18 de mayo de 2019
18.05.2019
Al cabo de la calle

Ni una más, Santo Tomás

El cambio es fulminante. Uno se siente ligero, como flotando entre nubes. Sin llegar al éxtasis, la verdad es que poder dormir por la noche, levantarte y mirarte al espejo y decir 'aquí estoy porque he venido' no tiene precio

17.05.2019 | 21:02
Ni una más, Santo Tomás

La compra de votos a cambio de trabajo es solo el síntoma de una sociedad enferma. Como quitar una multa. Como mirar hacia otro lado. Como adelantarse en una cola, conseguir un puesto cuando no te corresponde, hacer un informe a instancia de parte, reclamar que te examinen acerca de lo que tú quieres, agilizar un expediente gracias a una mordida o no acudir a un curso al que te han convocado y quedar tu asiento libre o a una cita médica que podía haber sido ocupada por otra persona.

Como invadir una plaza de aparcamiento reservada a quienes tienen su movilidad reducida, defraudar a Hacienda, no pagar el IVA correspondiente, fichar a un compañero o pedir un trato de favor por el asunto que sea cuando no te corresponde. Son simples señales de que algo no funciona, de que algo está corrupto, podrido, infecto, viciado de antemano. Es una señal de la enfermedad del abusón, sea persona, organismo, institución o vínculo extremo.

No creo estar hablando de algo que resulte ajeno a tu vida, a mi vida, a nuestra vida. En la política, en la economía, en la educación, en la sanidad? En definitiva, en cualquier ámbito de lo cotidiano. Es lo improcedente, lo malsano, lo que nos retrata como sociedad, como gente que lo soporta todo, que lo aguanta todo, que lo tolera todo y que lo permite todo. A veces desde la falsa ignorancia, de la irresponsabilidad compartida, de la supuesta incapacidad para cambiar algo. Excusas, solo son excusas, evasivas o subterfugios con los que esconder la falta de arrojo o de valentía para gritar que ¡ya está bien! Que se ha acabado lo que se ha dado. Que hasta aquí hemos llegado. Que nunca más. Que los abusones ya no tienen espacio entre nosotros. Que no nos cuenten milongas ni mentiras. Que llegó el tiempo de mirar de frente. De plantarse. De no dejar pasar ni una.

Reconozco haber llegado a un punto en el que sólo respirar profundamente, soltar adrenalina por el monte con la compañía de la nobleza de un perro y contar hasta cien, hasta mil, hasta diez mil? me permiten reprimir dar una ostia bien dada. Porque sería el síntoma de un fracaso. Confieso que mi paciencia ha llegado a un límite y la muestra es que la espita de la supuesta comprensión del género humano ha saltado por los aires ante la concentración de mala leche, fraude, caradura, descaro y soberbia que irradia una parte del personal con el que me cruzo a diario.

Proclamo que si no damos el paso adelante todo seguirá igual. Cada uno en lo que le toque y cuando le toque. En las urnas y en el trabajo. En la casa y en la tienda. En el coche y en la bici. En la calle y en el médico. De joven y de mayor. Ahora y siempre. Sin demora, con descaro y valentía. Sin complejos, medias tintas y de frente. El temor, a un lado. La culpa, atrás.

El cambio es fulminante. Uno se siente ligero, como flotando entre nubes. Sin llegar al éxtasis, la verdad es que poder dormir por la noche, levantarte y mirarte al espejo y decir 'aquí estoy porque he venido', no tiene precio. Darle la vuelta al miedo paralizante y a ese pecado original que todo lo calaba no es equiparable al efecto de cualquier droga natural o sintética.

Uno vuelve a recuperar la inocencia y la fe en el ser humano. Ese halo contamina y contagia. Pruébenlo. Cuando lo has catado, repites sin dudarlo.

Tiempo al tiempo.

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