13 de abril de 2019
13.04.2019
La Opinión de Murcia
Al cabo de la calle

Mercado de la vida

12.04.2019 | 20:24
Mercado de la vida

A menudo la vida aparece como un mercado de estímulos, favores, entregas a cuenta y pagos por servicios prestados. Un mercado del que esperamos y confiamos recibir numerosos productos, objetos traspasados a cambio de nuestros esfuerzos de niños por agradar, por ser buenos con los mayores y compañeros, por renunciar a diario a lo que hacer por lo que debemos de hacer.

En ocasiones regresamos de ese mercado con las manos vacías, y entonces descubrimos que sólo podemos sobrellevar las ausencias con estímulos primarios: la comida, los deseos insatisfechos, los anhelos inalcanzables? Cubrimos aparentemente ese hueco y? a otra cosa mariposa. Pero lo que realmente sucede es que, a duras penas, somos capaces de mantenernos sobrios por poco tiempo, ya que la necesidad de llenar los innumerables vacíos crece de manera exponencial. Y entonces, vuelta a empezar? y otra vez sucede lo mismo.

Es cierto que rara vez aplazamos esos instantes con experiencias de silencio, de desierto, de reencuentro con la esencia de nuestro ser. Con baños de una naturaleza que es sencilla, amorosa, simple y dispuesta a percibir con atención consciente todo lo que pulula alrededor. Hablamos de una especial predisposición al encuentro, al roce, a la ternura, a la empatía, a la búsqueda instantánea de lo inesperado, de lo no programado, de lo que resulta evidente. Advertimos entonces la gozosa dicha de lo real, de los que de verdad importa, del momento real, gratuito e inesperado. Es el tiempo de la presencia sincera de la persona amada, arropada por la ternura explícita del amante, en las pesadas jornadas ya vividas, con la cansina marcha repetida. Nadie nos debe nada. No debemos nada a nadie. Valemos, simplemente, por lo que somos? y no terminamos de creerlo.

En este tiempo de tribulación y sinsabores ha llegado la hora de reivindicar grandes dosis de orgullo sometido a la ansiada aprobación de los adultos. Nuestra frustrada infancia ya merece una adolescencia en toda regla. Una juventud sabrosa, refrescante y degustada, para que desemboque en la madurez que es el camino hacia la senectud, hacia una vejez merecida.

Es el tiempo de exigir, de poder mirar de frente a todos, sin esperar una sonrisa comprada por un mal gesto. Es el turno de desplegar la encorvada espalda por ese gran peso cargado tantos años sin deberlo. Es, a la vez, el instante de alcanzar la libertad soñada, la libertad libre de la buena, de esa que engrandece a quien la ejerce, por encima de llamas y deseos, por debajo de capas y escarceos.

Apostamos por ello en esos días que vendrán. Reclamamos, exigimos, demandamos y pedimos, a la vez que ofrecemos un instante de cambio y de consuelo, que no exploramos afuera de uno mismo. Sí, en el recóndito espacio de la duda, donde se alimenta cada día ese infinito ser que somos vencidos, a ese ser amado por quien sabe, quiere y encuentra desvalido. Y a quien no consuela con simplezas, sino con la verdad inefable de la duda. El intercambio en ese mercado ya es justo.

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