25 de abril de 2019
25.04.2019
El Mirador

Fanatismos

24.04.2019 | 23:38

El atentado ocurrido en Nueva Zelanda contra una mezquita, protagonizado por un fanático de extrema derecha australiano, debería hacernos pensar que el terrorismo no tiene una ideología concreta ni definida

El atentado ocurrido en Nueva Zelanda contra una mezquita, protagonizado por un fanático de extrema derecha australiano, debería hacernos pensar que el terrorismo no tiene una ideología concreta ni definida, sino que anida en cualquiera de ellas. Deberíamos meditar que la repulsa y el rechazo que muchos occidentales sentimos hacia esa barbarie es la misma que muchos árabes sienten cuando uno de sus fundamentalistas se lanza contra nosotros. El sujeto es el mismo descerebrado, el mismo vaciado mental, el mismo tipo de cáncer, venga del lado que venga. Este producto nuestro había publicado en las redes un 'manifiesto' de 74 páginas (muy parecido en su fondo y estilo al Meïn Kampf de Adolf Hitler), se reconocía como 'víctima' blanca, racial, expulsada de sus derechos por invasores sin alma. Su ídolo era el ultra noruego Breivik, que mató a 77 personas en Utoya, y su mesianismo lo llevó a grabar la masacre y presumir de ella como una cruzada, hasta la propia inmolación si necesario fuera. O sea, calcado, exactamente igual que cualquier fanático islamista.

A los pocos días, en Utrecht, quizá como reacción, como una respuesta automática, un turco fue el que disparó contra la gente de un mercado. Y los whatshaps de contenido racista y supremacista empezaron a gotear en mi móvil. Es matemático, y lo vengo observando desde hace tiempo. El odio se retroalimenta a sí mismo, y mutuamente además, en una especie de terrorífico movimiento continuo. El combustible que alimenta esta triste procesión es la desconfianza y la intolerancia, y nos lo suministran los partidos populistas con sus mensajes envenenados y venenosos: que si nos quitan el trabajo, que se comen nuestro pan, que están ocupando cotas de poder, que nos están invadiendo, que si no se integran en nuestra cultura, que, al final, nos harán rezar a todos de cara a La Meca. Es lo mismo, idéntico, que los nazis largaban de los judíos. Muy curioso, sí, pero así es. En el fondo de este odio arcaico subyace, aun subliminalmente, las diferencias de religión. Yo no sé si las razas hacen su religión, o son las religiones las que fabrican sus propias razas.

Pero las creencias religiosas impuestas por dogmas, a lo largo de la historia han separado más que unido, han desatado guerras santas, y persecuciones, y cruzadas, y odios y venganzas, más, mucho más, que logros de paz y de conciliación entre los pueblos. El sustrato que los seres humanos llevamos dentro de origen religioso es brutal, más importante de lo que todos creemos. En sociedades modernas y educadas (nosotros las denominamos avanzadas) el barniz aparenta ser más superficial con más cultura (sea el concepto de cultura el que sea), y en los pueblos considerados como más atrasados, o menos desarrollados, o de culturas distantes y distintas, la religión supone un bagaje más sólido e importante, más impuesto y sentido, aunque sea por una costumbre con la que se identifican y conforman su identidad? Nosotros tenemos lo que llamamos nuestras tradiciones, que tampoco es moco de pavo cuando nos ponemos en defenderlas con toda fruición, reconozcamos su parte de fanatismo, o no. Pero que si nos damos cuenta, la inmensa mayoría de ellas se sustentan en una base religiosa, que nos viene de genética vieja, de la tribu a la que pertenecimos, y que, desgraciadamente, aún nos esforzamos por pertenecer (romerías incluídas).

El otro día, en mi diario y terapéutico paseo, o como yo lo llamo, la hora del paréntesis, caminaban delante mío tres chicas adolescentes. Pantalones vaqueros ajustados una, con desenfadada camiseta decorada con moderno rotulaje en inglés, como deben ser las camisetas que se precien; otra con pantis bajo minifalda, y la tercera con falda plisada y estilosas y altas botas. Esta última con un pañuelo a la cabeza, y sus dos amigas con el pelo al aire. Largo el uno, una hermosa trenza el otro. Una de ellas, conforme iban llegando al portón de uno de los edificios que flanquean el parque, sacó de la mochila, esa que ahora llevan las jóvenes en vez de bolso, un pañuelo oscuro, que se fue liando a la cabeza antes de pulsar el timbre, sin duda alguna, de su casa. De las otras dos, la descubierta, sacó otro de no sé dónde, y se lo preparó al cuello, antes de perderlas de vista.

Que cada uno de mis lectores saque sus propias conclusiones. Esta es la generación femenina nacida aquí, de nuestros actuales inmigrantes. Feminismo aparte, se observa un doble comportamiento (no me atrevo a calificarlo de doble moral, porque no lo es), y es el del estatus social y el estatus familiar. El segundo, inhibido a la costumbre religiosa familiar, y el primero, deshinibido por la sociedad en la que vive y 'amiguea'. El hogar y la calle no encajan. Esta chica, mañana, tendrá que elegir por una ruptura dolorosa siempre: o dice adiós a su libertad personal y se somete a la autoridad del clan, o rompe con su familia para poder liberarse. El problema es cuando fuera empiece a ver rechazo en vez de acogida, odio en lugar de ayuda, marginación en vez de integración? Ante dos fundamentalismos frente a frente, abrazará el suyo, claro?

Y nosotros, encima, nos justificaremos a nosotros mismos, diciéndonos, mira cómo actúan?

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