12 de mayo de 2019
12.05.2019
La Opinión de Murcia
Achopijo

El ascensor

12.05.2019 | 04:00
El ascensor

Por fin. Después de años, lustros, décadas€ en los que semana sí y semana también llegabas al portal del edificio y veías a los técnicos metidos en el hueco del ascensor, y tenías que subir doce pisos andando. Después de años de averías y problemas, después de pensar que por algún motivo imposible de saber nunca jamás volvería a haber ascensor, ayer mismo estrenamos el nuevo ascensor de nuestra casa de toda la vida. Pocos ejemplos en Murcia de una obra tan faraónica y larga, y mira que podemos sacar tres o cuatro fácilmente, pero lo del ascensor de casa ha sido para serie de nueve temporadas. Un punto negro en la historia mundial de los ascensores, porque no creo que un edificio moderadamente moderno, sencillo, con sus huecos de ascensor bien planteados a priori, haya supuesto tal necesidad de tiempo e incordio para los vecinos, sufridos espectadores de decenas de avisos en forma de cartel pegado con cinta aislante.

Y ayer mismo estrenamos ascensor de puerta automática, gris claro, con su pantallica de plasma. «El 23% de los aragoneses aún no tiene decidido su voto», decía la pantalla mientras sonaba música ambiente como si estuviéramos en una convención en un hotel de Milwaukee. Sin ruidos, ligero como una pluma, deslizándose hacia arriba sin pistas de por dónde va, con sus luces led.

Y entonces, de repente, flotando hacia el piso doce, se me encogió el corazón y un golpe de nostalgia hizo que pasaran por mi mente, como una cascada de imágenes, todos los recuerdos de aquel ascensor de toda mi vida. Las puertas granates, los números negros pintados en molde y los cristales amarillentos, el día que se tragó el balón de minibasket multicolor que todos tuvimos, el día que por fin alcancé a tocar el botón del doce subido en el rodapié de metal, los chicles pegados en el octavo, el truco de dejar la puerta semiabierta para que no te lo robaran, las carreras bajando escaleras y marcando piso a piso el ascensor, el vértigo de bajar rozando la puerta con la punta de la zapatilla, el ruidillo del motor que, cual campana de Pavlov activaba siempre, siempre, siempre la vejiga, las palabras borradas en las placas modificando las frases de advertencia, las carcajadas de risa tonta, el minuto cantando la lección mirándome al espejo, madre mía, si ése espejo hubiera grabado aquellos años€

¡El espejo! Ha desaparecido el espejo. El nuevo ascensor no tiene espejo. «¡No tiene espejo!», grité sorprendido a mis hijos, ensimismado en mis recuerdos€ y me miraron sin decir nada unos segundos. Miré a la pared del ascensor. La luz reflejaba nuestras siluetas. Y el paso del tiempo nos hizo sonreír a todos. Vale.

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