19 de febrero de 2019
19.02.2019
La Opinión de Murcia
Amor a presión

El juego del pollo

Entre el españolismo se vive últimamente un desenfrenado 'chicken game' para ver quién la dice más gorda, quién exige un 155 más salvaje o una pena más medieval (la cosa va, creo, por felonía) contra los reos 'procesistas'

18.02.2019 | 19:46
El juego del pollo

Ese trifachito rojigualda que dice 'España' dos veces cada tres palabras tiene aburrío hasta a Manolo el del Bombo. Ni Casado, ni Rivera ni Abascal han hecho la mili y lo único que han trabajado entre los tres fuera de las mamandurrias de partido son los cuatro añitos que pasó el Ciudadano en La Caixa, pero el acelerador de salvapatrias lo tienen pisado plano.

Chicken game es un concepto que suele usar el periodista Guillem Martínez en sus estupendas crónicas sobre el Procès. La idea viene de esas pelis de rockers tipo Grease en las que unos tipos con tupé y chupa de cuero se juegan la hombría a ver quién salta el último del coche mientras aceleran hacia un precipicio: según Martínez, en un contexto de competencia electoral y polarización social, ningún partido puede permitirse 'saltar el primero' y quedar como un blandengue, pues soltar la bandera antes de tiempo tiene terribles consecuencias en las urnas. Este juego del pollo por la hegemonía indepe dificultaría (o directamente impediría) cualquier conversación con Madrid, y de ahí el reciente rechazo a los presupuestos de PSOE y Unidos Podemos.

Obviamente, también entre el españolismo se vive últimamente un desenfrenado chicken game para ver quién la dice más gorda, quién exige un 155 más salvaje o una pena más medieval (la cosa va, creo, por felonía) contra los reos procesistas. Atrás quedaron esos tiempos dorados en que las derechas hispánicas (acaudilladas en solitario por San Josemari) pasaban del Pujol, enano, habla castellano al pacto del Majestic y parlar català en la intimidad en lo que se cuece un huevo. El único Cadillac en la pista era el PP y podía permitirse echar el freno al nacionalismo ibérico y hasta dar la vuelta, acercar presos abertzales, negociar con el movimiento de liberación nacional vasco, etc. Y dedicarse a lo importante. ¿Y qué es lo importante? Hacer billetes. En el 98, la Ley del Suelo de Aznar (aprobada gracias al apoyo de CiU) colocaba a la economía española en la vía del ladrillo, el pelotazo urbanístico, la Gürtel / 3% y el reventón financiero, cosas que los patriotas del trifachito nunca mientan, pero que no creo yo que le sentaran muy bien a España. Ni a Cataluña, tampoc.

No me entendáis mal, los billetes siguen siendo lo importante en ese trifachito rojigualda que dice 'España' dos veces cada tres palabras y tiene aburrío hasta a Manolo el del Bombo. Ni Casado, ni Rivera ni Abascal han hecho la mili y lo único que han trabajado entre los tres fuera de las mamandurrias de partido son los cuatro añitos que pasó el Ciudadano en La Caixa, pero el acelerador de salvapatrias lo tienen pisado plano a pesar de las alarmantes señales de desastre inminente. Ha habido misas por Franco más concurridas (y menos fanatizadas) algunos 20N en el Valle de los Caídos que la concentración que montaron entre los tres hace nueve días en Colón, donde el particular juego del pollo se convirtió (gracias a ilustres co-convocantes como Falange, España 2000 u Hogar Social Madrid) en un didáctico desfile de banderas preconstitucionales.

Y a todo esto va Sánchez y adelanta las generales, y pilla a los tres diestros acelerando. ¿Quién sabe quién se despeñará? Tampoco el PSOE se ha sustraído del todo a este juego de cobardes, en el que dependiendo del viento soplante se acogía o inmovilizaba un barco de rescate de migrantes, se incluían o no medidas contra la especulación de los alquileres en los PGE, se abandonaban las reuniones del conflicto catalán, se desarrollaba o se ataba en corto la Transición Energética o se legitimaba el golpe de Estado venezolano. Y para qué hablar de un Unidos Podemos sumido en reyertas palaciegas y con el pie cambiado de cara al 28-A. Pero todo empieza ahora. Da igual el tamaño de los tupés. En la movilización o no de las izquierdas (con el 8M por enmedio) parece estar ahora la clave, y los fantasmas de Colón pueden haber congelado el bostezo de más de un votante orquídea ante el descomunal reparto de poder que va a producirse esta primavera. Una pista: ojo al índice de voto por correo.

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