02 de marzo de 2019
02.03.2019
La Opinión de Murcia
Una habitación propia

¿Arte?

02.03.2019 | 04:00
¿Arte?

Cada año sucede lo mismo. En el mismo momento en el que comienzan a instalarse las obras de la feria de arte contemporáneo ARCO y empiezan a llegar imágenes a las redacciones se inicia también la polémica. Una o dos obras expuestas acaparan todas las miradas por provocadoras o porque despiertan la pregunta inevitable: «¿De verdad eso es arte?». La pregunta y el debate sobre ella son tan antiguos como el mismo arte en sí. La pena es que, mientras el gran público solo obtiene esas referencias polémicas y siempre al límite del arte contemporáneo, fuera del foco quedan muchos trabajos y proyectos que, podrán gustar más o menos, pero que no generan duda alguna. Es lo que pasa cuando medios de comunicación y público no entendido se acercan a un mundo del que solo abren las puertas una vez al año; que lo artificioso puede ganar la partida a lo artístico.

Claro está, este año el triunfo absoluto de este debate lo tiene el ninot de cuatro metros del rey Felipe VI, obra del madrileño Santiago Sierra, y que sale al mercado por valor de 200.000 euros que arderán, ya que quien compre esta obra estará obligado a quemarla por contrato. El fin último de este propósito es dejar claro que, para el autor, la monarquía debe desaparecer. Como planteamiento intelectual quizá pueda tener su crédito, dejando atrás la cuestión de si es apropiado o no este tipo de intervenciones con la figura del jefe del Estado.

Lo que a mí me parece sin lugar a dudas es que se trata de un ejercicio de poca imaginación artística. Cada año, en las Fallas de Valencia queman al rey, a los periodistas, a los actores y a los políticos más conocidos de España y del extranjero después de que sus ninots hayan estado expuestos al chiste y la sátira en plena calle. Se trata de algo diferente, lo sé, pero en el fondo, son muñecos que sirven para la crítica social y que terminan ardiendo. Y si lo miramos desde la perspectiva del artista que considera que su obra no está completa hasta que es destruida, haciendo que el comprador haga un desembolso para no tener finalmente nada, creo que aquí Bansky ya dio una lección el pasado mes de octubre cuando, tras subastarse su obra Niña con globo en la galería Sotheby's, activó ante la conmoción de todos los presentes una trituradora que había oculta en el marco que rodeaba la obra y ésta empezó a destruirse (aunque el experimento se quedó a medias).

Bansky dijo que lo hacía para denunciar la comercialización del mundo del arte, pero acabó consiguiendo lo contrario, que la obra por la que la compradora inicial pagó 1,18 millones de euros ahora vale el doble. Este es otro tema. El caso es que me parece que Sierra ha sido de todo menos creativo. Yo no entiendo mucho de arte, pero si casi todo puede ser considerado como tal, también podemos ser nosotros críticos y opinar.

Ángel Montiel, con su habitual pluma certera, ya definió esta paradoja hace diez años cuando en las calles de Murcia se instaló una montaña de escombros como parte del festival PAC (Proyecto de Arte Contemporáneo). Escribía entonces Montiel en las páginas de este periódico que, en realidad, juzgar este tipo de intervenciones como arte es, en sí mimo, una trampa. Si afirmas categóricamente que eso no puede ser arte es probable que estés quedando como un ignorante que no sabe del asunto y, si realmente te acabas creyendo que algo así lo es, en realidad estás haciendo un poco el cateto, porque todo el mundo sabe que realmente no lo es.

Esta paradoja y el debate pueden alargarse hasta el infinito. En Arco hay otro gran ejemplo este año: la campaña de Renfe. La compañía pública ha instalado la puerta de un vagón marcada por la pintura de los grafitis. La obra más cara, lo han titulado, para dejar claro que los quince millones de euros que cuesta limpiar estos actos de vandalismo los pagamos entre todos los contribuyentes. En este caso yo no tengo dudas, el arte callejero es real y me parece algo de lo que no podemos prescindir en las calles de las ciudades y pueblos, pero nada tiene que ver con el vandalismo que, desde mi punto de vista, son las marcas de firmas sobre mobiliario urbano y trenes. Desde luego, lo que sí resulta un gran ejemplo del arte publicitario es la campaña elaborada por la firma Shackleton para Renfe. Combatir el supuesto arte poniéndolo en evidencia en el espacio de mayor concentración de arte por metro cuadrado del país. Genial.

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