16 de marzo de 2019
16.03.2019
Cartagena D. F.

Dos caras distintas

16.03.2019 | 04:00
Dos caras distintas

Los fans de Los Secretos, entre los que me incluyo, nos llevaremos este 2019 la alegría de que contaremos con un nuevo disco de este grupo eterno, en el que la añoranza y la tristeza por lo perdido, por las oportunidades perdidas copan buena parte de las letras de sus canciones. No pude presenciar en El Batel el emotivo, entretenido y patriótico pregón de Tomás Martínez Pagán, pero como no quería perdérmelo, he recurrido a nuestra brillante y premiada web municipal para visionarlo con atención e interés. Y a su finalización, he tenido una sensación parecida a la que experimento tras escuchar una buena canción de la banda de los Urquijo, esa mezcla de gozo por lo brillante de la interpretación y de desánimo por el contenido del mensaje, repleto de añoranza, de recuerdos, de ese mantra que nos acompaña habitualmente de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Tomás desglosó con gran soltura y sentimiento el pasado reciente de una ciudad que conserva en su memoria y lo hizo con el acierto de incluir pinceladas interpretativas, que contribuyeron a hacer más amena una cita cofrade que para muchos solía ser un tostón. El pregonero recorrió de la mano de sus padres la Cartagena de su niñez, la de sus primeros desfiles de Semana Santa, la que las generaciones que le hemos seguido apenas hemos conocido y aún menos hemos vivido. Y, como el propio Martínez Pagán reitera incansablemente, «la ciudad que olvida su pasado no tiene futuro».

El pregonero lamentó que ese escenario de la Semana Santa de su infancia, bullicioso y repleto de decenas de comercios tradicionales que ya nunca volverán, presenta hoy el aspecto de una ciudad medio derruida y medio construida. Es una Cartagena de dos caras distintas que, como cantan Los Secretos, «no sé cuál debo mirar, no sabe cuál emplear y cuál debe ocultar».

Afortunadamente, hace ya bastantes años que nos hemos percatado de la gran riqueza de nuestras ruinas y hemos decidido rescatarlas de nuestro olvido. Quizá lo estemos haciendo a un ritmo más lento del que podríamos, pero las crecientes estadísticas turísticas confirman lo acertado de mirar a nuestra historia, a nuestras raíces, a lo que nos convierte en esa trimilenaria de la que tanto nos gusta presumir.

Lo que sería un error absoluto es caer en la autocomplacencia y no ver los fallos garrafales en los que seguimos cayendo, la desidia y el abandono que siguen lastrando un mayor avance, algo de lo que también tenemos auténticos símbolos. Estoy pensando en la escalera mecánica que conecta la calle San Fernando con el Molinete que, en breve, cumplirá su primer decenio. Lo peor no es que apenas haya funcionado, ni siquiera esa sensación que produce al verla de que se ha renunciado a repararla y, a la larga, se convertirá en un vestigio más de nuestra vergüenza. Lo indignante es que nadie se hace responsable de su inutilidad, del derroche que supuso su construcción a la vista de los resultados. Ya ni siquiera los medios de comunicación se preocupan ni ocupan de ella.

Y, ante ejemplos como éste, resulta irrisorio que desde la Autoridad Portuaria nos planteemos cómo mejorar para atraer a más cruceros de lujo, de la clase premium. Como si fuera un secreto que la exquisitez, el extremo cuidado de los detalles y los servicios exclusivos son vitales para captar la atención de este tipo de pasajeros. Y, claro, los expertos en la cuestión que se han reunido esta semana en el CIM no han tenido más remedio que darnos el baño de realidad al que a veces nos resistimos. Sus conclusiones describen una Cartagena bonita y coqueta, con un presente emergente y un futuro muy prometedor, como un destino desconocido para los turistas que llegan, pero satisfactorio y sorprendente cuando se van. Sin embargo, sentencian que carecemos de servicios exclusivos, lo que traducido a un castellano más contundente y menos eufemístico, significa que somos una ciudad del montón, con muchas posibilidades, pero que nunca llegará a ser grande si falla en los pequeños detalles.

Siendo Tomás Martínez Pagán el pregonero, la tristeza por un pasado dejado atrás solo podía ser una parte más de un discurso enérgico y esperanzador, que siempre ofrece una salida, en el que impera el optimismo. Y tocaba mirar a nuestros herederos, a los niños y los jóvenes, en los que ponemos nuestras esperanzas, aunque cometemos el error de confiarles a ellos la solución de nuestros fallos, cuando deberíamos corregirlos nosotros. Si queremos que los que nos releven en las riendas de nuestra Cartagena mantengan un rumbo acertado y no se desvíen, somos nosotros quienes debemos dejarles marcado el camino correcto. Si les ofrecemos dos caras distintas, si les ofrecemos un discurso que no nos aplicamos nosotros mismos, flaco favor les haremos y, difícilmente, seguirán nuestros pasos. Porque la principal arma para enseñar no es la palabra, sino el ejemplo, que deben ir de la mano si queremos una educación efectiva. Aunque para eso, es fundamental levantar un aspecto de nuestra sociedad tan derruido como la mitad de nuestra Cartagena, la coherencia.

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