14 de abril de 2019
14.04.2019
La Opinión de Murcia
El diario de Manuel Moyano

Polvo en los zapatos

Portmán. "Tal vez, algún día, los barcos puedan amarrar de nuevo en los norayes del viejo puerto, que hoy brotan como extraños hongos de la tierra roja"

14.04.2019 | 04:00
Polvo en los zapatos

3 de marzo

Fran y lo impráctico. Tomo cervezas con un grupo en el que se encuentra Fran García Alacid, amigo de Jesús Montoia y bastante más joven que nosotros. Lo conozco desde hace años. Apasionado por la fotografía de microminerales, es capaz de atravesar media península para sacar primeros planos de, pongamos, un cristal de vanadinita que sólo se halla en Burgos. De todo ello obtiene imágenes de gran plasticidad, similares a cuadros abstractos. Hoy me entero de que también está estudiando y fotografiando especies de carábidos en Sierra Morena. Fran no es geólogo ni biólogo profesional, sino (y eso me gusta de él) un campeón de lo impráctico.

15 de marzo

¿Cómo hacerlo? Si en la última 'cumbre' de Mula me hallaba ligeramente por debajo de la media de edad, hoy ocurre justo al contrario, y estos amigos escritores de Murcia (citados más de una vez en el diario) andan por los cuarenta y pocos. A ratos, me siento algo fuera de lugar, ya que no comparto muchas de sus referencias. Hablan de grupos de música indie, de series, de lugares, de bebidas, de comidas que no conozco (de entrada, yo nunca hubiese elegido un mexicano para cenar). Hay inquietudes que sí comparto; por ejemplo, los viajes y la literatura. También esta otra que alguien arroja sobre la mesa: ¿cómo borrar del móvil el rastro de las páginas porno visitadas?

16 de marzo

Plomo y gaviotas. La temperatura es perfecta y el cielo de un azul irreprochable. Aquí estamos Teresa y yo con las hermanas Susi y Consuelo Oñate y sus respectivos maridos, Juan Antonio Moya y Paco Franco. Hemos venido a la bahía de Portmán, que (pocos lo ignoran) fue colmatada con ingentes cantidades de estériles vomitados por las minas circundantes. Dicen que los niveles de plomo en sangre son altos entre los vecinos. Cientos de gaviotas pueblan el aire. Tras años de promesas vanas, descubrimos que los estériles están siendo por fin retirados. Tal vez, algún día, los barcos puedan amarrar de nuevo en los norayes del viejo puerto, que hoy brotan como extraños hongos de la tierra roja.

Emprendemos nuestra excursión por los acantilados. El mar está en calma y sobre él flotan granjas de atún rojo o de lubina. Hace cinco años, una fuga en una de estas granjas atrajo a una legión de pescadores a la bahía. El ascenso a la antigua batería militar del Monte de las Cenizas, a través de una densapinada casi vertical, resulta tan duro que nuestras mujeres desfallecen. Ya en la cumbre, jadeantes, lamentamos que no hayan llegado hasta aquí para palpar los descomunales cañones Vickers, aún intactos, y contemplar este impresionante panorama que abarca casi todo el Sureste de la península Ibérica, desde el Cabo de Gata hasta la costa de Alicante, y cuya belleza queda fuera de toda descripción.

20 de marzo

En Otrora. José Óscar López y Jesús Montoia me flanquean durante la presentación de mi novela Los reinos de Otrora en Expolibro. Alfonso, que lleva trabajando en esta librería desde tiempos prehistóricos, y al que todos los escritores de Murcia conocen (eso lo hace un experto en vanidades), merodea a nuestro alrededor sacando fotos. No es el único. Mientras Jesús menciona un pueblo inglés llamado Chester que inspiró algunas de sus ilustraciones, yo gugleo Chester en el móvil. Javier Castro nos hace una instantánea que me muestra al terminar el acto. No puedo evitar reír. Parece que estoy embebido en la escritura de wasaps, ajeno por completo a las explicaciones que da el ilustrador durante mi propia presentación.

22 de marzo

Magdalenas. Al mojar una madalena en café con leche y llevármela a la boca, pienso de pronto en las especies tan distintas que se requieren para llevar a cabo un acto, en apariencia, tan sencillo como éste: vacas, gallinas, trigo, café, remolacha. Los demás animales se limitan a tomar los alimentos puros, tal y como se los brinda la naturaleza. El hombre ha sido el único capaz de combinar elementos de dispar origen para producirse a sí mismo placer, encontrándolo en mezclas a priori insólitas (repasemos la lista anterior), pero que hemos asimilado hasta despojarlas de cualquier extrañeza.

23 de marzo

Joaquín Rodríguez. «¡Ha dicho la tele que va a hacer más frío y que va a haber más paro!». Esta prodigiosa frase me la lanza un nonagenario mientras espero, bajo una lloviznosa mañana de mercado en Molina, a que mi mujer encuentre plátanos de su agrado. Un mensaje de Manuela Sánchez me anuncia que ha muerto Joaquín del Paraje. Lo recuerdo: Joaquín Rodríguez, periodista de la radiotelevisión pública. Tenía conocidos famosos y amaba el cine. Flaco y bigotudo, muchas veces me lo encontré caminando solo por la huerta. Sabía por amigos comunes que le encantaban mis libros, pero nunca me dirigió la palabra. No iré al tanatorio a despedirme de él. Sigamos manteniendo esa elegante distancia.

24 de marzo

En el limbo. Hacía mucho tiempo que no venía a Fuente Álamo, desde que, en el año nosecuantos, me invitó a dar una charla en su instituto el poeta Antonio Aguilar. Situado en el centro de un triángulo imaginario formado por Murcia, Cartagena y Totana, Fuente Álamo parece no pertenecer a ninguna comarca en concreto. «Estamos en el limbo», bromea el camarero que nos sirve unos exquisitos buñuelos de calabacín y chipirones a la sidra en el Ceres, mesón repartido entre varios puestos del mercado de abastos. Después de comer, damos un paseo sorteando los charcos que dejó ayer la lluvia.

Aún se conserva uno de esos azulejos que anunciaban nitrato de Chile, ya desaparecidos de casi todo el país. Vemos un local donde se venden simultáneamente tabaco y bombonas de butano. Abundan los magrebíes y sus comercios: bazar Al Almira, carnicería Halal. El aire huele al estiércol que fertiliza las fincas circundantes. Naves insípidas y tolvas oxidadas se levantan a las afueras entre eucaliptos. Es un paisaje descolorido, casi un no-lugar. Pese a su nombre, en Fuente Álamo no hay álamos ni fuentes: el agua se obtenía de uno de los mayores aljibes que se conocen en el Sureste español. Lo han restaurado y su enorme cúpula blanca causa asombro. Aquí lo llaman el Aljibón.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook