No sé si sabéis, y en caso negativo os felicito, que los sábados por la tarde, al acercarse la hora del cierre, Mercadona salda un buen número de alimentos, ya no tan frescos, por «fecha de consumo próxima».

La etiqueta es redonda, amarilla. Igual en vuestro barrio estas cosas pasan desapercibidas; en el mío (El Carmen, en Murcia), el súper se pone pá pegar una explosión. No se cabe. En la verdulería y la carnicería se apelotona medio vecindario, esperando en alguna atalaya estratégica la colocación de las anheladas pegatinas. Mientras, claro, socializamos.

El otro día, sin ir más lejos, Pedro y Ramón nos contaban las ventajas de salir de la zona de confort, de emprender y aportar valor añadido a tu marca personal para competir en un mercado global.

Hay que ver qué rarito habláis desde que repartís comida con la bici y la mochila esa cuadrá de Glovo.

Paco, que conduce, por 5,30 euros la hora, para Uber (o más concretamente para un señor que tiene más de 10.000 licencias VTC y se queda con el 65% de la recaudación), les da la razón sin perder de vista un manojo de espárragos:

—Déjalos a los chavales que camelen, Candelaria, que saben lo que dicen. Hay que cambiar el chip. La economía colaborativa ha llegado para quedarse. Nuestro tejido productivo no puede seguir aferrado a modelos obsoletos, como esos taxistas que no paran de liarla.

—¡Privilegiaos!

—¡Ahí tó el día a la sopa boba! ¡Y ni de usté te tratan!

—¡Parásitos!

La cosa se anima. Las ucranianas del parque, sin dejar de empujar sendas sillas de ruedas con sus correspondientes ancianos, deciden intervenir:

—Y lo que no poder ser es impuesto de transmisiones. ¡Indignante!

—-¡Eso! ¡Menos impuestos, más oportunidades!

—¡Diga usté que sí! —se arranca doña Candelaria—. Y lo importante es el pensamiento positivo. Hay que apartar a las personas tóxicas y gamificar la creatividad. Yo este mes he aceptado el reto #PensiónChallenge y aún me quedan ocho euros en el monedero.

A estas alturas, os podéis imaginar, yo ya estoy flipando un poco. No entiendo qué sustancia han estado consumiendo mis vecinos para hablar como en un libro de coaching, ni tampoco por qué los empleados del súper nos miran con esa cara de asco.

En lugar de las etiquetas amarillas de ‘Bajada de precio’, están poniendo otras azules que dicen todo lo contrario: «Para garantizar la libertad del consumidor, subimos el coste de este producto a punto de caducar». Y la gente llenando los carros.

Luego me desperté, claro. La última vez que me quedo durmiendo en el sofá tras tomarme un pacharán viendo los debates del Foro de Davos.