28 de abril de 2019
28.04.2019
La Opinión de Murcia
Polvo en los zapatos

El diario de Manuel Moyano

Serón. Uno de los ediles afirma: "De manera inconsciente, hemos educado a nuestros hijos para que no vivieran en el pueblo, sin transmitirles las ventajas y valores del campo"

28.04.2019 | 04:00
El diario de Manuel Moyano

Se apuntan soluciones "sin esperar resultados a corto plazo".

6 de abril

La España vacía. El principal causante de que hoy estemos en Serón, un pueblo almeriense recostado sobre la falda de Los Filabres, no es otro que Ramón Almela, profesor jubilado de la Universidad de Murcia. Serón celebra este fin de semana unas jornadas de exaltación rural y formo parte del engranaje de un premio literario que entregará aquí mañana el propio ministro de Cultura. Si en las últimas semanas hemos disfrutado de un verano precoz, ahora azotan las orillas del río Almanzora (donde se levanta una gran carpa) rachas de viento frío y lluvioso.

El tiempo no ha impedido la afluencia masiva de público. Dado que soportar largas colas para terminar picoteando de pie sobre platos de cartón no parece el plan más atrayente del mundo, regresamos al centro buscando un local donde comer tranquilos.

Desde el restaurante Plaza Nueva se contempla un paisaje árido y montuoso, salpicado de nubes oscuras, donde molinos metálicos de viento giran desatados. Pedimos milhojas de hojaldre con distintos rellenos, choto a la brasa y yogur casero con mermelada de higo: cocina exquisita a un precio módico. Subimos al castillo nazarí por calles empinadas. Miembros de una cofradía ensayan para las procesiones de Semana Santa, pero terminan desistiendo ante la ardua meteorología. Débiles tañidos anuncian que son las cinco. «Las campanas están afónicas», dice Teresa, creando sin pretenderlo una figura literaria.

Volvemos a la carpa, donde dialogan los alcaldes de Tíjola, Cuevas del Campo, Cúllar, Almócita y Serón. Su variopinta fisonomía excluye la idea de que exista un tipo humano asociado a la figura de alcalde. Hablan de la España vacía, de la huida de los jóvenes a las ciudades, de la falta de relevo generacional: bancales, balates y acequias son abandonados; saberes ancestrales, olvidados. Uno de los ediles afirma: «Inconscientemente, hemos educado a nuestros hijos para que no vivieran en el pueblo, sin transmitirles las ventajas y valores del campo». Se apuntan soluciones «sin esperar resultados a corto plazo». Por la noche tocan los Amigos del Acordeón de Baza y un multitudinario grupo de flamenco-pop, Compás Canalla.


7 de abril

Ministro con sombrero de paja. Aunque despejado, el día amanece desapacible. Desayunamos en la carpa chocolate con churros y jamón de la comarca junto a varios amigos escritores venidos de Murcia: Aurora Gil Bohórquez, Santiago Delgado y Pascual García; también Marta Zafrilla y Rubén Castillo, a cuyos hijos animo a acariciar el pelaje áspero de un burro. Llevo un sombrero que compré hace años en Sheridan, Wyoming. Sólo hay otros dos individuos con sombrero y todos escribimos. Uno es Santiago Delgado y otro Ezequiel Martínez, presentador de Canal Sur que me dedica su libro Diario de un paseante slow. Una cuadrilla de violines y bandurrias canta: «Qué lástima le tengo / a las piedras de la calle, / que todo el mundo las pisa / y ellas no pisan a nadie».

José María Egea sostiene en una conferencia que la figura cinematográfica del pueblerino (Paco Martínez Soria, Alfredo Landa) contribuyó sin duda a la huida del campo. ¿Quién desea que lo tomen por un paleto risible? Llega el esperado ministro José Guirao, nativo de la comarca, para entregar el premio y clausurar las jornadas. Con americana y chaleco, sin corbata, su cabello estratégicamente colocado tapando claros se ve desbaratado cuando alguien le encasqueta un sombrero de paja. Mientras una mujer lee el Manifiesto del orgullo rural, el ministro le sostiene el micrófono, detalle que le gana la simpatía del público.

8 de abril

Orejudo. Hacía tiempo que quería conocer a Antonio Orejudo, desde que, en 1999, leí su Fabulosas narraciones por historias. Con ese primer libro entró en mi panteón privado de las mejores novelas escritas en España durante el último medio siglo, junto a La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, Juegos de la edad tardía de Luis Landero, Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada o París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas. Las demás tendría que pensarlas. Orejudo (a quien imaginaba más corpulento) ha llegado con gorra negra de cuero, ropa gris y una visión nada optimista del futuro de la literatura (del futuro en general).

Su padre fue filatélico (cuenta) y cuando lo veía emocionarse al conseguir un sello raro le parecía, en cierto modo, algo ridículo. Sospecha que eso mismo pensarán hoy de él sus hijos al verlo exaltado tras una sesión fértil de escritura o tras recibir los primeros ejemplares de su último libro. «Antes creía que no había nada más grandioso que escribir una buena novela, pero ése no es ya el mundo donde estamos». Tal vez por eso da clases sobre el Siglo de Oro. La falta de comprensión lectora entre sus alumnos le produce una especie de agonía espiritual. «Ya no tengo una idea mística de la creación», añade. «La literatura es algo que se escribe y se lee en bata y pantuflas».

Leo Cano y Miguel Ángel Hernández vienen a tomar unas cervezas con Orejudo. Acabo de leer el absorbente diario de Miguel Ángel, Aquí y ahora, y le pregunto si lleva entre manos un nuevo diario y (por tanto) todo cuanto hablemos quedará registrado. Me responde que no. «Entonces podemos relajarnos», bromeo, pese a que yo sí esté levantando mentalmente acta del encuentro. Sin embargo, no voy a reproducir todas las maldades (o verdades como puños) que deslizamos sobre ciertos autores entre una cerveza y otra. En el monumental diario que Adolfo Bioy Casares escribió de su larga relación con Borges, éste no dejaba títere con cabeza entre sus contemporáneos.

10 de abril

Agujero negro. Por primera vez se ha conseguido fotografiar un agujero negro. Cuando en casa, tras asearnos la cara en el lavabo, retiramos de golpe el tapón, la espuma forma una suerte de galaxia en espiral que confluye hacia el sumidero hasta desaparecer. Lo mismo ocurre a escala cósmica: la Vía Láctea es otra espiral que terminará colándose entera por el desagüe o agujero negro que acecha en su centro. Una vez (imprudentemente) expliqué esta imagen ante un grupo de niños, y el único que la entendió se pasó la noche entera sin dormir. Al día siguiente tuve que disculparme ante su madre.

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