17 de abril de 2019
17.04.2019
Obiter Dicta

Fake news, no news: Nada nuevo bajo el sol

16.04.2019 | 20:26

Que la gente decide en función de los datos que posee y que quien tenga el control de la información puede manipular las decisiones es algo que el ser humano conoce desde la noche de los tiempos. Disponemos de muchos ejemplos en la antigüedad de noticias falsas difundidas de modo deliberado para crear estados de opinión. Por ejemplo, en los primeros tiempos del cristianismo se esparció por el imperio romano el rumor de que los seguidores de Jesús, en sus ceremonias secretas, mataban a un niño y mojaban un pan en su sangre, o que los cristianos provocaron el incendio que asoló Roma en el verano del 64 dC, mientras Nerón tocaba la lira (otro falso rumor difundido por los cristianos, probablemente). No en vano, Sun Tzu escribía que «el arte de la guerra se basa en el engaño. Por lo tanto, cuando se es capaz de atacar, ha de aparentarse incapacidad; cuando las tropas se mueven, aparentar inactividad. Si está cerca del enemigo, ha de hacerle creer que está lejos; si está lejos, aparentar que se está cerca».

Todo esto, hay que reconocerlo, lo han manejado magistralmente los botarates del prucés que dedicaron años a intoxicar a los medios internacionales para venderles, el uno de octubre, la trola de los mil heridos, ante la portería vacía (todo hay que decirlo) de los sucesivos Gobiernos nacionales.

La libertad de información, como ha declarado el Tribunal Constitucional, no es sólo el derecho de cualquiera a transmitir información veraz, sino, sobre todo, el derecho de los ciudadanos a recibir toda clase de noticias. Por eso podemos decir que no existe una verdadera democracia en aquellos países en que la libertad de prensa se ve amenazada o silenciada, aunque haya urnas y se vote, porque el electorado no puede decidir con verdadera libertad.

En la sociedad tradicional esta libertad de información se consigue garantizando la pluralidad de medios de comunicación cuyo único control sea judicial y solo se vean sometidos a unos límites marcados por el Tribunal Constitucional: la veracidad de la información y el derecho al honor de los afectados. En ese contexto, el particular puede optar por cualquiera de los medios, o acudir a varios, para contrastar las noticias, suponiendo que las diferencias se basan en la distinta línea editorial de cada medio. Pero la diversidad de medios de comunicación no convence a todos, pues socapa de evitar injerencias de grupos financieros en la línea editorial de los medios hay quien quiere suprimir la independencia económica de periódicos, radios y televisiones para someterlos a la financiación (y al control) de un todopoderoso Estado que, sin duda, sería imparcial y objetivo (tómemelo el lector como ironía). En la película El hombre que mató a Liberty Valance ( John Ford, 1962) la libertad de prensa, como pilar de la sociedad civilizada que pretende constituir Ransom Stoddard, aparece representada por un periodista borrachín y sensacionalista que, sin embargo, es imprescindible para garantizar la libertad de los ciudadanos.

Toda esta situación se complica en la actualidad por la pluralidad de fuentes de difusión de que disponemos: cualquiera de nosotros puede ejercer la libertad de información a través de las redes sociales incluso con mayor repercusión que los medios tradicionales. Ello debería haber servido para terminar con el 'monopolio de la información' que se suponía a los periódicos y grupos editoriales; aquello de la brecha entre la 'opinión pública' y la 'opinión publicada' que denunciaba Felipe González. Sin embargo, lo que ha ocurrido es justo lo contrario: el espectador se encuentra ahora con un aluvión de 'información' que le llega por tierra, mar y aire y del que no es capaz de discernir lo cierto de lo falso. No es que los bulos no existieran de antes pero ahora las falsas informaciones vuelan por las redes. Ciertamente el avispado lector podrá siempre acudir a los periódicos serios (como este) para conocer la información y contrastar entre medios acreditados, pero la gran mayoría de la gente no lo hará y se conformará con creer lo que le cuenta su cuñado por twitter.

Porque en realidad no nos interesa conocer la verdad sino disponer de aquellos argumentos (sean ciertos o falsos) que nos reafirmen en nuestras opiniones y nos permitan agredir al de enfrente, sin darnos cuenta de que de ese modo caemos en la manipulación de quien, con nocturnidad y alevosía, ha elaborado el bulo para crear un falso estado de opinión que a su vez nos lleve a tomar las decisiones (políticas, económicas o comerciales) que más le interesen.

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