04 de abril de 2019
04.04.2019
Así lo llevo

No pises las flores

04.04.2019 | 04:00
No pises las flores

He perdido la cuenta de las veces que me mintió porque soy más de letras y además, nada rencorosa y porque imagino que, a pesar de los pesares, su compañía me hizo bien. No tanto las mentiras o el dolor, la decepción al descubrir dichas mentiras, el daño autoinfligido al disculparlo o hacer la vista gorda ante sus escarceos, sino el aprendizaje y la alegría, la evasión, el cambio de aires, conocer nuevos lugares y personas, vivir nuevas experiencias, sobre todo en un momento tan delicado para mí, tras una reciente ruptura sentimental, de uno de esos amores que duelen y que no deberían llamarse 'amores', una de esas relaciones que nace muerta y que perpetúas por mil razones que no incluyen el amor, desde luego no el amor propio y que acaba por matarte en vida y tú, querido amigo, me ayudaste a sentirme un poco viva al fin y al cabo.

Cuando te cansaste de mí, de tu último juguete, cuando de todos los juguetes que contenía tu cajita de princesas y con los que jugabas a escondidas a la vez, escogiste a otra y me lo hiciste saber, pretendías que continuásemos siendo amigos, necesitabas tener tu conciencia tranquila, que yo te dijese que todo estaba bien, pero no pudo ser. Tuve la suficiente lucidez para comprender y hacerte ver que necesitaba distancia y contacto cero para superar el abandono, el dolor, la traición, la mentira y el hecho de sentirme utilizada. Así lo hicimos, cero contacto y, pasados unos meses, nos reencontramos y entendí que había ganado mucho no teniéndote como pareja y que prefería que fuésemos amigos, que sentía por ti amistad, aprecio, cariño y una cierta responsabilidad: si no te aceptaba y te quería yo de verdad, ¿quién lo iba a hacer? Todas las princesas con las que jugabas terminaban enfadadas contigo y yo... yo no te podía fallar.

Después de tanto tiempo y a toro pasado, después de tantas cosas, tantas mentiras y no sé si alguna verdad, siento la confianza de decirte lo que pienso claramente: «Cuidado, que eso que pisas son corazones» «Estás arrancando flores y luego te quejas de cómo está el campo» «¿No crees que va siendo hora de madurar?» «¿No entiendes que te vas a quedar solo?» «¿No comprendes que las personas no son juguetes?» «¿No ves que las mujeres no son objetos de usar y tirar?». Él responde que no va a madurar nunca. Le hablo de la importancia de no quedarse en el escaparate, de no dejarse deslumbrar por el envoltorio, de pasar dentro, de obviar el papel, pero a él nada de eso le interesa y por eso, ofrece lo mismo que busca: la mera fachada, el paripé, palabras superfluas, vacías, promesas que nacen sin vocación de cumplirse, que son solo un medio para lograr su fin, un fin que no le sacia porque el vacío no se puede llenar con cosas igualmente vacías.

Lo he visto hacer mil veces lo mismo que hizo conmigo: encuentra un objetivo, una princesa en apuros, insegura, desvalida, rota, sin autoestima e inicia la conquista. Contínuas llamadas, regalitos, detalles, invitaciones, proyectos, promesas de viajes, de vida en común, frases cursis, mensajes en redes con varias destinatarias, lo que suele llamarse en esos medios un 'enviar a todas'... Porque lo de una princesa es un decir, normalmente tiene varios frentes abiertos. Simultanea historias. Miente más que habla y mira que habla, pero quizá la mayor de las mentiras es la que se cuenta a sí mismo. ¿En verdad rescatas princesas? ¿No crees que aprovechas su lamentable situación para pillarlas con la guardia baja? ¿No crees que lo que tratas de reforzar no es su maltrecha autoestima sino la tuya? ¿No te das cuenta de que las dejas peor que estaban?

Ojalá algún día te quieras y quieras de verdad, amigo mío. Ojalá algún día tu autoestima no dependa del número de conquistas o de sentir que gustas o de comprobar que eres capaz de enamorar o de que aún eres joven. Ojalá algún día des prioridad a las personas y no a los personajes, a tu persona y no a tu personaje. Ojalá dejes de idealizar y cosificar a las mujeres y empieces a respetarlas, a respetarte. Ojalá no te deslumbre la fachada. Ojalá mires el interior, el tuyo y el ajeno. Ojalá algún día entiendas lo que merece la pena, lo que queda cuando se apagan las luces y que son las luces del espectáculo las que hay que apagar, no las de las personas.

Y recuerda, mi querido amigo, que a pesar de nuestras diferencias, a pesar de pertenecer a planetas distintos, a pesar del daño sufrido o del que puedan causarte ahora mis palabras, te quiero.

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