12 de mayo de 2019
12.05.2019
La Opinión de Murcia
Cultura Ciudadana

Economía del pensamiento

Podríamos asumir como necesaria la idea de realizar una parada de nuestros ritmos que nos permitiera ser la versión más observadora de nosotros, es decir, convertirnos en espectadores de nuestra vida y de cuanto nos rodea. «Hay que salir del tiempo impetuoso de la vida», afirma Husserl

12.05.2019 | 04:00
Economía del pensamiento

Nos hemos acostumbrado a pensar demasiado en aquello que no debemos. Nos detenemos, en exceso, en cuanto no soluciona presentes ni futuros para conseguir un mundo más justo, y todo el tiempo que tenemos para el pensamiento serio, acabamos por gastarlo en la superficie. ¿Cómo es esto? Peter Sloterdijk, Catedrático de Estética y Filosofía en Alemania y reconocido por su asombrosa teoría del espacio íntimo a través de las esferas, afirmaba, hace unos días, en una entrevista que le realizaban con motivo de su visita al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), que la vida actual no invita a pensar. A lo que, con atrevimiento, añadiría a su acierto, que no se nos invita a pensar en lo importante. Cotidianamente recibimos millones de estímulos que nos conducen a guiar nuestros pensamientos hacia lo superficial, hacia aquellos problemas que pueden surgir en el transcurso del día y que no tienen más futuro que el del día siguiente cuando vuelvan a darse. Es tanta la cantidad de información y los medios a través de los que nos llegan, que apenas contamos con momentos reales para que se dé ese pensamiento por el que todo ser humano debería pasar. ¿Entonces? ¿Cómo podemos obtener tiempo para ello? ¿Cómo pensar en lo importante y no tanto en lo inmediato? Además de relevante, el hecho de poder cuestionar lo importante o aquellas cosas que atañen a la verdad de nuestras vidas, se está convirtiendo también en algo urgente. Y puede que una de las razones de ello sea el hecho de estar perdiendo las circunstancias vitales que nos permiten retirarnos y tomar distancia para ver.

Desde lo anterior, podríamos asumir como necesaria la idea de realizar una parada de nuestros ritmos que nos permitiera ser la versión más observadora de nosotros, es decir, convertirnos en espectadores de nuestra vida y de cuanto nos rodea. «Hay que salir del tiempo impetuoso de la vida», afirma Husserl. Tal vez se trate de dar un paso atrás para ver mejor; porque sin una mínima distancia y sin una cierta desimplicación, la actitud teórica parece imposible y la poesía no termina de crearse. No podemos pensar sin lo anterior. No es una capacidad que tengamos que desarrollar, sino la clave máxima de la que debería partir todo planeamiento educativo y cultural de una nación, de una sociedad y de la persona misma. ¿Cómo hacerlo mejor entonces? Pensemos bien.

La cultura es la base desde la que todo nace y puede co-existir, desde ella nos convertimos en quienes de verdad somos abandonando, por ello, a aquello que creíamos ser. Sus espacios, físicos y etéreos, son lugares para la contemplación, el silencio y el encuentro. En ellos, en la cultura, están todas las herramientas para convertirnos en pensadores creativos que solucionen aquellas problemáticas que tanto nos afectan y que hay que resolver. ¿Cuál es la responsabilidad de un programa educativo y cultural? Hacernos pensar bien es la base. Entendamos desde lo contrario que quien no alcance a pensar bien, poco podrá aportar a la finitud del mundo. En esta perspectiva y para solucionar, los agentes de lo educativo y cultural, han de saber potenciar el tiempo de pensamiento y creación de las comunidades para las que programen, y también, fortalecer sus dinámicas de organización y participación para construir bienestar y desarrollo social a través de la expresividad natural de cada persona. Y ahí es donde entran en acción lo participativo, lo expresivo y los escenarios necesarios para cuestionar el pensamiento del buen vivir.

Activemos entonces la voluntad de pensar mejor, hagámoslo unidos desde la base principal, que es la cultura, y entonces, comencemos a aportar infinitud a nuestros procesos de creación y a quienes somos. Y traducido a lo práctico: ideemos desde nuestros espacios para que el conocimiento, toda aquella información que ya poseemos, se haga sabiduría. Para que desde escuelas, universidades, centros de cultura, museos, bibliotecas o desde cualquier entorno cultural, sucedamos desde un pensamiento bondadoso que comience, firme, a mostrarnos a utopía.

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