26 de febrero de 2019
26.02.2019
La Opinión de Murcia
Carta de ajustes
Dos reincidencias

La energética y el capitalismo montaraz

"Este es el paisaje de la energía nuclear: de promesa en promesa y de fracaso en fracaso. Las únicas centrales de interés comercial son las de siempre, las de fisión, con variaciones tecnológicas que lo que aportan son dificultades, retrasos y elevaciones espectaculares de costes"

25.02.2019 | 21:16
La energética y el capitalismo montaraz

En dos ocasiones en las últimas semanas me he tenido que enfrentar a la insistente estupidez de la que sigue haciendo gala el sector energético-industrial, incapaz de asumir una filosofía energética acorde con las necesidades del planeta y de la sociedad. Ha tenido su gracia porque me he visto, de pronto, transportado a los viejos tiempos, viviendo estas anécdotas con la satisfacción de quien contempla la flecha del tiempo (un lapso de 45 años) como mina luminosa de sabiduría para unos y, a la vez, como pozo oscuro de necedad inagotable. Es la energía, una y otra vez, la que más fácilmente expresa el alucinamiento de los gurúes nucleares, la alicorta perspectiva de los empresarios y la tontería de los promotores de renovables, que no conocen otro camino que el ya marcado, más o menos, por los nucleares.

Primero ha sido en Bruselas, con motivo de la presentación de los resultados de un extenso estudio sobre opinión nuclear (en realidad, antinuclear) realizado en veinte países europeos, promovido y financiado por el Euratom, esa institución europea creada en 1957 para estimular los usos civiles de la energía nuclear y convertida inmediatamente en el lobby del sector energético nuclear. Yo había sido entrevistado largamente unos años atrás por los investigadores de la parte española (encuadrados en las universidades Pompeu Fabra, de Barcelona, y Pública de Navarra, en Pamplona) y fui invitado a asistir y a participar en el evento final.

En ese acto, al que acudí sin tener muy clara la idea de mi papel, todo parecía transcurrir entre las estimables intervenciones de los investigadores y sus avatares durante la exhaustiva encuesta, hasta que un experto del Euratom quiso contrarrestar el rechazo de los europeos a la energía nuclear de fisión exponiendo las mejoras y ventajas de dos tecnologías nucleares, no por manoseadas menos inútiles, el reactor rápido regenerador (llamado FBR, de fast breeder reactor) y las centrales de fusión.

No me lo podía creer, pero así era: casi medio siglo de promesas acerca de esas dos tecnologías, sin ningún resultado positivo (sólo fracasos, gastos inmensos y miedos crecientes) y ¡todavía había alguien que venía a promocionarlas como esencia de futuro y alivio de las imperfecciones de la fisión! Así que tuve que intervenir para decirle a tan curioso personaje, que me parecía venido de otro mundo, que si ignoraba que ninguno de los prototipos existentes en los años 1970 (Schevetchenko en la URSS, Clinch River en Estados Unidos, Phénix y Superphénix en Francia, Dounrey en el Reino Unido, KNK-II en Alemania, Monju en Japón?) había sobrevivido, y que tampoco los modelos actuales ofrecían la menor garantía de éxito.

De la fusión, le resumí lo que suelo relatar: que si en 1975 se nos anunció que habría algún prototipo avanzado en 1985, cuando llegó este año se nos remitió al año 2000 y una vez alcanzada esta fecha, mítica para tantas promesas, primero se habló de 2015 y, en estos momentos, nadie se atreve ya a dar fechas? ¡Menuda tecnología prometedora! Cada vez se habla menos de la instalación europea de fusión ITER, lo más de lo más hasta el momento; y se habla poco de ella porque representa otro proyecto de derroche y burla: durará su construcción veinte años (es decir, lo menos 30, tal y como se comporta la industria nuclear) y luego, si es que llega a funcionar (cosa poco probable, tal y como... etcétera) permanecerá activo diez años...

Pero este es el paisaje de la energía nuclear: de promesa en promesa y de fracaso en fracaso: las únicas centrales de interés comercial son las de siempre, las de fisión, con variaciones tecnológicas que, como pasa con el reactor europeo avanzado actual, (EPR, de European pressurized reactor) lo que aportan son dificultades, retrasos y elevaciones espectaculares de costes: los casos paradigmáticos de este desatino se dan, actualmente, en Olkiluoto (Finlandia) y Flamanville (Francia).

La segunda anécdota, más reciente aún, la he vivido en Madrid en la presentación del libro Dominando el viento, que ha dirigido mi amigo Jorge Cortina, economista cartagenero interesado desde hace tiempo en las energías renovables. Un bello manual que describe sobre todo el viento y los vientos, pero también las técnicas tradicionales de extracción de trabajo y las más recientes de producción eléctrica.

Quizás lo peor de ese acto fue presentarlo en el Club Español de la Energía, enclave de un lobby energético montaraz, nítidamente separado, y en clara contradicción, con la ecología, la economía y la ética (o sea, patéticamente vinculado con el negocio, y punto). Pero hubo realismo energético: el enfoque que la industria da a la energía eólica es el mismo que dio, y da, a la nuclear: locura productivista, economías de escala, gigantismo? ¡Qué poco ha tardado en pervertirse la industria eólica, contando en parte con la inestimable ayuda del ecologismo ingenuo!

Por supuesto que no me gustó el empleo del término 'dominio' para la gestión energética del viento, porque ni siquiera el prestigio filosófico del método baconiano («conocer para mejor dominar») me gusta un pelo, y por eso lo critico (junto a su contemporáneo Descartes, otro desviacionista respecto al valor supremo de la naturaleza). Por eso, cuando, a la hora, tan habitual, de lanzar promesas técnico-energéticas de lo eólico, se anunció que pronto habrá generadores de 10/12 megavatios, con envergaduras de 250 metros de altura, salté para subrayar a la mesa que, aunque nadie hubiera hablado de ecología, no podían ignorar que los excesos de la energía eólica han llevado a múltiples sublevaciones en todo el país, empezando por el solar origen de esta energía aplicada a la producción eléctrica: Navarra.

Me veía rodeado del mismo ambiente nuclear forofo de los años 1970, con escasos ropajes de diferencia. Y recordé la primera vez que tomé nota: en un curso de verano en Castellón (2004), invitado por la Universidad Jaume I, me encontré con que el representante de la APPA (Asociación de productores de energías renovables) tenía el mismo estilo, el look, la retórica y hasta la misma fisiología de los profesionales de relaciones públicas de la energía nuclear ¡No tienen remedio!

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