Al morir mi tío-abuelo, mi madre me animó a que fuese a hacer los deberes con mi tía, su viuda. Esta palabra me inquieta mucho. ¡Hay que ver cómo una simple palabra puede cubrir de soledad y tristeza a una persona! Y eso que ella es una mujer muy alegre. Mi tía Carmen, mi tía-abuela, se ríe de absolutamente todo, siempre: de lo bueno y de lo malo y a mí eso me encanta. En el entierro de su marido no se rió nada, pero yo hubiese comprendido que lo hiciera. Ella se ríe si se pone nerviosa, cuando algo le hace gracia y cuando quiere espantar la tristeza, también.

El caso es que estos días llego a casa del instituto, como y me voy corriendo a su casa. Es una casa enorme, llena de fotos, de muebles antiguos, de libros y de recuerdos.

Es la hora de la siesta, yo hago los deberes y ella ojea alguno de mis libros o lee una novela. A veces le digo la lección, pero lo que más me gusta es charlar con ella.

—Tía Carmen, entonces ¿tú llegaste a ir a la escuela?

—Fui muy poco porque vivíamos a dos kilómetros del pueblo y como tu bisabuela estaba enferma, no podía acompañarme. Así que tuve que esperar a que bajasen al pueblo muchachas más mayores para no ir sola. Yo tendría ya siete años, pero bueno, mi padre me había enseñado a leer en casa, que es lo más basico. Fíjate que, el poco tiempo que fui, en mi clase había niñas de todas las edades. Tengo una foto en la que se ven críos desde los quince a los cuatro o cinco años. Todo esto era en la época de la posguerra. Pues bien, nuestra profesora se jubiló y pusieron una nueva que era muy exigente, así que muchos niños dejaron de ir a clase y mi madre también me quitó a mí.

Entonces, un señor del barrio, que iba en bicicleta y decía ser maestro, nos daba clase a unos cuantos alumnos reunidos en una casa. Y esa fue toda mi formación general básica.

—Así que en la posguerra...

—Sí, nací durante la guerra, en el 37, el 7 de agosto, como mi hija pequeña, tu tita Dulce.

—Háblame de la guerra, tita.

—Pues la guerra fue entre los españoles, como sabes. A mí, como a ti, me gusta mucho leer sobre historia y política. Mis hijas me regalaron dos tomos sobre la Guerra Civil que te tengo que dejar. Uno lo escribió un autor de derechas y el otro, uno de izquierdas. Así que imagínate, cada uno ofrece una visión muy diferente porque las cosas se ven diferentes según la propia opinión. Lo que nos gusta a unos, no les gusta. Decían que los soldados que venían de Rusia eran demonios. Menos mal que solo fueron tres años porque murió mucha gente, de un bando y de otro.

—¿Y qué pasó con nuestra familia durante la guerra?

—A esta parte de Murcia vinieron muchos refugiados huyendo de otros lugares que estaban en guerra, pero la guerra no llegó. que yo sepa. Mi padre se fue a trabajar a Valencia, lo trasladaron allí los republicanos y a mí no me conoció hasta los dos o tres meses de nacer que vino de permiso. Nosotros, por suerte, no pasamos hambre, pero hubo gente que pasó mucha. Mis abuelos tenían un huerto y colmenas y gallinas y nos ayudaron mucho. Tu bisabuelo trabajó desde los dieciocho años hasta que se jubiló y eso suponía un jornal seguro. Antiguamente, los trabajos duraban toda la vida. Así que no recuerdo pasar hambre, teníamos ‘guisao’ todos los días en la mesa y un ‘fritorio’ por la noche.

—¿Y si apenas fuiste al colegio, qué hacías?

—Pues ayudar en las tareas de la casa y la bisabuela me apuntó a coser, a mano y a máquina, y a bordar, incluso me hice profesora de corte y confección. También fui a baile y hasta a sevillanas, pero lo que más me gustaba era leer. Leí mi primera novela a los nueve años. Dos novelas o tres me leí el primer día y después de aquello, ya no pude parar. Me gustaban todas: las del coyote, de piratas, el pirata negro, las del oeste. Afortunadamente, pude leer mucho de todo porque donde mi abuela vivía, iba una marquesa a veranear y nos dejaba muchos libros. Había también hoteles en nuestra zona y los señoritos de Murcia venían de veraneo y allí, antes de entrar a misa, nos juntábamos las pobres con las señoritas. Hablábamos con ellas para entretener la espera, mientras llegaba el cura y así salió la conversación de la lectura y conseguí que me dejaran los suyos. Cuando me casé y tuve a mis hijas, les compré la colección entera de Los Cinco y las animaba a viajar y siempre les compraba un libro del lugar de destino: Grecia, Italia, Francia... porque conociendo los sitios de antemano, siempre los disfrutas más, como cuando viajas por segunda vez al mismo lugar: lo aprecias mejor, ves más cosas, te fijas más en los detalles. Yo, sin embargo, he viajado poco por culpa de mi fobia a la carretera.

