14 de febrero de 2019
14.02.2019
Así lo llevo

El diario

14.02.2019 | 04:00
El diario

Imagino que no es fácil rendirse. Imagino que no es fácil rendirse sin sentirse culpable, sin culparte y sin que te culpen.
¿Acaso es posible hacer las cosas de otra manera? ¿Llegaríamos al mismo punto si pudiésemos viajar atrás en el tiempo? ¿Otras opciones, actos diferentes, decisiones distintas lograrían apartarnos de nuestro destino?

Imagino a mi madre preguntándose mil veces «qué hubiese pasado si». Como mil veces me he preguntado yo qué hubiese pasado si hubiese hecho algo al respecto. La imagino fantaseando con la idea de no haber conocido nunca a mi padre o soñando con haberlo dejado alguna vez de las muchas que lo intentó y la imagino también claudicando y asumiendo que cualquier daño vale la pena por el mero hecho de tenerme a mí en su vida. No, no es fácil escapar a la culpa, tampoco para mí.

¿Estaría ella aquí de haber hecho las cosas de distinta manera? ¿Sería feliz? ¿Hubiese alguien podido hacerle sentir lo mucho que valía, lo mucho que todos la necesitábamos, lo mucho que la queríamos, lo mucho que la valorábamos? Pero ella solo veía a través de la mirada castradora, despiadada, subjetiva y viciada de mi padre. Su vida se reducía a cuatro paredes, a nunca estar a la altura, a soportar reproches y a no poder dedicarse a aquello que amaba, para lo que se había preparado.

La gente es imbécil y alguna vez escuché a alguien decirle cuánto le gustaría pasar, aunque fuese un año, como ella: de mujer florero. Y pude ver en sus ojos aumentar esa tristeza que siempre la acompañaba y que creía que no podría incrementarse más.

Mujer florero. Ella, que hubiese deseado sembrar flores, escribir acerca de ellas, pintarlas, cuidarlas, disfrutarlas o prendérselas en el pelo, se tenía que limitar a lucir como un jarrón, a coger polvo en una reducida estantería, a estar al alcance de una mano que te puede destruir con solo dejarte caer, lanzarte o golpearte. Quizá por eso odiaba las flores. Odiaba su fragilidad y su belleza, odiaba que no supiesen cuidar de sí mismas ni defenderse y que estuviesen al alcance de cualquiera.

Un año he tardado en atreverme a entrar en nuestra vieja casa. Hasta la casa parece aliviada de que él ya no esté. Aliviada y desolada también por la falta de mi madre. Aliviada sabiendo que, por fin, ha dejado de sufrir.

Cruzo la entrada, echo una breve mirada a la cocina, situada a mi izquierda; al salón, que queda a mi derecha, me adentro en el pasillo central, repaso el baño, evito el dormitorio de mis padres y voy derecha a mi antiguo cuarto.

Sabía que lo había dejado debajo de mi colchón. Meto la mano con incertidumbre, a ciegas y ahí está. Es el diario de mi madre. Para mi decepción, no tiene muchas páginas escritas. Tenía tanto que callar que no podía escribir apenas. Imagino que dejaría de hacerlo cuando ya no podía mentirse más a sí misma ni a aquel cuaderno. Ella se desnudaba cuando escribía y creo que el pudor, la vergüenza, la humillación y la renuncia no la dejaron seguir completando aquellas páginas.

El diario comienza con la noche de bodas. Finge alegría, pero noto su decepción al narrar que estuvieron haciendo recuento del dinero que les habían dado en el banquete. Mi padre y el dinero. Tras esa primera página pasa todo un año sin rendir cuentas y vuelve a escribir bajo el título PARA MI BEBÉ. Eso es para mí. No tuvo ganas ni motivación ni valor para enfrentarse a la página en blanco hasta que recibió mi buena noticia.

Empieza escribiendo: «Espero que algún día leamos esto juntos/as y poder revivir lo que ahora siento y compartir contigo esto que nunca podré compensarte. Tú eres el/la responsable de la mayor felicidad que he sentido hasta ahora». No, nunca lo leímos juntas. Cuenta cómo se enteró de mi embarazo estando sola y cómo fue a buscar a mi padre entusiasmada y ese «no me jodas» como respuesta que encontró, al que ella resta importancia, que seguro que era broma. Dice que me esperaba desde los cinco años, que siempre quiso ser mi madre y que celebraron la buena nueva con la familia comiendo helado; bueno, todos menos ella. Ahí imagino la mirada controladora de mi padre que quería un jarrón perfecto, de los que están a dieta y a mí no me cabe más dolor, más amor por ella ni más lágrimas. Ella se muestra obsesionada todo el tiempo en que no se interrumpa el embarazo, en que yo esté bien. Asegura que no le preocupa nada sufrir en el parto, pero, por favor, que yo esté bien.

Habla de la acidez y las náuseas que enfrenta con alegría por una buena causa, que mi padre quiere que yo sea niño y que ella solo desea que esté bien. Habla de las pesadillas que la acompañan durante el embarazo: que se olvida de mí, de darme de comer, de cambiarme el pañal o la ropa. Habla de que está muy sensible y muchas veces se duerme llorando por algún comentario que mi padre ha hecho sin maldad: que si se está poniendo como una vaca, que a ver cómo se quita eso después, que si mi abuelo no sé qué, que si mi abuela no sé cuántos, que si debería dejar de trabajar y dedicarse a lo que realmente importa, que si a ver si cuando yo nazca se va a olvidar de él, que si a ver si me va a llenar la cabeza con las mismas tonterías que tiene en la suya...

No vuelve a escribir hasta el quinto mes de embarazo, ya saben que soy una niña y ya ha elegido mi nombre, un nombre que significa lo que yo significo en su vida.

No retoma el diario hasta una semana antes de que yo nazca. Se disculpa por escribirme poco, pero que esté tranquila, que hablamos a diario. Es el cumpleaños de mi abuela. Me dice otra vez que soy lo mejor que le ha pasado y creo que esa es la frase que más se repite en estas páginas. Se despide diciendo que más no me puede querer, que me espera y que procurará que el parto le pille cerca. Las ganas de hacer chistes malos nunca se le quitaron. Lo siguiente que aparece son dos dibujos míos. Viene la fecha, aún no he cumplido los cinco años. Son dos sirenas, como yo. Al menos, eso es lo que me decía mi madre.

Huelo las páginas buscando su olor, pero solo encuentro el del papel.

Me tumbo en mi cama, donde tantas veces oí los gritos y los golpes. Donde permanecí encerrada por orden expresa tuya cuando había "tormenta".

¿Dónde estarás? ¿Habrá otro mundo justo después de este? ¿Serás feliz?

El mundo sigue girando después de ti.

A pesar de mi dolor infinito, el mundo no para de dar vueltas.

Para el mundo solo sois otro caso más de esos que comentan con un: "¿Por qué ese tío no se suicidaría antes de matarla y no al revés?".

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook