08 de marzo de 2019
08.03.2019
Grupo Treinta

Los caminos de Roma (de México)

08.03.2019 | 04:00
Yalitza Aparicio, actriz protagonista de Roma, fotografiada por la revista Vogue.

La Roma es una colonia de la Ciudad de México. Hasta mediados del siglo XVIII conservó su topónimo náhuatl: Aztacalco, 'casa de las garzas'. Su paisaje arbolado parece haber evocado en algún viajero o residente cierto rincón de la ciudad de las siete colinas, motivación suficiente para renombrar aquel lugar poco poblado, que durante varias décadas serviría de potrero. En tiempos prehispánicos era una de las muchas islas que hacían habitable el lago de Texcoco. Con su desecación, el pequeño pueblo de indios quedó conectado con la entonces capital virreinal, para luego desaparecer en ella por efecto de los planes urbanísticos con los que el Porfiriato quiso ordenar el crecimiento de la ciudad. Las haciendas que rodeaban el centro urbano dieron paso a parcelas y avenidas, basamento de una colonización (de ahí 'colonia Roma') por pobladores europeos promovida por el Estado mexicano.

Así fue como la Roma adquirió identidad en los primeros años del siglo XX. Allí se ubicó una clase acomodada, que redibujó el paisaje romano en términos parisinos. Una conexión estética de México, en realidad, con otros espacios americanos, principalmente Estados Unidos y Argentina: el art-decó marcó tendencia allí donde el progreso económico y técnico se materializó en grandes proyectos arquitectónicos. La industrialización y el crecimiento demográfico de las ciudades americanas (en Europa había sido la II Guerra Mundial) dieron nueva forma al plano urbano. Aparece entonces en escena la Roma de Alfonso Cuarón.

El guion de Roma es sencillo: una familia chilanga acomodada, la familia del director, una nota biográfica que reconstruye México entre septiembre de 1970 y junio de 1971. La película ha generado varias polémicas. La primera, quizá la más visible, ha sido en torno a la propia idea de cine. Roma, 'la mejor película del 2018', una obra maestra para muchos, corona el home cinema. Disponible en Netflix, su paso por las salas de cine ha sido limitado (en Murcia no llegó a estrenarse). El cine ha muerto, viva el cine.

Otras polémicas fueron más localizadas. La película fue ofrecida con subtítulos en español. Alguien pensó que el español mexicano podría ser difícil de entender.

Por último, algunas reseñas empañaron su feminismo y destacaron un sesgo racista. No es feminista decir «estamos solas» a la mujer embarazada y abandonada, es cierto. Es racista mantener la mampara entre la señora, Sofía, y la criada, Cleo, es cierto. Roma pone un filtro en blanco y negro sobre un país de colores brillantes. Hay un 'pantone mexicano' de buganvilla, turquesa, verde, rojo, pero Cuarón elige la escala de grises para recrear una infancia aparentemente feliz. El efecto es otro también: las diferencias tonales de las pieles se velan y, con ello, las diferencias sociales se acentúan. ¿Paradoja? La película sigue a Cleo en su jornada laboral, su tarde de recreo, la cama, la ducha, el paritorio. Limpia, cocina, acuesta, levanta y viste a los niños, los alimenta (alimenta también a Borras, el perro), los entretiene. Su habitación se encuentra en el patio de la vivienda familiar, afuera. Habla mixteco con Adela, otra criada. Cleo nos muestra el país, desde la casa, por la ciudad, hasta el borde mar, y nos recuerda cómo las tareas, los espacios, los cuerpos y, sobre todo, las lenguas definen nuestro lugar en el mundo, en México (como en otros países multiétnicos) predeterminados por la piel. Porque Cleo es una india de Oaxaca, cuya centralidad en la vida afectiva y cotidiana de esta familia criolla es tan evidente como encubierta. Un reflejo perfecto de la sociedad mexicana.

La alusión de un conocido actor a Yalitza Aparicio como «una pinche india que dice sí señora, no señora» es simple, ilustradora. También triste, porque esta no era más que una de las varias manifestaciones de desprecio contra la maestra oaxaqueña, desde su nominación a los Oscars, que habían estado circulando por las redes sociales mexicanas. Su aparición en las alfombras rojas y en las portadas de Vogue y Vanity Fair ha mostrado un rostro y un cuerpo (su historia) que México esquiva.

Roma agudiza los sentidos: envuelve la ciudad en los sonidos que le son propios y, por ello, desapercibidos, y con las sombras del blanco y negro dirige la mirada hacia los matices, formulados a través de las prácticas. Fuera de México la recepción puede haber sido distinta, aunque con la película, con todas sus polémicas, acabamos encontrando lo que esperábamos de México: algo de exotismo, para marcar, precisamente, las diferencias.

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