31 de marzo de 2019
31.03.2019
La Opinión de Murcia
Cultura ciudadana

Habitar desde lo espontáneo

30.03.2019 | 20:14
Habitar desde lo espontáneo

La idea de María Zambrano de que el individuo es un ser a medias y que se va haciendo persona con la vivencia es aplicable a los barrios, a nuestras ciudades y a cuanto nos rodea. Una de las paradojas de la condición humana moderna es cierta lucha continua entre aquello que el individuo busca ser, aquello que la sociedad le pide que sea y aquello otro que puede ser bajo circunstancias determinadas. Ortega y Gasset resaltaba esas circunstancias para definir a la persona como aquel ser humano que está limitado por las circunstancias que le rodean. Y con ello, el filósofo nos lleva a pensar que, para poder resolvernos a nosotros mismos, hemos de resolver, a su vez, cuanto nos vive alrededor, sobre todo, por cuanto nos afecta.

Podríamos pensar, por ejemplo, como una de nuestras principales circunstancias el barrio que habitamos, los comercios donde compramos, los parques que frecuentamos o, en general, la ciudad donde vivimos. Pues aunque no resulte algo tan implícito como a qué clase social pertenece nuestra familia, el sexo que tenemos o la educación que hemos recibido, siempre ha sido otra de las circunstancias más importantes. ¿Dónde habitamos y cómo nos afecta? Volvemos de nuevo a la atención de cuanto nos rodea. La ciudadanía está en construcción desde el pensamiento colectivo, y siempre lo ha estado, pero ahora se hace más consciente y, por ello, más necesario. Nos toca pasear y pensar nuestros barrios, entender cómo podrían, desde la conservación de lo tradicional, ser mejores, más diversos e inclusivos mediante la innovación social. Para llegar a las mejores respuestas, tenemos que hacernos muchas preguntas, incluso las erróneas. Y para ello, necesitamos espacios, lugares que nos permitan brotar la espontaneidad de quienes somos conjuntamente, porque habitar es la huella de la vida, de aquello que somos, y porque allí donde estamos siempre somos aquello que falta.

Habitar un territorio es convivirlo, crear relaciones de convivencia que se construyan cada día. Y convivir es la acción de las personas que participan en la creación de la vida social, «trasladarse de la productividad a la convivencialidad, sustituir un valor técnico por un valor ético, un valor material por un valor logrado», decía el pensador clave del progreso en la cultura moderna, Ivan Illich. La convivencialidad es «la libertad individual, realizada dentro del proceso de producción, en el seno de una sociedad equipada con herramientas eficaces», es lo espontáneo y lo libre puesto en común para mejorar algo. Tal vez, deberíamos estar aprendiendo de ello en los centros de enseñanza y cultura, abandonando la idea de esperar el paraíso para comenzar a construirlo y habitarlo.

Se trata, una vez más y como siempre, de hacerlo entre todos, de soltar lo espontáneo, que es lo creativo de cada uno, y de llevarlo a jugar para inventar soluciones que den respuesta esa llamada tan urgente que la ONU nos ha hecho para ser sostenibles, una llamada que no parece que estemos interiorizando del todo. En lo espontáneo habita lo emocional que necesitamos sacar, el alma. Y solo estando juntos, compartiendo tiempos y espacios para la resolución de nuestros problemas, estaremos haciendo lo correcto: habitándonos en convivencia; porque de eso se trataba, ¿no? Todo lo demás no era tan importante sino resultado de lo anterior.

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