17 de marzo de 2019
17.03.2019
Los dioses deben estar locos

La leve huella de una pisada

16.03.2019 | 19:22
La leve huella de una pisada

Cuando Thomas Cole realizó su ciclo de pinturas consagradas al curso de las civilizaciones estaba lejos de asumir como indiscutible el ideal de progreso humano. Para el pintor norteamericano el destino de la humanidad no era necesariamente el del triunfo material indefinido. Por paradójico que parezca los maravillosos paisajes naturales del nuevo continente podían llegar a albergar algún día, para un sector del pensamiento americano, las cenizas de un mundo postapocalíptico reducido a escombros. Los vergeles de una tierra nueva podrían ser también la tumba de civilizaciones arruinadas como las del Viejo Mundo.

La humanidad reproduciría, entonces, un esquema de desarrollo y crecimiento que inevitablemente conduciría a la dominación, al militarismo y en último término a la caída violenta. Dicho esquema es el que Cole había representado en su ciclo histórico de pinturas. Ahora, con Desolación, la carrera del imperio, el sueño de la dominación, no sólo ha llegado a su final, sino que apenas deja rastro material de él. La naturaleza vuelve a reconquistar el espacio que le había sido arrebatado y los objetos materiales construidos por el hombre parecen ahora simples recuerdos fósiles visibles en una parte del paisaje, una evocación de lo transitorio y fugaz de la creación humana, por muy duradera que hubiera podido parecer.

Efectivamente, muchos años después de haber sido destruida y saqueada la despótica capital del imperio forjado en la mente de Cole, la civilización ha desaparecido de la faz de la tierra bajo el empuje de la naturaleza, verdadera señora de todo. Apenas se reconocen los restos de la que antaño fue una gran ciudad. Los matorrales, y la vegetación cubren los escasos elementos arquitectónicos sobrevivientes, y como es propio en lugar semejante, no hay presencia humana, ni pobladores residuales, ni nómadas que acampen aprovechando la pared de alguna construcción semienterrada. Tan solo las bestias habitan el lugar. Nidos de pájaros coronan las columnas y el plumaje negro del ave que se aproxima al río no es sino imagen de la noche y la muerte. Se trata del mismo río que ha sido testigo mudo del origen, auge, decadencia y final de esta innominada civilización, todo sugiere que no hallaremos cosa en que poner la vista que no sea sino muerte, al contemplar, como en los versos de Quevedo, muros antaño fuertes, pero vencidos y «de la carrera de la edad cansados».

A orillas del río pueden verse los restos derruidos de un templo y en las inmediaciones un corzo libre al que nadie molesta. Un melancólico atardecer prende la pintura, la luna sale y su reflejo se observa sobre las aguas, detrás del espectador reconocemos una fuente de luz tenue y mortecina, que solo puede ser el sol hundiéndose en su ocaso a nuestras espaldas. La aparentemente irresistible línea de ascenso y progresión ha terminado siendo el diámetro de una circunferencia cuyo punto inicial y final coinciden para que la carrera del imperio y la civilización termine aparentemente en el lugar donde comenzó. Las ruinas de la ciudad abandonada podrían ser las mismas que los palacios vacíos y desiertos habitados solo por una enloquecida tribu de monos en las que Kipling sitúa a su héroe Mowgli en El Libro de la Selva. La muerte de la civilización no es un sueño caduco del siglo XIX, sino inquietantemente vigente en el siglo XXI, como muestra, entre muchos ejemplos posibles, la serie documental El mundo sin humanos de David de Vries.

No hay recompensas aguardando detrás de la meta del progreso, solo una interrogación al final del camino mientras el reloj de arena de la historia vuelve a adoptar la posición inicial para que la humanidad repita idéntica sucesión de sueños, esperanzas, miedos, triunfos y fracasos hasta que finalmente sea consumida en su propia llama.

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