16 de abril de 2019
16.04.2019
Desde mi cornijal

Ochenta años del final de la Guerra Civil

15.04.2019 | 21:48
Ochenta años del final de la Guerra Civil

Cuando este artículo vea la luz, habremos conmemorado el 88 aniversario de la proclamación de la Segunda República española. También se habrá recordado (no hay motivo alguno para la conmemoración) el 80 aniversario del primero de abril de 1939, fatídica fecha del último parte de guerra del Gobierno de Burgos, a partir de la cual Franco se disponía a cubrir con negros nubarrones, durante casi cuarenta años, el suelo patrio peninsular. Ochenta años que no han servido para despejar del todo ese poso de franquismo sociológico que anida en amplias capas sociales de nuestro país. Hoy, un renacido revisionismo sobre las causas de la Guerra de España sigue teniendo cierta audiencia. Y ello pese a que historiadores de prestigio han tratado de arrojar luz sobre un hecho que, desde tiempo ha, llena con miles de publicaciones los estantes de las bibliotecas.

Justo cuando se cumplían 50 años del inicio de la Guerra de España, el historiador Manuel Tuñón de Lara, en una obra colectiva La Guerra Civil española 50 años después, rastreaba los orígenes del conflicto en los meses posteriores a diciembre de 1933, con el Gobierno de la CEDA presidido por Lerroux. A partir de ese momento, los propietarios se consideraron dueños y señores de la vida rural y dejaron sin trabajo a los obreros agrícolas sindicados en la UGT o en la CNT. Al tiempo, la Falange, surgida en octubre de 1933 en el Teatro de la Comedia de Madrid, unificada con la JONS, empezó pronto a emplear la violencia. Su líder, José Antonio Primo de Rivera, con su apelación a la dialéctica de los puños y las pistolas, llegó a afirmar que el mejor destino que podía tener una urna era ser rota.

Por si ello no bastara, representantes del tradicionalismo y de la extrema derecha (Renovación Española) firmaban un pacto con Italo Balbo y con el coronel Longo por el que el Gobierno fascista de Italia prometía ayudarles a derribar el régimen republicano con armas, dinero y formación militar de jóvenes. Situación que tiene documentada Ángel Viñas en su libro recientemente aparecido ¿Quién quiso la Guerra Civil? En entrevista en El Cultural, Viñas recuerda el dato de que el banquero Juan March aportó más de medio millón de libras para la compra de aviones. Afirma que, a partir de 1934, además, entra en juego otro factor importante en la conspiración: la creación de la Unión Militar Española, una organización que se encargó de sembrar agitación en el seno del Ejército. En 1935, con la UME en pleno apogeo y Gil Robles como ministro de la Guerra, los monárquicos aprietan el acelerador.

Lejos, pues, de ese relato tan caro al revisionismo histórico perseverando en la responsabilidad del terror rojo en el origen de la Guerra de España, Viñas achaca a la conspiración monárquica el origen de la tragedia que eclosionó en julio de 1936.

Tras el triunfo electoral del Frente Popular y pese a las apelaciones de justicia y paz de Manuel Azaña, que reclamaba la unión bajo una misma bandera de republicanos y no republicanos, Emilio Mola, destinado a la comandancia militar de Pamplona, empezó a urdir los hilos de la conspiración. Se agitaban las tramas del carlismo y del falangismo, se multiplicaban los contactos entre esos grupos y el Bloque Nacional de Calvo Sotelo y, además, Sáinz Rodríguez, uno de los más notables conspiradores de entonces, negoció a través del agente italiano Ernesto Carpi un nuevo acuerdo con Italo Balbo y Mussolini para recibir más ayuda militar, con la firma de Goicoechea, Calvo Sotelo y el conde de Rodezno.

Según refiere Ángel Viñas, mientras se ponían de acuerdo sobre quién debería reinar en España una vez derribada la República (unos optaban por la vuelta de Alfonso XIII, otros por su hijo, Juan de Borbón), los conspiradores pensaban que, de manera interina, Sanjurjo asumiera todos los poderes del Estado, como en la dictadura primorriverista, con un comité cívico-militar y, a la cabeza de ese directorio, Calvo Sotelo. Como es sabido, su asesinato y el del teniente Castillo precipitaron los acontecimientos. A partir del 18 de julio, el país se sumergió en un baño de sangre.

El profesor Pablo Sánchez de León, en un artículo en Bajo Palabra-Revista de Filosofía. UAM, afirma que el significado de la guerra española de 1936 «no termina de aquilatarse de manera adecuada a su singularidad histórica sin incorporar una última dimensión consustancial al levantamiento contra la República democrática de 1931: la de guerra santa», pues matiza que «fue de hecho un imaginario de guerra santa lo que funcionó como un sustrato común y amalgama de todas las justificaciones para la represión franquista [?]

El combate en nombre del integrismo religioso no se detenía en la estigmatización del vencido». «Es obvio», dice Sánchez de León, «que en esta radical exclusión del otro conviene subrayar un atributo añadido que redimensiona el caso: la definición de Carl Schmitt de lo político como la distinción radical entre amigo y enemigo se inspira muy frecuentemente en la tradición del catolicismo político.

En definitiva, entra en juego un concepto que Sánchez de León define como la tanatopolítica (de tánatos, muerte, en griego clásico), entendida como un contingente de ciudadanos formado por todos aquellos susceptibles de ser acusados de no cumplir con los preceptos de la religión católica».

Para este autor, el conflicto que acabó en 1939 con la República democrática fue «una guerra civil, pero también una conquista de 'racionalidad civilizadora' que concibió al enemigo como un sujeto colonial, y, en primer término, una guerra santa en nombre de un integrismo católico más ideológico que estrictamente religioso».

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook