Sabiendo que los comienzos de las grandes cosas son minúsculos y que una chispa diminuta basta para que desaparezca la oscuridad más profunda, el pintor norteamericano Thomas Cole dispuso que, en un ciclo de cinco pinturas representando la trayectoria de la humanidad desde sus orígenes más antiguos hasta el destino final de las grandes civilizaciones, la primera de dichas pinturas fuera dedicada a la infancia más temprana de una humanidad a la que el artista imaginó saliendo de entre las brumas de la naturaleza. Ese Estado salvaje mostraba una naturaleza que era todavía la dueña y señora de cuanto abarcaba la vista.

El espectador se encuentra ante un paisaje con una vigorosa vegetación cruzado por un río que fluye hacia su desembocadura al tiempo que se alza visible una enorme pared rocosa. Es el mismo río y el mismo acantilado que veremos a lo largo de las distintas épocas con las que el artista dispone el escenario donde la humanidad representará su drama. Pero aún estamos lejos de la época en que el hombre logra alzarse sobre el terreno brumoso.

El artista ha elegido sabiamente el alba, las primeras horas del día, para representar el primer momento de vida consciente que experimenta la humanidad. Son también los primeros instantes de un género humano apenas organizado. El momento infantil de esta primera edad viene ilustrado con el sol amaneciendo por encima del mar mientras que el resto del paisaje está aun bajo el señorío de la oscuridad, liberándose poco a poco de las sombras como si estuviera cobrando forma recién salido del caos informe de la materia apenas terminada la obra divina de la Creación.

La humanidad, hija pequeña de la naturaleza, se ha establecido a orillas de este río eterno que va a contemplar toda su existencia, una existencia que no ha podido empezar de manera más modesta. Toma tímida conciencia del mundo a través de sencillas partidas de caza, ejemplo de una primerísima jerarquización que junto con una incipiente técnica visible tanto en los primeros vestidos y ropajes como en el uso y fabricación de armas de propulsión (primitivas pero efectivas como arcos, lanzas y flechas) sientan las bases futuras del dominio humano sobre la Tierra.

En el asentamiento fluvial, poblado con precarias tiendas de pieles, reconocemos rudimentarias canoas que animan a pensar en un temprano conocimiento del espacio geográfico y el nacimiento de un primer espíritu comercial. Comercio, navegación y caza preexisten a la agricultura y la ganadería, que no son sino las últimas incorporaciones y las más recientes al proceso de civilización. La relación con los animales aún es simple depredación. Ahora bien, la caza es vista como un elemento imprescindible para la evolución de la sociedad, plantear objetivos en común y dominar la naturaleza; no en vano el perro acompaña al cazador como primer ser domesticado en el mundo mientras el resto de animales huye inútilmente ante la aterradora visión de hombres y bestias corriendo juntos en busca de sangre.

Aunque aún no aparecen las muestras de la gran cultura, sí contemplamos los fundamentos materiales de la civilización del futuro. Cole desarrolla la tesis según la cual el trabajo en común y la sociedad pueden triunfar finalmente sobre la naturaleza y la materia. La progresiva preeminencia de la luz apreciable en la pintura anuncia que la hora próxima de la humanidad está a punto de sonar, que el despertar se acerca. Su dominio, sin embargo, se proyecta basado en el poder, la explotación y la fuerza. La epopeya de la humanidad lleva en sí misma la semilla de su propia tragedia.