06 de abril de 2019
06.04.2019
La Opinión de Murcia
Cartagena D. F.

Sol

06.04.2019 | 04:00
Sol
Sol

No conozco a Sol, mejor dicho, no la conocí. Lo único que sé de ella es que era una joven estudiante de segundo de Enfermería que ha fallecido de forma repentina. Antes, pudo hacer prácticas y colaboró como voluntaria en la unidad 55 del Hospital Santa Lucía de Cartagena, Oncohematología. Allí, Sol conoció a un paciente que gruñía constantemente. La amabilidad no era el fuerte de este señor mayor, al que no apetecía precisamente acercarse, porque lo normal era llevarse un estufido. Llegó el día de su cumpleaños. Lo fácil hubiera sido ignorarlo o decirle un simple felicidades y ya está. Pero ese no es el espíritu que se vive en la unidad 55 del Santa Lucía, gracias a personas como Sol.

La joven y otra compañera de la planta compraron una felicitación, donde escribieron unas letras y se la entregaron junto con una tarta a ese paciente gruñón. Al recibir su regalo, el hombre explotó. Todo su miedo, su cabreo con la vida por la que estaba peleando, toda esa tensión acumulada salió hacia fuera. Comenzó a llorar desconsoladamente, como un niño. Cuando pudo controlar su emoción y paró, levantó su mirada hacia las dos jóvenes y les entregó una sonrisa, tan amplia como el agradecimiento que quería transmitir. Sol estuvo eufórica todo ese día. Le contaba a todo el mundo este encuentro con el paciente gruñón y rebosaba alegría y satisfacción.

Esta breve historia no es mía, la he escuchado esta semana en las IV Jornadas de Voluntariado, Humanización y Salud, que se han celebrado en el centro hospitalario cartagenero. La contó María Requena, una joven pero experta enfermera que tras cuidar y atender a los pacientes de la planta 55 durante años, le tocó ponerse al otro lado. Se enteró de que tenía cáncer mientras trabajaba con sus pacientes y se acuerda perfectamente del encuentro con la última enferma a la que visitó antes de que le confirmaran el diagnóstico. Era una amiga que estaba ingresada y al ver a María entrar por la puerta le dijo con énfasis: «¡Tengo que enseñarte la peluca tan chula que me he comprado!». Apenas unos minutos después, esa frase y otras muchas que María escuchaba y escucha a diario, tenían un sentido completamente distinto. De repente, entendía mejor cómo se sentían sus pacientes. De repente, estaba en su piel.

Debería ser innecesario hablar de Humanización, especialmente, en el ámbito de la Medicina. Desgraciadamente, no lo es y jornadas como la citada anteriormente son tan útiles y positivas como necesarias.

Parece de perogrullo, pero es vital que nos repitan una y otra vez que debemos tratar a las personas como tales, en un hospital, en una oficina, en un supermercado o en nuestra propia casa. Respeto y comprensión no son solo palabras bonitas, sino que hay que ponerlas en práctica, porque como dijo en ese mismo encuentro el presidente de Cruz Roja, Faustino Herrero, el voluntario no cree en el amor, cree en las pruebas de amor. Dicho de otro modo, el amor no sólo se dice, también se ejercita, se demuestra.

Afortunadamente, contamos con ejemplos como los de Sol y María, que nos animan a ser más generosos, más solidarios. Podemos emocionarnos con sus historias, salir a la calle y seguir con nuestra vida como si nada, preocupándonos porque nos hemos quedado sin cobertura en el móvil, porque vamos sobrecargados de trabajo, porque nos hemos levantado con el pie izquierdo o por cualquier otra tontería que justifique nuestro inútil y nada productivo mal humor. Podemos indignarnos con tanta disputa política absurda e ineficaz, regodearnos en la crítica contra los que defienden proyectos que nos separan, como el proces catalán o el Brexit.

O podemos imitar a Sol y escuchar a María para ser conscientes de que como ella misma dijo, la mayoría de las veces, lo que necesita una persona, lo que necesitamos todos, estemos enfermos o no, son la mirada y el tacto de los demás.

Porque para ser voluntario no hace falta apuntarse en ningún sitio, no hay que irse lejos al otro lado del mundo, no hay que embarcarse en un gran proyecto superambicioso y superimportante, sin menospreciar la ingente, desinteresada y necesaria labor de tantas y tantas organizaciones grandes y pequeñas.

Para ser voluntario, para aportar nuestro grano, nuestro saco o nuestra montaña de arena, para entregarse a los demás ni siquiera hay que salir de casa. Basta con despegar la vista de tanta pantalla que nos acecha, ignorar la avalancha de imágenes y desinformación con la que nos bombardean y mirar a quien está a nuestro lado, preocuparnos de lo que necesita y acompañarle tanto en los días torcidos y grises, como agarrarse a ella para pasear en los días alegres, mirando al cielo, mirando a Sol. Y regalarle una amplia sonrisa.

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