24 de marzo de 2019
24.03.2019
La Opinión de Murcia
Los dioses deben estar locos

Republicanos de altos vuelos

La condición moral del aviador de combate era muy peculiar por su desmedida y totalizadora pasión hacia lo absoluto y podría recibir en su seno personalidades tan dispares y aparentemente tan incomparables entre sí como von Manfred von Richthofen, Hermann Göering, Ramón Franco, o más adelante Charles Limbergh

23.03.2019 | 18:56
Republicanos de altos vuelos

En sus memorias de 1931, Manuel Azaña refiere las preocupaciones que como ministro de la Guerra le causaba la necesaria reforma militar. El personalismo de algunos generales y la reorganización de los cuadros después de la dictadura del general Primo de Rivera le suponían muchas horas de trabajo. Probablemente entre sus impresiones más marcadas para esta época estaban las numerosas inquietudes que le deparaba el arma aérea, el temperamento indómito de unos oficiales más jóvenes que el resto de la plantilla militar, con mejor formación técnica, notables ganas de aventura y un espíritu tan indómito como poco castrense. Estas personas que actuaban siempre de manera inesperada eran quienes más desconcertaban a los funcionarios del ministerio. El arma de aviación cuenta, efectivamente, con imprevisibles aventureros, o amantes del riesgo temperamentales y pasionales hombres de acción que provocan incluso la desaprobación de sus subordinados. Así Azaña describe las entrevistas mantenidas con el jefe de la aviación española en Marruecos, Romero Basart, con evidente preocupación al considerar que incluso podría estar frente en un personaje enloquecido que todo lo solucionaría con bombardeos. Los hechos posteriores acabaron confirmando, al parecer, esta impresión.

El arma de aviación, relativamente nueva, había hecho su entrada fulgurante en la historia aún no de manera masiva, pero remedaba ya la figura de los jinetes del apocalipsis. La condición moral del aviador de combate era muy peculiar por su desmedida y totalizadora pasión hacia lo absoluto y podría recibir en su seno personalidades tan dispares y aparentemente tan incomparables entre sí como von Manfred von Richthofen, Hermann Göering, Ramón Franco, o más adelante Charles Limbergh. Amantes del riesgo, devotos de la velocidad, la técnica y la aventura, deseosos de vivir en la vida real épicas escenas como salidas de Ángeles del infierno, la célebre película de Howard Hughes.

Aún hubo de pasar un breve lapso de tiempo después de la Gran Guerra, sin embargo, para que la fuerza aérea se convirtiera en ineludible recurso para las conflagraciones modernas exhibiendo una aplastante capacidad de dispensar terror y muerte desde el cielo. En ese breve paréntesis , y hasta su uso masivo contra objetivos civiles en las contiendas posteriores, ante la ausencia de grandes escenarios bélicos, la aviación podía mostrar todavía un aspecto entre caballeresco, pintoresco, lúdico y deportivo.

Y así, echando la vista atrás, redactando sus Memorias desde su exilio mexicano, Indalecio Prieto piensa entre divertido y nostálgico en la moderna aviación capaz de vuelos internacionales confortables sin escalas para dejar testimonio de un simpático suceso, que experimentó personalmente antes de la Guerra Civil, nada menos que un vuelo Bilbao-Madrid el verano del año 1921 a bordo de un Caudron que al ilustre político y futuro ministro de la República se le antojaba más una máquina de coser que un aparato para volar. A los mandos iba un excombatiente llamado Poiré (tiempo después muerto en una competición deportiva) y a quien Prieto atribuía un rostro de rasgos afilados como de águila que le venían que ni pintados para sus aventuras aéreas. Dicho vuelo, medio improvisado, nacido de las ganas del político para usar su influencia y anular la prohibición de vuelos de recreo que estorbaba una de las atracciones del restaurante regentado por un amigo suyo, realizó sin saberlo una extraña hazaña digna de haber entrado en los anales de la aviación si hubiera sido correctamente registrada.

El vuelo, sin la menor organización, sin cartografía y tomando a ojo las referencias geográficas y topográficas más elementales (así nada menos, por ejemplo, que la torre del aeródromo de Cuatro Vientos cuya localización era crucial para lograr el aterrizaje) se realizó en un tiempo inverosímilmente breve para el modelo de avión, motivó el asombro y la hilaridad del personal de tierra una vez que aterrizó el Caudron y descendieron de él tanto el irresponsable que pilotaba como el temerario pasajero. El regreso a Bilbao no pudo ser más cómico y menos heroico, por tierra, después de haber aterrizado de emergencia sobre un trigal a los pocos minutos de iniciar el despegue y haber dejado el aparato bajo la custodia de unos asombrados, y cabe suponer que pedestres, números de la Guardia Civil.

Tan desternillante proeza y tan inesperado final podrían haber ilustrado alguno de los momentos más descacharrantes de la película de Ken Annakin Aquellos chalados en sus locos cacharros que recrea una hazaña deportiva, la hilarante competición entre unos alocados aviadores para cubrir el trayecto entre Londres y París. Casi percibimos la sonrisa del viejo patricio republicano cuando escribe aquel sabroso recuerdo que pudo haberle costado tan caro. Pero el tiempo en que el rugido de un avión era motivo de alegría y diversión, anticipo de goce inesperado y admiración por la milagrosa presencia de Ícaro resucitado, iba a tornarse pronto en alarmas antiaéreas y antesala de horrores, en puro terror ante la muerte que viene de lo alto.

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