07 de abril de 2019
07.04.2019
La Opinión de Murcia
Un mundo feliz

Las tribulaciones de Theresa

06.04.2019 | 20:06
Las tribulaciones de Theresa

El diario Liberation lo calificaba de «increíble y ridículo espectáculo de enfrentamiento e indecisión». Se refería a las sesiones parlamentarias en las que los miembros de la Cámara de los Comunes británica se dedican a lanzarse mutuamente pullas y a votar una y otra vez, casi siempre no. No a una salida sin acuerdo, no al acuerdo alcanzado por Theresa May, no un segundo referéndum, no a una unión aduanera. El catálogo de noes es interminable. Para cualquier propuesta, sea la que sea, siempre hay una coalición, variable y con miembros de distintos, que se ponen de acuerdo exclusivamente para el rechazo. La Unión Europea está hasta el moño de tanto no y ha dicho: ya sabemos lo que no quieren ustedes, cuando sepan lo que quieren, por favor, nos lo hacen saber.

Desde luego, si alguien pretendía dar una lección magistral sobre los inconvenientes de decidir de forma simplista una cuestión tan compleja como la salida de una Confederación, supongo que ha tenido un éxito sin precedentes. No creo que ningún gobernante europeo sea tan insensato a partir de ahora como para plantear una decisión tan importante mediante un referendum sabiendo que se encontrará con una opinión dividida por la mitad. Por eso, en cualquier Constitución que se precie, la exigencia de dos tercios para un cambio sustancial del statu quo es algo obligado. Si no existe una mayoría realmente abrumadora, el caos y el enfrentamiento está asegurado.

Al grave error de David Cameron (el político más tonto del último siglo sin matiz alguno) convocando un referéndum, se han sumado los patéticos esfuerzos de su sucesora Theresa May por lograr una mayoría de consenso sobre el acuerdo de salida y la futura relación con la Unión Europea. Ambos políticos buscaban un objetivo inalcanzable: restablecer la unidad de un Partido Conservador que llevaba décadas desgarrado por la obsesión de los radicales euroescépticos por marcharse de Europa. Tanto David Cameron como Theresa May hicieron lo que hicieron con la intención de apaciguar y mantener dentro de las filas tories a una pandilla de energúmenos pagados de sí mismos, representantes egregios del supremacismo de la clase alta británica, típicos hijos de papá educados en los mejores colegios de pago y egresados de las prestigiosas universidades de Oxford y Cambridge.

En lugar de intentar unir a un país dividido por la mitad, de acuerdo al resultado del referéndum, Theresa May asumió desde el principio que los antieuropeos habían ganado y trazó una serie de líneas rojas para la negociación que eran completamente inaceptables para el resto de países europeos, la parte contraria de una negociación que se presentaba a cara de perro. Hay que entender hasta qué punto los partidarios del Brexit mintieron y manipularon a la opinión pública, haciéndoles creer que la salida de Europa conllevaría un montón de beneficios y ventajas sin apenas inconvenientes. El argumento era que la Unión Europea saldría tan perjudicada al perder el mercado británico de compradores de coches y productos agrícolas, que aceptaría sin duda tratar al Reino Unido como un socio privilegiado. Era la teoría de Boris Jonhson, personaje ridículo que encarna a la perfección el presuntuoso histrionismo de los chicos de Eaton: para los expertos negociadores británicos sería muy fácil comerse el pastel y seguir teniéndolo ( have the cake and eat it), algo así como «estar en misa y repicando». La frase original en ambos idiomas es que no pueden coexistir ambas cosas a la vez. La versión de Johnson es que (contra toda racionalidad) sí se puede.

Pero la realidad es terca y Theresa May no ha podido imponer al Parlamento su versión de Brexit, necesariamente edulcorada por las exigencias de la negociación y por un asunto clave del que, curiosamente, nadie dijo ni una sola palabra durante la campaña del referendum: la temible posibilidad del restablecimiento de una frontera física entre las dos Irlandas en el caso de que Reino Unido saliera de la Unión aduanera. Para salvar ese escollo (no olvidemos los más de tres mil muertos en los troubles) el acuerdo alcanzado establece una salvaguarda por la que todo el Reino Unido permanecería dentro de la Unión Aduanera hasta que se encontrara otra alternativa acordada por ambas partes.

Theresa May contaba con conseguir en el último minuto el apoyo a su acuerdo por parte de los antieuropeos, para cuya satisfacción y deleite se convocó el referendum. Estaba convencida de que estos personajes preferirían un mal acuerdo que la permanencia en la Unión, la única alternativa viable una vez descartada la salida sin acuerdo. No iba desencaminada, pero no contaba con que una cincuentena deparlamentarios mantendrían su oposición al acuerdo, prefiriendo una salida salvaje.

Así que ahora nos encontramos en vías de encontrar la única solución posible desde el principio, reclamada una y otra vez por las voces más sensatas del Reino Unido, y sugerida de forma más o menos velada por las autoridades europeas: Theresa May debería olvidarse de los radicales antieuropeos y apoyarse en el Partido Laborista para conseguir un acuerdo alrededor de un Brexit aceptable para una mayoría sustancial de británicos, que incluye a ese 48% que votó por permanecer. Y probablemente será eso lo que saldrá, con la posibilidad de que el resultado final sea sometido a un segundo referéndum en el que la alternativa sería permanecer en la Unión.

De estos tres años de negociaciones se pueden sacar enormes lecciones de política aplicada. Lo que para muchos ha sido (lo es por el momento) un espectáculo lamentable en gran medida supone un maravillosa lección de democracia en acción. El Parlamento británico, bajo la batuta del inefable John Bercow, nos ha demostrado una vez más que la democracia es discusión feroz, pero también un enorme respeto por el adversario. Ojalá nuestros 'rufianes' hubieran tenido la oportunidad de entender lo que allí se debatía y aprender de la admirable educación con la que se hacía.

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