26 de abril de 2019
26.04.2019
La Opinión de Murcia
Mamá está que se sale

Hambre

25.04.2019 | 19:53
Hambre

Mi ciber amiga Francisca Moreno (por cierto, su blog de moda y, sobre todo, de recetas riquísimas, está genial), me comentó cómo era posible que hubiese movilizaciones bárbaras para reparar Notre Dame tras su incendio, y no hubiese el mismo interés en acabar, por ejemplo, con el hambre en el mundo.

Porque no sólo es el hambre. Recuerdo cómo de pequeña me contaron que había un país, Etiopía, en el que no se veía Falcon Crest «porque era después de comer». Entonces te daba por reírte, pero ahora es para llorar, porque en aquel país sigue habiendo hambre, y eso que hemos llegado a la Luna, hablamos por los móviles o hay lugares a los que accedemos con drones, aunque el pie humano no pueda posarse. Te dicen que es porque no hay riqueza en sus tierras o algún rollo macroeconómico parecido, pero no me lo termino de creer.

Hicimos un viaje a Costa Rica, hace años, con Nieves y Ángel. Creo que fue, después del viaje de novios, el viaje de nuestra vida. Increíble cómo en una porción tan pequeña de terreno caben varios ecosistemas, todos distintos entre sí, y todos alucinantes: la selva que llegaba al mar en Manuel Antonio (se llamaba así el sitio), el volcán Arenal al que vimos escupir lava, las tirolinas de decenas de metros por las que nos deslizamos en Monteverde, y los monos, los papagayos, las iguanas, las tortugas o los cocodrilos que vimos en Tortuguero. El paraíso en la Tierra. Y en ojos occidentales, una máquina de hacer dinero. Pero en la descripción real de lo que vimos, al menos en la Costa Rica profunda que visitamos, aquello fue un viaje a Tras el Corazón verde. ¿Te acuerdas de esa peli en la que Kathleen Turner se va a la selva colombiana con Michael Douglas, a buscar a su hermana? Pues tal cual. Cómo es posible que en un lugar así, visitado por turistas de todo el mundo y con un goteo constante de visitantes, las casas fueran chabolas, no hubiera acceso rodado (lo que aquí llamamos 'asfaltado') y la luz eléctrica viniese a través de cables de alta tensión colgados en cualquier sitio. Por eso no me creo que sea una cuestión de que el país contenga en sí riqueza. Mira Venezuela. La explicación, para mí, es lo que decía Gandhi: «En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos». Para mí, más que la avaricia, es que pasamos totalmente.

Asistí a una charla de Juan José Almagro sobre responsabilidad social corporativa. Era la época del éxodo masivo en Siria, y continuamente se veían noticias sobre las condiciones horribles en las que aquellas pobres personas huían de sus casas, con sus pertenencias a cuestas. ¿Sabes cuántos niños se perdieron en aquel éxodo según Unicef? Adivina. Diez mil. Diez mil niños como los nuestros, que en algún momento se despistaron y ya no volvieron a ver a sus padres. Algunos, como Aylan, cuyo cuerpo apareció en la playa. Otro, sin nombre y más mayorcito (de unos trece años) llevaba su boletín escolar, dentro del forro de su chaqueta, cosido entre las costuras, a modo de salvoconducto para cuando llegara a Occidente. Lo recompusieron cuando rescataron su cuerpo del agua, tras morir ahogado en el mar ¿Alguien ha hecho una colecta para ayudar a estas personas? Nadie.

En una cena de amigos, hace unos años, había un chico que había estado en la guerra de Afganistán. Contaba, entre otras historias que escuchábamos el resto boquiabiertos, cómo el mayor trauma que tenían allí los soldados no era el peligro de perder la vida o de quedar mutilado, sino los niños que veían, solos y desorientados, que caminaban sin rumbo a lo largo de los caminos. No he oído a ningún millonario ofrecer dinero para acabar con esto.

Me remito a lo que decía, de nuevo, Almagro: Quien tiene el poder, tiene la responsabilidad. ¿A qué esperas?

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