19 de marzo de 2019
19.03.2019
Amor a presión

La ciudad y los cuidados

Si la alta contaminación del aire (que se está haciendo endémica en el municipio de Murcia) provoca, según la SEICAP, una ola de asma infantil y nos preguntamos cómo es posible haber llegado a esto en una ciudad así, rasquemos un poco en busca de las causas...

18.03.2019 | 21:00
La ciudad y los cuidados

En paralelo a las precampañas electorales, mientras los partidos se preparan para un masivo reparto de poder, la sociedad española vive días de replantearse cosas, y de movilizarse para cambiarlas, de formas que van mucho más allá de un simple horizonte electoral. Estoy hablando cómo no del feminismo, que volvió a tomar las calles en números apabullantes el pasado 8M, pero también de la inesperadamente concurrida jornada de huelga estudiantil por el clima el 15M. Nos recordaba el otro día, invitado al ciclo Cartagena Piensa, el sociólogo César Rendueles que España sigue siendo el país más movilizado del mundo (tomen nota pesimistas y reaccionarios), y precisamente este eje civilizatorio, el que va del feminismo a la ecología, es el que puede hoy por hoy sacar al mundo de la vía muerta.

También ha pasado recientemente por el Cartagena Piensa una figura mayor del pensamiento crítico: la profesora y activista ecofeminista Yayo Herrero. Es imposible introducir una objeción en el demoledor discurso de Herrero, porque parte siempre de la base de nuestra ecodependencia (sin un medioambiente que nos sustente, no podemos vivir) y nuestra interdependencia (sin cuidados mutuos, tampoco). A continuación, el trabajo de Yayo consiste en demostrar cómo nuestra sociedad de mercado intenta convencernos continuamente de lo contrario, propagando que el capitalismo extractivo puede cubrir (previo pago) nuestras necesidades e invisibilizando y menospreciando al mismo tiempo a los grupos humanos (mayoritariamente mujeres) que se encargan del trabajo de sustento, agrícola y de cuidados. En este sentido es muy emocionante el manifiesto Por un feminismo de hermanas de tierra, de María Sánchez y Lucía López Marco, ahí dejo el dato.

Escuchar a Yayo Herrero cambia el marco y la mirada. Imposible tras hacerlo mirar nuestro entorno con los mismos ojos. Paseo por mi ciudad, Murcia, un lugar que contaba hasta hace poco con todas las bazas para disfrutar de una calidad de vida envidiable (una pequeña capital mediterránea, imbricada en un medio natural (la Huerta) ancestral, sin apenas industrias contaminantes y rodeada de monte) y percibo casi como un insulto cada una de las decisiones tomadas contra esas ecodependencia e interdependencia de que siempre habla Herrero: un urbanismo depredador que se ha tragado la Huerta y ha multiplicado el tráfico rodado mientras sustituía arbolado urbano por explanadas, un abandono de las infraestructuras de cuidados (escuelas infantiles, residencias de mayores, centros de día y servicios para personas dependientes) y una red de transporte público entre las peor valoradas del país.

Si la alta contaminación del aire (que se está haciendo endémica en el municipio) provoca, según la SEICAP, una ola de asma infantil y nos preguntamos cómo es posible haber llegado a esto en una ciudad así, rasquemos un poco en busca de las causas. Para la cosa del rascar, yo propongo un paseo desde los barracones provisionales que siguen albergando la escuela infantil de La Paz hasta el infame agujero que queda donde se ubicaba hasta 2007 (el derribo injustificado de la misma tuvo imputados, recordemos, a varios concejales aún en el cargo, y hasta a la actual consejera -no es broma- de Educación). El trayecto pasa ante el esqueleto de veinte pisos del hotel del fondo buitre de las Koplowitz, reliquia de los tiempos del pelotazo. Propongo repasar las sentencias del TSJ contra diversas actuaciones parciales al amparo del vigente PGOU. Propongo preguntarles a las 11.000 familias con personas dependientes a su cargo o a las trabajadoras de Ayuda a Domicilio, o a quienes intentan conciliar crianza y trabajo, o a los valientes huertanos que defienden explotaciones agroecológicas en la vieja huerta: ¿cómo es posible que aún no tengamos un sello de calidad que identifique esta comida y nos ayude a defender a nuestros vecinos que la producen, el suelo en el que crece y las prácticas sostenibles que nos la ponen en la mesa?

Una Murcia de las que cuidan, en sustitución de la de los que sacan barriga, no solo es imprescindible, también posible. ¿Sí o qué?

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