19 de abril de 2019
19.04.2019
De un grano de arena

Las calles del odio

19.04.2019 | 04:00

Siendo en 1976 Manuel Fraga vicepresidente y ministro de la Gobernación en uno de los primeros gabinetes de la transición democrática, con Carlos Arias Navarro de presidente, se le atribuyó la frase, por él nunca reconocida, de «la calle es mía».

Era la fórmula que se encontró para definir cómo el responsable de las FOP (entonces a los 'grises' se les conocía como Fuerzas de Orden Público), imponía la mano dura para contener las protestas callejeras, los disturbios o las manifestaciones de orden social, político y también laboral. Eran los primeros meses de una convulsa transición democrática que había dejado cinco muertos en la represión de una concentración laboral en Vitoria en marzo, y dos más en mayo, en unos enfrentamientos a los que hoy todavía les falta luz, en la subida a Montejurra en Navarra.

Recuerdo esto a cuento de lo vivido estos días de campaña electoral en Barcelona, Bilbao o Rentería, en Guipúzcoa, donde los radicales han pretendido demostrar que la calle era de ellos para silenciar y acobardar a quienes no comulgan con sus discursos fascistoides.
Paradigmas de la tolerancia, el respeto a lo disidente y templos del debate o la diversidad de expresiones culturales como la Universidad Autónoma de Barcelona o el Kursaal de San Sebastián han sido testigos de las embestidas de quienes se creen dueños de los espacios públicos para imponer sus ideas escupiendo, empujando e insultando a quienes pretendan hacer uso de la palabra para defender otros postulados.

Resultó paradójico que los rabiosos que querían amedrentar y humillar a los que habían acudido a un mitin en Rentería, lo hicieran en la Plaza de los Fueros, símbolo de la lucha de todo un pueblo por mantener sus derechos.

Igual de atónito asistí a cómo algunos dirigentes políticos criticaban esa actitud valiente de reivindicar la libertad de expresarse en público y de circular por cualquiera de los rincones de este país, aludiendo a que era una provocación. «No deberían haber ido allí», escuché, sin que se dieran cuenta de que, manteniendo esa actitud y cediendo, ese 'allí' se expandirá para los violentos y los intolerantes, deseosos en el País Vasco o en Cataluña de meter en casa y arrugar a los demás.

En todo lugar y a cualquier hora hay que dejar bien claro que la calle no tiene ideología. Todas las calles son de todos. Lugares de convivencia y tolerancia.

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