16 de marzo de 2019
16.03.2019
Al cabo de la calle

Todo el mundo es bueno

Siempre pensé que toda la gente era buena por naturaleza, pero ahora solo creo en la escala de grises que hay entre el blanco y el negro

15.03.2019 | 19:50
Todo el mundo es bueno

Creía que todos los políticos eran como aquellos que miraban por el bien común. Como quienes con altura de miras son capaces de dialogar, de negociar, de alcanzar acuerdos. Llegó un día en el que descubrí que muchos eran capaces de defender una posición y la contraria.

Siempre pensé que toda la gente era buena por naturaleza. Que todos los maestros eran como mi madre, que no tenía horas para sus alumnos y que siempre se preocupó por ofrecer lo mejor de sí misma en la docencia, especialmente con quienes más dificultades encontraban en su aprendizaje. Más tarde descubrí que había buenos y malos maestros, buenos y malos profesores, buenos y malos enseñantes. Que nadie nacía con la lección aprendida y que muchas veces la educación se convierte en un negocio para adiestrar al rico a ser más rico y al pobre a someterse resignadamente a su pobreza.

Siempre pensé que toda la gente era buena por naturaleza. Que todos los sindicalistas eran como mi padre, que se la jugó en los tiempos difíciles en los que un grupo de osados obreros se infiltraban en el sindicato vertical y se arriesgaban para mejorar las condiciones de trabajo de quienes se ganaban el sustento en una fábrica, en una mina, en el campo o en una oficina.

Tiempo después descubrí que había buenos y malos sindicalistas. Que algunos se vendieron a quienes les pagaban un jornal y que cayeron en las garras de la ambición y de la supervivencia. Que algunos olvidaron de dónde venían y hacia dónde tenían que ir. Siempre pensé que toda la gente era buena por naturaleza. Que todos los curas eran como los que entraban en mi casa. Comprometidos con el mundo obrero, con los más pobres y desvalidos. Con los que sufrían las consecuencias de un mundo injusto y que aportaban misericordia, comprensión y esperanza a raudales. Más tarde descubrí que había buenos y malos curas, buenos y malos sacerdotes, buenos y malos religiosos y religiosas. Que nadie podía apropiarse de la palabra, que nadie podía ejercer la autoridad sin más, especialmente con los más débiles. Que nadie tiene el derecho de mirar hacia otro lado, ni el de arrebujarse en una institución que pretende dar lecciones de moral cuando ha cobijado a verdaderos monstruos y ha manipulado, en muchas ocasiones, las conciencias. para mantener su estatus y el de quienes ostentan el poder.

Sí, siempre pensé que toda la gente era buena por naturaleza. Que todos los políticos eran como aquellos que miraban por el bien común. Como quienes con altura de miras son capaces de dialogar, de negociar, de alcanzar acuerdos. De ceder para conseguir un bien superior, pese a que aparentemente perdieran parte de su dominio y prestigio. Llegó un día en el que descubrí que muchos políticos eran capaces de defender una posición y la contraria. Que la palabra dada no servía para nada, puesto que el fin último era alcanzar (o mantener) el poder por encima de todo y de todos. Que al final eran oscuros intereses los que les movían a adoptar un camino u otro y que, desgraciadamente, cada vez se parecían más los unos a los otros, independientemente del lado en el que se situaran. Que la transparencia, la democracia y la participación no eran más que palabras huecas en mitad de un discurso vacío, enajenado por la realidad.

Ahora no creo en buenos y malos, en absolutos. Tan solo en la escala de grises que hay entre el blanco y el negro. En los tonos, en los matices, en los relieves del corazón. Sin estridencias y sin deseos incondicionales. Tan solo confío en una bondad plagada de contradicciones, que es la mejor aliada para andar por el mundo. Una bondad que raya en la mirada ingenua del animal más dócil de la naturaleza. Y sufro menos.

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