—¿Y en qué trabajabas?

—Pues ayudaba en casa y a mis abuelos en su huerto. ¡Qué divertidos eran los veranos con ellos! La rambla bajaba con agua y se formaban pozas y en ellas nos bañábamos. Mi madre no era estricta, no solía reñirme, era muy buena e inteligente, muy adelantada a su tiempo, sabía y comprendía las cosas y mi padre era buenísimo. A mí no me parecía bien que la mujer fuese tan sumisa. Yo veía que mi madre era muy complaciente con mi padre y no comprendía que ella le hiciese cosas que podría hacer él perfectamente y en eso me calentaba la cabeza.

Vivíamos en una barriada pequeña, retirada de Murcia, sin tele y la radio la compramos bastante tarde, por eso no nos enterábamos mucho de cómo iban las cosas en la capital ni en el mundo. El único periódico que leía era El Caso, que hablaba de sucesos y una vecina mía lo compraba. Yo siempre tenía alguna novela entre manos. He leído mucho y he comprendido que el mundo es muy diferente en cada sitio, igual que las comidas o las diferentes formas de hacer el arroz en cada casa o en cada provincia. En cada sitio las cosas son diferentes y no podemos esperar que las hagan o piensen como nosotros y yo me daba cuenta de esto mediante la lectura.

—¿Te puedo preguntar cómo conociste al tío Pepe?

—Claro, yo ya tenía veinte años y me habían salido varios pretendientes, no sé muy bien por qué. Ahora me dicen que era muy guapa, pero entonces no me lo decía nadie. Mis amigas eran más guapas que yo o, al menos, así lo creía. La verdad es que yo gana de novio no tenía y lo iba retrasando. Por aquel entonces se estilaba bajar a las fiestas y en el trayecto y, en los paseos para arriba y para abajo por la Calle Mayor, los muchachos se fijaban en las muchachas. Si te gustaban, les dabas un poco de conversación. Tu tío Pepe, que siempre fue muy elegante, muy fino y muy diplomático, empezó a cortejarme. Yo no le daba mucha cabida, pero no sé si es que le gusté mucho o que se empeñó, el caso es que insistía e insistía cada vez que yo bajaba a El Palmar. La primera vez que acepté su conversación, fue en las fiestas de La Alberca, las fiestas del Rosario. Yo llevaba un traje muy bonito, que yo misma me había hecho, no me gustaba coser, pero cosía y llevaba unos zapatos de charol y ese día bailamos y ya se empeñó en subir a verme a La Paloma todos los días. Fuimos cinco años novios y cincuenta y tantos marido y mujer. Hemos tenido ratos buenos y ratos malos, pero he tenido una vida muy feliz con él, a pesar de que los últimos años tuvo alzheimer, como sabes. Durante la enfermedad su carácter era más suave y dócil y se avenía a lo que yo decía. Empezamos a salir de paseo y a los bares y los últimos meses fuimos muy-muy felices . He tenido esa suerte. Me casé y me fui a vivir con mi suegra y mi marido. Y pensé: ¡madre mía! Mi marido era hijo único y su madre lo tenía muy mimado. ¿Qué hago yo entre la madre y el hijo? me decía a mí misma y para que no hubiese problemas, me hice la muda y la tonta. Tuve a mi primera hija a los diez meses de casados y me dediqué a criarla y mi marido se dedicó a trabajar y a ir con los amigos. Mi suegra me ayudaba bastante y por las tardes se iba con una amiga y así lo fuimos sobrellevando bastante bien. Cuando murió mi suegra, se me quitó la ‘mudez’ y la tontuna y tu tío, acostumbrado a que ni opinara ni hablara, pues no me hacía mucho caso. No sé si me escuchaba o no, pero caso no me hacía. Sí, hemos sido muy felices.

Mi tía-abuela se toca el pelo todo el rato mientras habla, lo lleva corto y blanco. Sus ojos verdes, llenos de historias, se humedecen al hablar de su compañero, parece que va a llorar y, como es su costumbre en estos casos, de pronto, comienza a reír.