10 de febrero de 2019
10.02.2019
Polvo en los zapatos

El diario de Manuel Moyano

Personajes. "A. J. Weberman fundó el Frente de Liberación Dylan para obligar al cantautor a recobrar su conciencia social. Consumidor compulsivo de LSD, durante años hurgó en los cubos de basura buscando pruebas de la desviación política en la que habría incurrido..."

10.02.2019 | 04:00
El diario de Manuel Moyano

10 de enero

Dar cuerda. Ayer llegamos a un hospital de Majadahonda, Madrid, y Carlos hubo de compartir habitación con Luis Fernando, boliviano que lleva doce años en España; casado con una colombiana, días atrás se había roto el menisco y varios ligamentos al caerse de un taburete mientras cambiaba una bombilla. Nos estuvo contando que su suegra (allá en Pereira, departamento de Risaralda) les reprochaba que se hubiesen ido tan lejos y les rogaba que volvieran a Colombia y montasen una tiendecita, un negocio, algo.
Luis Fernando y su mujer aprovecharon su última estancia en Pereira para hablar con varios comerciantes, y todos les confesaron que se veían obligados a pasarle 'la vacuna' mensual a los paramilitares, quienes los amenazaban en caso contrario con matarles a la familia; así que dijeron que ni locos, que aquéllos eran métodos de la mafia, y su mujer juró que jamás volvería a Colombia. Después de que contara esto le pregunté a Luis Fernando si su país, Bolivia, no era más seguro que Colombia, y si allí seguía mandando Evo Morales.
Con su arrullador acento austral me dijo que sí, a ambas cosas, pero añadió que el mayor error de su Gobierno había sido legalizar la coca, porque ahora era la base de la economía nacional, y sus hermanos llevaban un par de cochazos mientras él no tenía ni para una rueda de bicicleta (ésa fue la comparación que empleó). Y después de contarnos ésta y otras cosas nos marchamos a un hostal, y esta misma mañana Carlos, después de cuatro horas de quirófano, nos ha recriminado: «Ayer le disteis cuerda al boliviano y ya no paró de hablar en toda la noche».

11 de enero

Sin fingimientos. En una calle muy transitada de Majadahonda veo a un mendigo de rodillas y con la cabeza gacha, mirando al suelo; su brazo derecho, que sostiene un recipiente de plástico, se sacude en salvajes espasmos. La imagen tiene algo de medioeval. No es fácil despertar la piedad de los transeúntes: en tiempos pasados los pedigüeños recurrían a restregarse el cuerpo con ranúnculos (provocándose llagas), comían jabón para segregar espumarajos o se hacían sangrar la nariz arañándola con briznas de paja. Este desdichado, sin embargo, no finge sus estertores: estamos a 2º C.

12 de enero

No escrito. Al leer Pura vida, libro caótico de Patrick Deville que recrea la vida de un aventurero llamado William Walker en Sudamérica, recuerdo un viejo proyecto anotado en mi cuaderno: rastrear y narrar la vida de Robert Barlow. Cuando supe por primera vez de este singular personaje ni siquiera existía internet. Ahora, hay tal vez demasiada información disponible para que merezca la pena hacerlo. Barlow fue un escritor joven que colaboró con Lovecraft y que quizá (pero resulta difícil imaginarlo) se enamoró de su mentor. Ignorante de su orientación sexual, el ultraconservador Lovecraft lo nombró albacea literario.
Barlow fue también escultor y antropólogo. Se mudó a México, donde dio clases y llegó a sentar la cronología azteca. Recorrió junto al escritor beatnik William S. Burroughs las ruinas mayas de Teotihuacán. En 1951, la amenaza de chantaje por parte de un alumno que lo amenazó con publicitar su homosexualidad le llevó a suicidarse ingiriendo veintiséis cápsulas de Seconal. En la puerta de su casa de Azcapotzalco había dejado una nota en pictogramas mayas: «No me molestéis. Quiero dormir un largo tiempo».
Ese libro que jamás escribiré sobre Robert Barlow me lleva a recordar otro que seguirá el mismo destino, y que en mi cuaderno de notas llamo Arrabales de Dylan o Las afueras de Dylan. La idea es (o hubiera sido) hablar de una serie de personajes que nunca han formado parte central de la vida de Bob Dylan, pero que han merodeado a su alrededor. Por ejemplo Toby Thompson, quien viajó hasta la ciudad natal del cantautor en Minnesota y entrevistó a sus conocidos y familiares para terminar publicando un libro que desmitificó (y al parecer encolerizó) a Dylan.
Tenía más personajes en la recámara (el crítico Greil Marcus o el poeta español Benjamín Prado, epítome del fan dylaniano), pero el más delirante de todos es A. J. Weberman. Este tipo fundó el Frente de Liberación Dylan para obligar al cantautor a recobrar su conciencia social. Consumidor compulsivo de LSD, durante años hurgó en los cubos de basura de sus diferentes domicilios buscando pruebas de la desviación política en la que habría incurrido. Acosado y acosador mantuvieron una violenta entrevista por teléfono que se publicó en forma de disco. Más adelante, llegaron a enfrentarse a puñetazo limpio.

14 de enero

Ceau?escu. Coincido con un guardia de seguridad rumano, Vasile. Puesto que he recorrido dos veces su país (en 1986 y 2016) le pregunto por curiosidad, o simplemente para matar el tiempo, de qué parte es. Me contesta que de una ciudad cercana a Bucarest, Târgovi?te. «¿No es allí donde fusilaron a Ceau?escu?», le pregunto. Asiente, sorprendido de que yo pueda saberlo, y a continuación me cuenta que un amigo suyo, Tecu Ion, fue uno de los encargados de custodiar al conducator durante los tres días que mediaron entre su arresto y su muerte.
Ahora soy yo el sorprendido. Le pido que me cuente más al respecto. Según le explicó Tecu Ion (continúa) todo fue un montaje. Un tal Voiculescu acribilló sin contemplaciones a Ceau?escu y su mujer, Elena, con un AK-47. La ensalada de tiros fue tal que Tecu tuvo que tirarse al suelo para escapar de las balas. Luego, el escenario fue dispuesto como si se hubiese tratado de un fusilamiento en regla. «Dijeron que habían fallado las cámaras», añade Vasile en su perfecto castellano; «no actuaron como buena gente».
Mi interlocutor añora el régimen de Ceau?escu, igual que algunos españoles añoran el de Franco. Sostiene que hoy todo es corrupción en Rumanía: hay que pagarle mordidas a la policía para que te proteja, a los médicos para que te atiendan y a los curas para que te entierren. Los judíos, dice, se han apropiado de enormes extensiones boscosas en Transilvania y venden su madera en Austria. Aunque todo suena un poco conspiranoico, no deja de sorprenderme haber dado con un testimonio indirecto de un hecho histórico tan cerca de casa.

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