17 de marzo de 2019
17.03.2019
En la silla de pensar

Memoria de los lugares o lugares de la memoria

16.03.2019 | 19:22

Es de lo más natural pasear por nuestra ciudad, sea la que sea y sentir en el ambiente el paso del tiempo. Los lugares tienen memoria y nosotros deberíamos ser garantes de ese espacio como superviviente de un pasado glorioso, ignominioso o normalito, como es el pasado de casi todos nosotros.

Paseando por la ciudad de Murcia puedes llegar hasta un barrio que hace varios siglos tenía un epicentro que recibía el nombre de Plaçuela del Olmo. Aquella plazuela, que no plaza por lo recoleta y entrecallejeada, es hoy la famosa Plaza Sardoy.

En el año 2014, el Museo de la Ciudad organizó una exposición enmarcada en el proyecto Murcia Encontrada que unía pintura y arqueología, titulada Del portillo de Lomas a la plaçuela del Olmo. Siete pintores al encuentro de un barrio. En aquella ocasión, nuestro objetivo era la judería de Murcia. El barrio que el equipo del museo y los artistas estudiamos nos llevó a patear aquello que queríamos entender. En esas expediciones de campo nos encontramos pintadas, aparatos de aire acondicionado donde había placas explicativas medio borrosas, cables, marquesinas de comercios y bares, edificios de dudoso estilo arquitectónico, contenedores, coches, y mil obstáculos que impedían a cualquier persona no iniciada descubrir la memoria de ese barrio.

Cuando el Visitador de los Reyes Católicos, Juan de la Hoz, en 1481 redacta el informe que los reyes le habían pedido sobre la situación de la judería murciana, hace una descripción tan detallada que hoy nos permite delimitar su extensión. Ocupaba las actuales calles San Carlos, Selgas, Sardoy, Santa Quiteria, Mesegueres, Horno, Paco, Victorio, plaza Amores, Sémola, Santa Rosalía, Torreta, Madrid, Rosario, Portillo de Lomas, Concepción y Cigarral. La comunidad judía medieval de Murcia no fue una de las más importantes, no tuvo gran relevancia en la historia hebrea, pero es nuestro trocito de historia, de nuestra memoria y los lugares muchas veces se resisten más que las personas a olvidar su pasado. Pero como no solo de recuerdos vive el hombre, el pasado viene a nosotros en forma de documentos, bien de papel, bien de piezas arqueológicas, bien de espacios urbanos.

Los lugares de nuestros pueblos y ciudades son documentos y como tales debemos respetarlos, conservarlos y dignificarlos. Existe una figura legal dentro de la protección del patrimonio que se denomina 'delimitación de entorno'; es el papel burbuja en el que debemos envolver ese bien patrimonial para que resista los golpes. Una plaza, una calle, un edificio, un puente, una presa, un lo que sea que haya sido construido por nuestros ancestros es elemento patrimonial a proteger. Con distintos niveles de protección, sí, pero a proteger sin lugar a duda.

Servidora, que tiene fijación en esto del patrimonio, observa los elementos menores de los lugares, que son la dermis de las cosas. Lo normal es fijarse en la epidermis de los edificios; sin embargo, yo, cual cirujana, busco lo que hay debajo. Todo en la ciudad deja su huella, y la tarea de investigar porqué la sinagoga principal de la ciudad de Murcia ha llegado a convertirse en la anodina Plaza Sardoy es para mí algo apasionante. Por eso creo que las personas normales deben formar parte de nuestra memoria cultural, no solo reyes y santos. Conocemos, por ejemplo, los nombres, apellidos, procedencia y profesión de muchos de los judíos que durante la Edad Media vivieron y se integraron en la ciudad: Abenturiel, Abendaño, Abravalla, Leví, Cohen, Abonafóx? y conocemos muchos de sus sucesos vitales.

Hace ya unos años, cuando realicé lo que se llamaba tesina, presenté un trabajo sobre un libro de registro de bautismo de la parroquia de San Bartolomé-Santa María de 1570 a 1575. En aquel libro localicé el examen de conversión y posterior bautismo de dos judíos. Eran Mosse Platero, hijo de Haram y de Luna y Jacobo, hijo de Abraham y Luna. En el documento dicen querer llamarse Fulgencio el primero y Antonio el segundo. El examen de conversión era sencillo: recitar el Padrenuestro, Avemaría, Credo, Salve Regina, los Diez Mandamientos y los pecados mortales.

Estas son las cosas que dan la medida de la realidad de cada momento histórico. La crónica de las gentes que nos precedieron, y solo con pensar que un tal Abenturiel se sentó a meditar y a rezar en la Sinagoga de Plaçuela del Olmo, donde hoy campea una máquina de aire acondicionado sobre un rótulo marchito, merece que nos pongan a más de uno en la picota? medieval claro.

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