09 de marzo de 2019
09.03.2019
Temario de mi lengua

El caudal de los decires

08.03.2019 | 21:05
El caudal de los decires

Si el caudal de nuestro decir depende sobre todo del carácter y la intención del hablador, en un extremo está el que actúa a sorbo callao, o hace las cosas a la calla callando, con una doble dosis de silencio, no siempre por discreción, sino con toda la intención de ocultar lo que no quiere que se sepa. Caso semejante al del callacuezo, que es el retraído que guarda y condimenta sus ideas y fobias en su interior, sin decir ni pío; pero luego actúa como le da la gana, sin hablar ni escuchar a nadie. Aunque no hay que confundirlo con el abanto o el que no habla ni piula, quien, por cortedad o retraimiento, no se manifiesta sobre nada, con una aparente mudez que no suelta ni una palabra.

Pero a todos estos no conviene confundirlos con aquel que habla poco o no dice esta boca es mía porque se encasquilla, con harto jolgorio de los habladores torrenciales, que no entienden su cojera verbal.

En el otro extremo, lo veamos como virtud en nosotros mismos o como grave incontinencia en el prójimo, lo propio del ser humano es la locuacidad torrencial, el encanarse en la cháchara, eternizarse hablando, venga o no a cuento. Así, el hablar y su retórica del buen decir se degrada para convertirse en retólica, en un discurso largo y enojoso que se pierde en arrodeas, en un cuento de nunca acabar en el que interesan menos las voces que los ecos, al que podemos llamar también reato o repalandoria; y romancina, si recuerda la salmodia monótona del ciego que recita historias truculentas, elevada a la condición de sermonata si alcanza un tono persuasivo y admonitorio.

Si recurrimos a ella para peticiones o consejos repetidos hasta la saciedad, será un cancán o una calandraca, con su martilleo más molesto por su runrún que por el propio contenido, y así nos quejaremos de la matraca y la calandraca con que nos agobia nuestro interlocutor.

Aunque a este sonsonete que nos sigue con su música desacordada a todas partes lo elevaremos a la condición de cantamusa; o de carcabulario, cuando es un palabrerío que causa malentendidos y embrollos.

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