19 de abril de 2019
19.04.2019
La Opinión de Murcia
La balanza inmóvil

El alborotador

18.04.2019 | 21:34
El alborotador

Dos mil diecinueve años y aún está viva la imagen de un Cristo humillado, torturado y crucificado, por alborotador al proclamar que su reino no era de este mundo. Solo su madre y el discípulo preferido, ambos a los pies de la Cruz, representando a la humanidad completa, entendieron el sentido, cuando un día como hoy, a las tres de la tarde expiró, encomendando al Padre su Espíritu, y eso que al comienzo del Calvario hubiese preferido que pasara de Él ese Cáliz. El velo del templo se rasgó en dos partes de arriba abajo, la tierra templó y las piedras se partieron. Los sepulcros se abrieron, los santos resucitaron y se aparecieron a muchos en la Ciudad Santa (San Mateo). Si no fuera porque a los tres días resucitó, todo el vía crucis sería innecesario y hasta inservible. «También Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu» (San Pedro). Jose de Arimatea fue el elegido a petición propia, por Pilatos, quien le entregó el cuerpo de Jesús, para que cubriéndolo con una simple sábana le diera sepultura este viernes de muerte.

Pero cuando María (madre de Santiago) y María Magdalena acudieron a embalsamar el cuerpo de Cristo el domingo siguiente, la piedra que cubría la entrada de la gruta había sido apartada y el cuerpo ya no estaba. Los guardianes de la losa mintieron al tribuno y al mismísimo Pilatos. Primero dijeron que unos doce malhechores les habián sorprendido cuando dormían y les arrebataron el Cuerpo. Después su versión varió a una mera borrachera que les impidió enterarse de nada. Finalmente, confesaron la verdad: un resplandor cegador, proveniente de dentro dela cueva, les aterrorizó y huyeron abandonando la custodia de la entrada al sepulcro de Jesús el Nazareno.

La tradición cristiana cubre hoy las imágenes, especialmente el Crucifijo, con tela morada en señal de ausencia de Jesús, hasta el domingo de Pascua en que resucita Cristo. La imagen de la Virgen se viste de negro, en señal de luto y sufrimiento. Dolor que no obstante en el momento de la muerte de su Hijo tuvo tiempo para consolar a la madre allí, también presente en el Gólgota, del buen ladrón, Dimas, al que Jesús prometió la vida eterna, lo que hizo exclamar a aquél: «Di el mejor golpe de la historia, robar un sitio en el Cielo».

Hoy se reza con especial devoción el Vía Crucis con sus catorce estaciones, recordando desde su condena a muerte hasta su resurrección triunfando sobre la muerte, pasando por la sepultura del cuerpo. Una condena a muerte por el pueblo, con el absentismo de unos responsables religiosos, políticos y judiciales, que por miedo al pueblo o al triunfo de la palabra de Jesús, aun no siendo su Reino de este mundo, se lavaron las manos tras ser llevados de un pretor a otro, escabullendo el asunto y saltándose el Derecho de Gentes de manera flagrante y sangrante. Los sumos sacerdotes, que eran las autoridades religiosas de la época, lo consideraron un alborotador, porque se proclamaba Hijo de Dios y ponía en peligro sus poderes terrenales.

De nada les sirvió, pues hasta el mismo tribuno, tras buscar insistentemente el cuerpo de Jesús, creyó en su Resurrección, como ya antes se lo habían dicho María Magdalena y San Bartolomé. Le bastó entrar a la fuerza a una casa para comprobar que el que ante sus propios ojos fue crucificado estaba reunido con sus discípulos, metiendo la mano de Tomás en sus llagas para que creyera en su vida eterna. Se unió a ellos y pudo presenciar el milagro de la pesca e incluso la curación de un leproso. Como tantos otros, tuvo que ver para creer.

Dichosos los que creen sin haber visto. El reproche a Santo Tomás aún sigue vivo en nuestros días. Bienaventurados los que sin ver creen.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook