15 de febrero de 2019
15.02.2019
Espacio Abierto

Faetón, Sócrates te espera

14.02.2019 | 20:21

Cuenta una antigua fábula griega que Faetón, convencido por su madre de que Apolo era su padre, fue a buscarle a su palacio. Una vez allí, le pidió al dios que le pusiera una prueba que demostrara a todo el mundo que era su hijo. Apolo, comprensivo, respondió que la prueba que deseara le sería concedida. Cuando Faetón respondió que quería conducir su carro durante un día, Apolo se dio cuenta de que se había precipitado. Pero por más que trató de disuadirlo, de hacerle entender que ni el mismo Zeus sería capaz de conducirlo, no cambió su decisión. Resignado, el dios solar accedió. Pero antes, le advirtió de que los caballos iban muy rápido por sí solos, que no usase el látigo ni las riendas. Le dijo también que fuera por el camino de en medio, que siguiera sus huellas, porque si volaba demasiado alto quemaría el cielo y si lo hacía demasiado bajo quemaría la tierra.

Al llegar la noche a su meta, salió el carro de los mares; pero a tal velocidad que Faetón, asustado, soltó las riendas y se olvidó del camino. Como consecuencia, primero se quemaron algunas constelaciones del cielo; luego, bajó demasiado y la Tierra empezó a arder. La Madre Tierra, asustada, imploró a Zeus que interviniera porque, de lo contrario, todo se quemaría y volverían al Caos original. Tras consultar a los otros dioses, Zeus lanzó un rayo al carro y Faetón cayó muerto.

El destino de Faetón es el resultado de una serie de circunstancias y decisiones (no todas suyas). ¿Podría haberlo evitado? Para saberlo, hay que analizar las diferentes decisiones que le llevaron a ese final.

Cada vez que tenemos que tomar una decisión nos encontramos ante dos opciones: la acción o la reflexión. Actuar es nuestra respuesta más habitual, y lo es por varios motivos. Uno de ellos es que, mientras que la deliberación genera una tensión, la acción le brinda una vía de escape, liberándonos. Otro es que la acción produce una sensación de movimiento, de cambio, y crea el efecto de acercarnos a una solución.

La acción puede ser la mejor opción. Lo es cuando el pensamiento se queda paralizado y necesitamos algo que nos ponga en movimiento. O cuando la mejor forma de encontrar el camino es andando: probando, equivocándonos y rectificando. Pero si únicamente actuáramos de ese modo, cada caminante repetiría los errores de sus predecesores. Al detenernos a reflexionar, en cambio, podemos prever las consecuencias de nuestros actos y aprender del pasado.

Si Faetón pudiera echar la vista atrás y reflexionar, pensaría en el juramento de su padre, en el comportamiento de los caballos o en el rayo lanzado por Zeus. Porque nuestro pensamiento, a la hora de buscar errores y responsables, empieza fuera de sí mismo. Apolo, sin duda, se precipita; y arrastrado por el amor hacia su hijo, le promete más de lo que debe. Pero lo que provoca la catástrofe no es su amor, ya que le advierte del peligro que corre. Zeus tampoco es el responsable, puesto no tenía otro remedio que actuar como lo hizo. Es el exceso de confianza del propio Faetón lo que le condena, su incapacidad para dudar de sí mismo.

Faetón es la imagen del hombre de nuestro tiempo, el reflejo del pensamiento positivo que considera la confianza en uno mismo como una prioridad, como un valor incuestionable; que cree que su único límite son sus propios miedos. Es aquél que cree que para alcanzar una meta basta con desearlo. Es la negativa a reconocer las propias debilidades.

Su tragedia era evitable. Antes de subir hasta las estrellas tendría que haber bajado a las profundidades, a ese abismo en que reina la duda más absoluta, donde uno no puede confiar ni en sí mismo, cuyo suelo es 'solo sé que no sé nada'. Allí, en esa densa oscuridad donde nada es seguro y la verdad sólo puede palparse con las manos; en ese lugar en que solo queda la humildad de la ignorancia y en vez de respuestas se encuentran preguntas, allí es donde nace la filosofía.

Allí, se habría impregnado de la humildad de Sócrates y de la valiente autocrítica de Nietzsche. Habría aprendido, no solo a cuestionarse sus propias creencias, sino a enfrentarse a sí mismo, a explorar exhaustivamente cada rincón, incluso allí donde se esconden las humillaciones, los deseos inconfesados y los miedos. Habría descubierto entonces sus debilidades, sus errores y sus límites.

La reflexión suele llegar después de la catástrofe, no antes. Es escuchada cuando ordena el pasado, desoída cuando piensa en el futuro. Pero ¿qué ocurre cuando 'después' es demasiado tarde? ¿Seremos capaces de comprender y aceptar nuestros límites y los del mundo que nos rodea? ¿Reconoceremos nuestras debilidades y nuestros errores? ¿O habrá que esperar a que arda la Tierra?

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