16 de mayo de 2019
16.05.2019
Palabras

Algo más que la primera mujer de la real academia

Carmen Conde. Ahora sus libros son rarezas. Solo es "la primera mujer que ingresó en la RAE", que no es poco, pero es menos

15.05.2019 | 21:05
Algo más que la primera mujer de la real academia

Unas jornadas, con el sello de su coordinador, Victorio Melgarejo, en las que he tenido el honor de participar la semana pasada y en Cartagena, con amigos o estudiosos de Carmen Conde, se resolvieron con una resolución: solicitar a quien determine cuáles son las obras que debe de leer el alumnado de bachillerato para examinarse de lengua y literatura en la nueva selectividad, y ello para que una de estas lecturas sea un texto, un libro de poemas estaría bien, de Carmen Conde, no demasiado conocida en la Región, a pesar de ser una de las mejores poetas, tal vez la mejor, de nuestra tierra, y no sólo de Cartagena, y una autoridad académica, ya que fue, hacen ahora cuarenta años, elegida para ocupar el sillón K de la Real Academia de la Lengua Española. Primera mujer en la historia de dicha academia. Carmen Conde, poeta, cuentista, dramaturga, memorialista y agitadora cultural, no se la recuerda tanto por su obra, sino porque unos señores académicos, en 1978, la votaron para la RAE.


¿He venido y me fui, me iré mañana

y vendré como hoy?? ¿Qué otra criatura

volverá para ti, para quedarse

o escaparse en tu luz o hacia lo nunca?


Carmen Conde, republicana, era votada en aquel 1978 como primera mujer titular de un sillón en la Real Academia Española. Tocaba una mujer, enfatizaban las crónicas de antaño. Lo mismo que, tristemente, se viene diciendo ahora: toca una mujer. El País arrancaba así su crónica del acontecimiento, resaltando en el texto (y no en la firma) que una mujer, o sea, una mujer, era la que había recogido los testimonios de los señores académicos para que justificaran la excéntrica elección de Carmen Conde: «Por primera vez desde la fundación, en 1714, de la Real Academia Española, una mujer ocupará hoy un sillón. La elección se efectuará entre las tres candidatas presentadas: Rosa Chacel, Carmen Conde y Carmen Guirado. Una de ellas, Carmen Conde, rompió con la tradicional reticencia de los académicos a compartir sus puestos con colegas femeninos. De Carmen Conde pocos han dicho que es una de los más grandes poetas de la Generación del 27. El País señalaba: «Quedan abiertas las puertas de la Real a las mujeres que lo merezcan», como si los merecimientos de la mujer fueran más cuestionables que los del varón.

Carmen Conde nace en agosto de 1907 en Cartagena, y de joven oposita para delineante en construcción naval y empieza a estudiar magisterio. Con veinte años, en el año fundacional de su generación, se enamora del poeta Antonio Oliver Belmás y empieza a publicar en las muy líricas y minoritarias revistas de Juan Ramón Jiménez, del que será gran amiga. De aquellos años quizá data (así lo dejan entrever sus intercambios epistolares) su primera relación sáfica con Ernestina de Champourcín, lectora de románticos y simbolistas franceses y de místicos españoles. Champourcín: también poeta, también casada con varón, también 27, brillante y altiva aristócrata, le llega a proponer a la cartagenera una fuga que Conde rechaza. Conde se casa con Oliver en 1931, conmemorando el advenimiento de la República, y funda con él la Universidad Popular de Cartagena. Y, 1936, fecha del levantamiento franquista, conoce a Amanda Junquera, que será su amante durante muchos años y amiga para siempre.

¡Corred siempre, muchachas, que el seguiros excita

el ardor de cogeros, suyas todas, a hombres

que de fieros esgrimen el ademán tan solo!

Y envolveos en ropas de blanco lino puro

para mojar con ellas esos cuerpos calientes,

y amanecer ceñidas, ante el amor que vibra,

por el celo del agua posesor de las vírgenes.

