26 de abril de 2019
26.04.2019
Grupo Treinta

Cuando las vides añoran a los olmos

26.04.2019 | 08:36
Cuando las vides añoran a los olmos

Este olmo se ha alzado dominante durante años sin cuento, ha visto pasar generaciones de campesinos, hombres y mujeres pobladores de aquellos campos cuyas casas ahora deshabitadas sirven de caja de resonancia al viento. De año en año ha pervivido alto, grande, émulo de gigantes; quizá haya soñado ser secuoya y tocar con la punta de sus ramas lo único que en el aquel prado tiene más edad que los olmos, la bóveda eterna de un cielo inmortal.

El olmo es planta sabia y ha aprendido mucho con los años, pues bajo su sombra ha cobijado a buenos o malos, chicos o grandes. El olmo es bondadoso y permite que la vid se maride y trepe por él. Escuchó atento y paciente en fiestas y vendimias de parras los coloquios de los hombres, débiles habitantes de un día, criaturas efímeras, pero dotadas de corazón y palabra; en su copa, tal era su generosidad, se alojaron al final nidos de picaza. Las coplas del caminante cruzadas con los trinos de los pájaros han acariciado su leño; sus hojas caídas y luego renovadas han consolado a los amigos y deudos de aquellos que dirigieron sus últimas miradas a este árbol como si fuera la última morada antes de ser llamados a la eternidad.

El olmo tiene un antigüedad casi geológica. Este dique verdadero frente a las aguas del tiempo empezó a agrietarse antes de que nacieran y se extinguieran muchos sueños efímeros. Una maraña de cavidades se abren en su tronco para adentrarse en el interior de la madera centenaria, como sirviendo de puerta de entrada a un lugar nuevo y desconocido dispuesto allí quién sabe si por azar o velado designio.

Pero en el correr de los años incluso los eternos mueren, hasta el cielo azul un día se resquebrajará y caerá a pedazos. El olmo se agota lentamente bajo la acción de hongos y carcoma. Hace años que el campo está abandonado, que ya no hay pastores ni repican las campañas, ningún caminante frecuenta la vereda. Quizá el mundo haya quedado vacío de repente. El olmo muerto ya no oye, deja un esqueleto de ramas quebradizas y tronco seco. La fiel vid que ha crecido a su sombra y trepado por sus ramas, no le ha dejado en la vida ni le deja ahora en la muerte, entrelazándose con él en tierna amistad€ la vid, que vive aún, huérfana ahora de vendimias y abandonada, añorando y abrazando al amigo muerto.

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