02 de mayo de 2019
02.05.2019
La Opinión de Murcia
Este tiempo nuestro

La nueva minería

02.05.2019 | 04:00
La nueva minería

¿Qué quedará de nosotros? es una pregunta que se hacen todas las generaciones. Desde que vivimos instalados en el mundo digital, cada vez dejamos menos huellas físicas de nuestra cultura. Salvo que consideremos huellas culturales las cuasi inmortales bolsas de plástico. Hemos suprimido nuestro álbum de fotos en papel por un álbum virtual en la nube. Abandonamos nuestro diario íntimo en una libreta por un archivo digital en el disco duro. Las películas, los discos, los libros, aquellos objetos que tanto decían de nosotros, ahora se albergan (intangibles) en plataformas controladas por grandes monstruos empresariales.

Aquella edición limitada del White Album de Los Beatles, que tanto nos costó conseguir, que guardábamos como oro en paño y manoseábamos con reverencia, ahora es una mera referencia en una lista de Spotify. Cada vez que entro en la habitación de mi hijo de quince años (procuro no hacerlo más que en casos de extrema necesidad), me encuentro un cubículo vacío, con aspecto casi hospitalario. Sólo la ropa tirada el suelo ofrece un rastro de humanidad. Ni un libro, ni un disco, ni una foto, ni una pantalla de le televisión, ni un triste papel, nada. Y no es que tenga menos cosas de las que yo tenía a su edad en mi habitación atestada. No. La diferencia es que todos sus 'objetos' preciados los tiene (se supone) en un aparato de trece por siete centímetros: el móvil.

Se lo estamos poniendo difícil a los arqueólogos del futuro. Cuando se estudie nuestra cultura dentro de cien años, los nuevos Indiana Jones ya no necesitarán el látigo ni chalecos llenos de bolsillos. Los nuevos Indiana Jones seguirán, eso sí, excavando, pero sentados ante un ordenador y explorando las minas de datos. Navegarán por territorios ignotos, por los rincones más oscuros y siniestros de la red, descubrirán pequeñas pistas, indicios mínimos que, bien interpretados, les llevarán a prodigiosos descubrimientos. Deberán explorar a fondo las listas de Spotify, las listas de la compra de Amazon, todos los 'likes' y 'dislikes' que hemos ido desparramando por ahí, las ingentes cantidades de fotos y vídeos acumulados en la nube€

Siguiendo los oscuros recovecos de Twitter e Instagram, podrán construir un retrato robot del homínido de 2019. Darán fe de cómo se alimentaba, de si tenía la piel muy fina o muy gruesa, de si se dejaba llevar por la razón o por la emoción, de si era narcisista como denotan sus 'selfies' o agresivo como delata su comportamiento de 'hater' depredador.

La minería será más necesaria que nunca. De hecho ya hoy el 'web mining', o 'Data mining', es asignatura obligatoria en muchos grados universitarios. Así se describe en un plan de estudios: «Un campo de la estadística y las ciencias de la computación referido al proceso que intenta descubrir patrones en grandes volúmenes de conjuntos de datos. Utiliza los métodos de la inteligencia artificial, aprendizaje automático, estadística y sistemas de bases de datos».

También se necesitan mineros para minar (conjunto de procesos para validar y procesar las transacciones de una criptomoneda) el nuevo dinero, como el bitcoin. Estamos ante una nueva edad dorada de la minería en la que los mineros ya no se ensucian la cara, ni se ahogan con la silicosis, ni saltan en pedazos con explosiones de grisú. Tendrán otros males. Se quedarán ciegos, padecerán dolores de espalda o enloquecerán devorados por las fauces de Internet. Necesitamos con urgencia un Julio Verne del presente, capaz de imaginar la distopía de ese arqueólogo de ciencia ficción al que perseguirán bolas gigantes de datos falsos, como la piedra que rodaba tras Harrison Ford, galería abajo, cuando buscaba el arca perdida. Sería como un viaje al fondo de la red, suponiendo que la red tenga fondo.

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