19 de mayo de 2019
19.05.2019
La Opinión de Murcia
Los dioses deben estar locos

La sangre de nuestros hijos

18.05.2019 | 17:13
La sangre de nuestros hijos

De nuevo parece que Iliá Repin estaba jugando a ilustrar los episodios del pasado nacional, se diría que permanece fiel al estilo del realismo ruso de la época sin abandonar el amor al historicismo cuando en 1885 el gran artista finalizó una pintura que representaba el momento en que el zarievich Iván Ivánovich agonizaba en brazos de su padre, que también era su asesino, el célebre Iván IV llamado El Terrible, el monarca que en el siglo XVI forjó el Imperio Ruso moderno. La pintura ilustra un episodio mal conocido de la vida del zar y del cual no hay suficiente documentación que pueda arrojar luz sobre circunstancias tan graves como oscuras.

El hecho, de un dramatismo elocuente y que evoca el tema eterno de la hostilidad entre padre e hijo en este episodio concreto, fue recreado por otros grandes artistas rusos. Pero ninguna de aquellas representaciones alcanzó el dramatismo conseguido por Repin que individualizó el momento mismo en que el zar recuperaba la consciencia después de haber sucumbido al ataque de locura e ira en el transcurso del cual habría herido mortalmente a su propio hijo, que parcialmente tendido en el suelo y abrazado por el padre, dejaba caer casi en el mismo instante de su muerte unas pocas lágrimas de perdón y reconciliación. De una intensidad dramática insuperable, la oscuridad de la pintura denota un extraordinario conocimiento de la tradición barroca exponiendo al juicio del espectador las profundidades de una alma tenebrosa y parricida.

La oscuridad envuelve al desencajado rostro del homicida que se desgarra en una mueca terrible de dolor, miedo y arrepentimiento. Un bastón que hubiera debido hacer las veces de cetro, probablemente el arma homicida, yace en el suelo como si delimitara la escena y evitando que el observador invada el espacio reservado para los momentos finales entre padre e hijo. La intensidad dramática es tan alta que probablemente el propio Repin la consideró incontenible en el lienzo y por ello, quizá consciente de no haber agotado aún la veta, volvió al tema en una segunda versión el año 1909, eligiendo para la ocasión intensos tonos rojizos que se mezclaban con la sangre del zariévich.

La importancia de la primera versión, la más conocida, no radica tanto en la veracidad del hecho histórico, tan cuestionada, cuanto el carácter moral de la idea que inunda la pintura. La condición posiblemente legendaria del episodio que retrató Repin no debe nublar la verdadera intencionalidad de la pintura. El deseo del artista no era sino denunciar la violencia despótica, ciega e irracional que emanaba del poder. Nada de ello pasó desapercibido a las autoridades que consideraron la pintura indecente, de mal gusto y un atentado frontal contra los valores de la Rusia eterna. Los apóstoles de un nacionalismo exacerbado no podían tolerar la existencia de semejante obra, de ahí los intentos por destruirla.

Sectores nacionalistas la odiaron visceralmente, este odio traducido en feroz iconoclastia está detrás de los ataques sufridos por el lienzo primero en 1913, vísperas de la Primera Guerra Mundial y de la Revolución Rusa, y por última vez, inquietantemente, en 2018. Aunque separados por más de un siglo entre sí, estos ataques profesaban idéntico desprecio por el arte cuando el artista no exalta el poder sino que opta por denunciar sus abominaciones. Es evidente que la veracidad histórica del episodio representado cede ante una concepción estética más elevada aún. Se trata aquí de su valor como arquetipo para ilustrar la crueldad y la arbitrariedad despótica del poder ejercido contra los débiles cuya sangre derramada mancha el suelo y que, como en el relato bíblico, «clama al cielo», logrando despertar en el homicida la dolorosa conciencia de sus actos.

Desgarrador instante, doloroso segundo; capaz, sin embargo, de condensar en él toda una eternidad.

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