El profesor universitario y doctor en Literatura José Luis Ferris ha sido uno de los pocos estudiosos que ha profundizado en la obra y la vida de Conde. Y, en su biografía sobre la autora analiza la influencia vital y literaria de la relación entre Conde y Junquera: «Como todas las mujeres de entonces, lo llevaban con absoluta clandestinidad y el mayor de los secretos; en el caso de Carmen y de Amanda, con más motivo, ya que las dos llevaban años casadas, sus maridos eran figuras de la cultura y habían constituido matrimonios ejemplares. Lo que sucedió es el resultado de un deslumbramiento mutuo y sin más pretensiones iniciales que una profunda amistad. Ninguna de las dos pudo sospechar que aquello duraría cincuenta años y alcanzaría la intensidad que alcanzó. Podría decir también que la homosexualidad apareció como un hecho nuevo en sus vidas, cuando aquel afecto entre las dos llegó a tal grado que se necesitaron también físicamente». Ferris rescata una cita de la propia escritora para explicar el alcance de aquel amor/amistad: «Aprendí viva. No sabía nada fuera de mi apasionada existencia. Ahora ya conocía la música, mi propia incipiente creación. Todo era nuevo, fresco, auténtico, arriesgado íntimamente. Nunca había yo escrito tanto y mejor que nunca». En este sentido, debo determinar que cuando leí aquellos poemas que la literatura de Conde me regalaba es cuando pude saber la fuerza de aquella erótica poética que tenía, sobre todo, de existencialismo poético profundo, metapoético.

Terminada la Guerra Civil, Carmen Conde vivió en alquiler en un piso de su amigo Vicente Aleixandre y trabajó en Radio Nacional de España, en el CSIC, en la Universidad Central de Madrid y en la Editorial Alhambra. El régimen franquista no la obligó al exilio ni al arrabal social a pesar de su pasado comprometidamente republicano. «Carmen Conde no sólo adquirió notoriedad durante la República, sobre todo en sus trabajos como maestra y pedagoga, en las colonias escolares y jornadas pedagógica con los profesores de aquellas misiones que procedían de la nueva escuela que se desarrollaba con los artistas e intelectuales de la Residencia de Estudiantes y desde las innovadoras escuelas de aquellos maestros como Giner de los Ríos (recuérdese aquí la visita de Conde a la Zarcilla de Ramos, pedanía de Lorca. En el verano de 1940, era una mujer procesada en busca y captura. Me refiero al expediente de procesamiento sumarísimo ordinario 559 instruido contra ella desde el Gobierno Militar de Murcia y seguido por la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación de la misma plaza. Sin embargo, ella estaba en Madrid, en casa del matrimonio Alcázar-Junquera. El esposo de Amanda [Cayetano Alcázar] adoraba a Carmen y no dudó en protegerla, «siendo él un franquista significado y una autoridad académica», explica Ferris. Sobre su ingreso en la RAE, el biógrafo tiene claro cierto sesgo ideológico en la elección: «En 1978, el pasado republicano de Carmen Conde estaba enterrado y más que enterrado. Nadie tenía conciencia de él. Lo que pesaba en contra de ella para ser elegida era todo lo contrario: su acomodo durante cuarenta años a la vida y la cultura de un país regido por la dictadura franquista. Yo la conocí en los años 1981 a 1983, una señora intelectual, profundamente republicana, que añoraba la enseñanza entre el alumnado por la libertad y la democracia. La producción literaria de Carmen Conde comprende más de un centenar de libros. Murió aquejada de alzheimer en 1996, más olvidada que olvidante a pesar de la enfermedad. Ahora sus libros son rarezas. Solo es «la primera mujer que ingresó en la RAE», que no es poco, pero es menos. Y solo nos acordamos de ella en los pocos actos academicistas de recuerdo y celebración de aniversarios, como este de la semana pasada, y ahora solicitamos que se estudie en las escuelas y en los institutos y que sea leída nuestra paisana universal.

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