09 de abril de 2019
09.04.2019
La Opinión de Murcia
Carta de ajustes

Celebrando el Estatuto para una Región fallida

08.04.2019 | 21:34
Celebrando el Estatuto para una Región fallida

Celebraban los diputados regionales, con gran aparato de verbo y candilejas, el nuevo Estatuto de la Región de Murcia, ante la indiferencia casi total de la opinión pública. El cronista de este periódico, Francisco Valero, demostraba su oficio entresacando lo más indicativo de las declaraciones de cada líder, todos obligados, al parecer, a sonrojarnos con las tonterías más excelsas. La presidenta de la Asamblea, Rosa Peñalver, aludía a una finalización de legislatura «de la manera más brillante», como si descendiera de la Luna; Víctor Martínez, del PP, aseguraba que con el texto magno «nadie pierde, todos ganan», mereciendo su remisión urgente a una escuela de alfabetización política intensiva; el socialista Joaquín López, tan fino y solemne como capaz para el humor, subrayaba que «trasciende el momento, es un nuevo catálogo de derechos»; Oscar Urralburu, de Podemos, elevaba el tiro, con sublimación, aludiendo a «una conquista de nuevos derechos que nos coloca a la vanguardia del país», y asumía en su integridad la farfolla de nuestra más cansina y pueblerina casta; todavía lo superaba, en arrebato trascendente Miguel Sánchez, de Ciudadanos, ya que aseguraba que «hemos hecho historia?», dándonos una pista del impacto que su partido, de discurrir tan claro y ejemplar, va a dejar en las crónicas de este país obnubilado. Se producían estos transportes (de género cuasi místico y merecedores de mi égloga y mucho más) mientras venía este cronista de patear la tierra que nos vio nacer, con algunas experiencias, que resumo.

Primero se me antojaron avecillas caprichosas en busca de alimento reparador en los campos en barbecho, pero al poco reparé en que se trataba del caótico discurrir de negros plásticos volanderos. Pues sí, los plásticos de nuestra agricultura (química y petrolera) ciñen nuestros campos, son unas veces triturados cuando se remueve la tierra, permaneciendo in situ, sin más preocupación, y otras vuelan libre y alegremente por nuestros cielos, envenenándolo todo sin que a los culpables se les impute la menor responsabilidad: campos de Yecla y el Altiplano. Después el tiempo amenazó tormenta y sonaron los cañonazos antigranizo para frenar la lluvia, ya que hay que proteger el arbolado, aunque se lo fuerce fuera de temporada, y sus beneficiarios gozan de bula: campos de Cieza y Vega Media. Tuve margen para contemplar nuevas roturaciones y regadíos en zona de pinar y de secano, todo ilegal a manos de sujetos a los que la ley se resiste a tocar desde el famoso incendio de 1994: campos de Caravaca, Moratalla y el Noroeste. LA OPINIÓN también hablaba de nuevos vertidos de salmuera al Mar Menor, a manos de pillos recalcitrantes entre los que se encontraba un conocido líder agrario; y varios representantes del sector agrario exportador se felicitaban de que, gracias al cambio climático, lo de consumir productos de temporada pasará a la historia, ya que habrá de todo en todo tiempo; y así, un panorama diario de salvajadas, estupideces y amenazas.

La ronda por nuestro agro es fuente inagotable de relatos del más mísero subdesarrollo, que es tanto ecológico como político y legal. Teníamos cita con el fiscal jefe, José Luis Díaz Manzanera, ante el que presentamos documentos, quejas y testimonios, todo ello envuelto en la impaciencia y el cabreo ante una Justicia que es lenta, escurridiza y parcial, amén de ineficiente; le recordamos la indolencia perversa de las Administraciones, con la Confederación Hidrográfica del Segura en cabeza, que sigue legalizando todo lo ilegal que encuentra, que castiga con saña al débil y estimula al fuerte, y que cada día es más merecedora de desembarco judicial en toda regla (desde Madrid, por supuesto: en esta Región no esperamos tal). Entre una compañera del Club Atalaya y yo, los visitantes, reuníamos unas cuantas asociaciones en lucha (Ecologistas en Acción, Prolitoral, Consejo de Defensa del Noroeste, Plataforma El Arabí de Yecla, Plataforma en Defensa de las Fuentes del Segura y el Mundo, a más de otras que, con seguridad, nos respaldaban) con cada vez menos ganas de broma, y el fiscal, que es un tipo cabal, nos entendió en lo esencial, y prometió resolver rápidamente un asunto puntual de su Fiscalía que nos tiene negros.

Salimos de su despacho con tres conclusiones de urgencia: primera, que el Fiscal jefe es sensible y entiende la magnitud del problema del agro y el agua; después, y sin que contradiga lo anterior, que el fiscal de hecho ha de ser el pueblo organizado, sujeto de todas las legitimidades e inflexible ante el abuso; y last but not least, que hay que proceder, cuanto antes, a una Causa General Contra el Agroporcino Intensivo.

Díaz Manzanera no podía estar de acuerdo en todo, desde luego, ya que no es cosa suya aplicar la ley, sino pedir que así se haga, pero nos entendió perfectamente. En efecto, la Justicia es demasiado importante como para dejarla en manos de jueces y fiscales, ladeando a la sociedad en lucha contra la injusticia (de la misma manera que el agua, ¡ay! no es para dejarla al albur de ingenieros o geólogos; o la economía entregada a los economistas, la política a los políticos, etcétera: es de cajón); le reivindicamos el papel y el derecho ciudadanos, y le sugerimos que pida ayuda o se deje ayudar. Con la sentencia que haya de producirse sobre la destrucción minuciosa y consensuada del Mar Menor sabremos a qué atenernos sobre Justicia, Medio Ambiente y Futuro, y más todavía con sus fundamentos y sus considerandos; porque ahora son los acuíferos del Noroeste los que quieren explotar y envenenar los mismos, como quien dice, del crimen del Mar Menor. Así que no, la región no está para grandes aspavientos, frivolidades o hipocresías a coro.

(Tañían la lira, en suma, los 45 próceres del país, encantados de sonreírse, con sus ropajes de gala y la daga escondida en el cinto, lista para desenfundarla mañana mismo, en una contienda electoral en la que se ahorrarán las sonrisas y que hará con ellos un desnudo integral, ya sin chorradas. Cantaban himnos al sol, ya digo, y el fuego descontrolado se extendía bajo sus pies y ante sus ojos, velados éstos, en tal ocasión, por un excepcional ataque colectivo de campechana fraternidad prehomicida).

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