14 de abril de 2019
14.04.2019
Los dioses deben estar locos

Nada más que un trapo viejo

Un buen día mi camisa dejó de ser joven y perdió para siempre de vista el ajetreo del mundo, los actos públicos, las entrevistas con desconocidos

13.04.2019 | 20:58
Nada más que un trapo viejo

Eso que acabo de echar al cubo de la basura sin posibilidad de reciclaje es el trapo que he venido usando durante los últimos meses para limpiarme los zapatos. Cubierto de grasa de caballo o de cera incolora, apenas se reconocen lo que antaño fueron tonalidades de azul en líneas verticales, pues profeso devoción por la tela Trento celeste. Aquel trapo ahora inerte, yace sepultado entre los desperdicios generados durante la última semana transcurrida en mi casa que en tiempo astronómico no son más que siete días pero que desde un punto de vista moral equivale casi a una edad geológica. En épocas pretéritas ese trozo de tela cien por cien de algodón, con decoración en líneas verticales y tonalidades de azul fue una atractiva camisa, orgullosa de haber venido a parar al hogar de un servidor de la comunidad con tantas obligaciones como yo y que consecuentemente tantas veces habría de recurrir a ella.

Hechas las presentaciones de rigor, seleccionada y evaluada de entre todas las candidatas que se presentaron ante mí, entró a formar parte de mi séquito de adornos personales, que podrá no ser el más exquisito de la ciudad, pero al menos es un séquito y como todo séquito, tiene algo de selecto, jerárquico, formal, y sobre todo, ornamental. Aquel día la elegí siguiendo mi voluntad y me la llevé porque me agradó más que ninguna otra prenda a mis ojos, destinada para mí desde el momento en que fue tejida por una prestigiosa camisería que desde el otro lado del Atlántico ha vestido a hombres elegantes e influyentes desde el siglo XIX, llegaba traída aquí por la demanda expresa de clientes como yo y por el poder de mi elevada capacidad adquisitiva. Con orgullo, dignidad y color cubría mi torso y disimulaba mis imperfecciones, dándome un agradable medio para proyectar, alimentando mi vanidad, una imagen casi celestial de mi grandeza entre esas tonalidades de azul y ascendentes líneas verticales. Bella la camisa en su edad juvenil, de botones blancos de cuatro agujeros; bello el emblema cosido al lado izquierdo representando con un hilo más oscuro a un ser fabuloso, algo así como un tritón. En el interior, y en posición central justo bajo la nuca y un poco por encima de los omóplatos, una discreta etiqueta portaba el nombre selecto de su marca comercial y proclamaba la altura de su origen.

Fueron un par de buenos años. No recuerdo con exactitud qué pasó después, y no fue sólo que llegaran camisas más nuevas (que no mejores). Empecé por confinarla en el armario, a la espera de ser elegida para disimular las acostumbradas imperfecciones de mi torso, pero dicha espera se dilataba cada vez más. Un buen día mi camisa dejó de ser joven y perdió para siempre de vista el ajetreo del mundo, los actos públicos, las entrevistas con desconocidos. Quién sabe qué hecho concreto la apartó de la primera línea de mi vida, pues siempre me sirvió bien. Pudo ser una cosa o varias. Unas inoportunas manchas caídas en acto de servicio; el cerco provocado por ceniza no apagada aún de un cigarrillo manejado demasiado cerca por alguna mano torpe; los estragos causados por el tiempo, el uso y los continuos lavados en agua con exceso de cal en combinación con un detergente demasiado agresivo, porque quién sabe lo que usan lavanderías que no son de confianza. No importa, el hecho es que la camisa comenzó a envejecer y sus tonos de azul comenzaron a palidecer. Aunque seguía siendo una buena camisa apenas me acompañaba en el interior del hogar y ya desde luego no para tareas de representación, que tanto nos habían gustado, sino para quehaceres domésticos, vida cotidiana, lectura, adelanto de trabajo atrasado, e incluso en labores de cocina y jardinería.

Podría haber lanzado la camisa al contenedor de reciclaje o haberla llevado a cualquier organización que distribuyera ropa usada entre los pobres que desconocen la elegancia. Pero algo tan personal como una camisa había de ser para mí o para nadie. Algunos hilos colgaban ya como consecuencia del deterioro inherente al paso de los días, la pérdida de un botón precipitó los acontecimientos. El apuñalamiento y posterior desmembramiento de mi querida camisa sucedieron como la cosa más normal del mundo a fuerza de irremediable, era algo que sencillamente me veía obligado a hacer. Sus pedazos aun me sirvieron unos meses en la humillante y servil labor de abrillantar mis zapatos, unos zapatos bellísimos que me había hecho traer de Italia.

Hoy me desprendo del último pedazo, y lo hago sin mayores lamentos ni ceremonias lanzándolo al cubo de la basura. Solo ha sido una bella prenda cien por cien de algodón. Rechazo por ello tu mira recriminatoria, severo lector, guárdatela para aquellos que infringen iguales o mayores males a seres cuyas fibras entrelazadas hilo a hilo dan irrepetibles diseños, no textiles sino humanos, en el abigarrado tapiz del mundo.

Si la historia de un trapo sucio, pequeña bufonada sarcástica, te ha conmovido, cuánto más habrá de hacerlo el espectáculo de ancianos, hombres, mujeres, niñas y niños maltratados, apuñalados y humillados, usados y luego tirados entre las inmundicias como vulgares objetos inertes ante los ojos ciegos del mundo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook