajo conmigo, por más que me dijeras que era yo quien te hacía sobrellevar todo lo demás.

No quiero ni imaginarme tu soledad, tu desamparo, tu desasosiego en nuestra habitación, la 112. Nos hacía gracia, parecía el número de emergencias, pero en realidad, era un guiño por la fecha de nuestro primer encuentro y también la fecha del encuentro, que no se llegó a producir, hace un año hoy.

Por eso estoy aquí, en esta cama de asfalto.

Dicen que en momentos como este toda tu vida te pasa por delante o que ves una luz al final del túnel, pero yo solo puedo pensar en ti y en mi cobardía. Yo solo puedo verte a ti, desconcertado en la habitación vacía de nuestro hotel, sin atreverte a llamarme. Solo puedo verte a ti, que siempre has sido mi luz al final del túnel.

Siempre te dije que corrías demasiado, siempre te advertí acerca de esa curva tan cerrada junto al hotel y siempre te reproché que no te pusieses el cinturón hasta salir del pueblo. Odio tener razón, odio haber tenido razón precisamente aquel día.

Por eso estoy aquí en esta cama de asfalto. Un señor, algo borroso, me habla con una voz distorsionada, espera una respuesta mía y yo no puedo dársela. No me responde la voz ni el cuerpo. El señor me anima a que no me duerma, pero yo solo quiero cerrar los ojos y pensar en ti, quiero recordar tus besos, tu piel, tu sexo por si es lo último que vuelvo a recordar. Tengo miedo y frío. El señor me pregunta mi nombre y yo no puedo pronunciarlo, solo logro imaginarlo en tus labios. Este nombre mío que tú solo pronunciabas cuando estábamos solos, que quizá pronunciaste incrédulo aquel último día, en tu último aliento. A mí me gustaba escribir tu nombre junto al mío dentro de un corazón, como si fuese una cría. Verlos juntos, como nunca lo estuvieron en la reserva del hotel.

Por eso nadie de tu entorno conocía mi nombre y nadie me llamó. Lo supe todo por las noticias. Fui a preguntar al hotel. Me contaron cómo encontraron tu coche bocarriba a unos metros y varias vueltas de campana de esta maldita curva y tu cuerpo unos metros más allá y tus maletas, tus maletas con todas las pertenencias que habías decidido salvar de tu otra vida en el maletero. Habías dado el paso.
Habías dado el paso, por fin, al fin. Por eso estoy aquí, en esta cama de asfalto, en la misma curva que un año atrás te saliste sin querer y esto ha sido lo único que yo he deseado durante este último año. He acelerado decidida, libre de cinturón, buscando la ausencia de dolor por mucho que duela.

Estoy muy triste y tengo frío. Noto la cabeza húmeda. Imagino mi pelo rubio, mi pelo rubio que tú desenredabas con un bolígrafo o con tus manos, teñido de rojo. El señor me atusa el pelo. Insiste en que no me duerma, insiste en conocer mi nombre.

«Maldita sea esta curva», dice. Y yo cierro los ojos y al fin te veo. Eres tú quien acaricia mi pelo ahora, mi pelo solo rubio ahora. Estás muy cerca, puedo sentir incluso tu aliento. No puedo ser más feliz. «Por fin has venido», me dices con tu voz, esa voz que me ha faltado todo este año y me besas con todos los besos que no me has dado durante este maldito año, con todos los besos que me faltaron durante la espera, cuando éramos un secreto, con todos los besos futuros y pasados.

Me besas, al fin, y nos vamos.

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